CRISTIANISMO Y RAZA (18-7-2008, corr.).


https://i0.wp.com/us.cdn281.fansshare.com/photos/vasiliystepanov/vasiliy-stepanov-photo-hq-www-sapoga-ru-2042813598.jpg

(Vasili Stepanov)

En el Antigüo Testamento Dios escogió para sí a uno de entre los pueblos de la Tierra, con el fin de que cumpliese una misión de revelación, salvación, civilización y hegemonía sobre toda la Humanidad. Era el antiguo pueblo hebreo, compuesto por tribus y constitutivo de un grupo étnico (no necesariamente una raza homogénea, en sentido mendeliano), al que pertenecía el rubio y ojiazul Rey David, su según la Sagrada Escritura bello hijo Absalón, y el sabio por antonomasia rey Salomón,entre otros hombres de rasgos de raza nórdica o similar.

Este grupo étnico hay quien sostiene que ya no era el pueblo que regresó del cautiverio de Babilonia, el pueblo llamado Kasar, de pésima fama en la antigüedad. Aún no he estudiado esa tésis. Sea como fuere, el caso es que el Pacto Divino y la Promesa (“FORMA”) estaban hechos a un grupo humano identificado indispensablemente por su biología, ora racial, ora plurirracial, por su sangre (“MATERIA”), materialmente y al menos parcialmente engendrado por el prepucio de Abrahám.

La mezcla étnica (no digo racial), el intercambio sexual o la fertilidad cruzada con individuos de otros pueblos estaba estricta y terriblemente prohibida por Dios, quien penaba severísimamente a los infractores de esta “Ley de Pureza de Sangre”, semejante a las que han observado la mayoría de los pueblos de la Tierra desde siempre.

Para Yahvé ni todos los pueblos eran “su” pueblo, ni todas estirpes eran iguales en mérito sobrenatural añadido, ni mérito natural incluido, ni todas tenían la misma misión y dignidad divinas en la Tierra, ni todas poseían el mísmo derecho a ser libres o autogobernarse, ni todos los individuos de los demás pueblos tenían de por sí los mismos derechos naturales que el hebreo, nisiquiera a la vida en contraposición al designio político religioso auténtico del pueblo hebreo. Perdía el derecho a la vida el individuo y el  pueblo que se resistiese a  ser-conquistado-por-mandato-de-Yahvé, cuando el mandato expreso se concretaba sobre sujetos pasivos también concretos, y sobre cuya ciudad o poblado Dios hubiese lanzado el anatema,castigo que implicaba la destrucción de personas y animales,o todo ser viviente de naturaleza animal hallado en el lugar del horrendo interdicto.

Ese Dios,a quien adoran también los judíos,es el mísmo del Nuevo Testamento, es el Padre Eterno de Jesús, es el mismo Dios que fue y es nuestro Dios y Señor Jesucristo. Y Dios, ese Dios, todo Dios, “no se muda”, como dice Santa Teresa de Jesús poniendo voz a toda la Iglesia Una, Santa y Católica.

Jesucristo, refiriéndose a los no-judíos, es decir,a los gentiles, decía que “no es lícito hechar a los perros el pan de los hijos”. Para él los gentiles eran despreciativamente “perros”, y los judíos de sangre, de estirpe, o de etnia, eran “hijos”, hijos de Dios, hijos suyos.

Hebrea o del pueblo judío era su Madre, María Santísima, Madre de la Iglesia, nuestra y de la humanidad redimida por Cristo. Hebreos o de dicho pueblo fueron los apóstoles y fuelo la primitiva Iglesia. Y cuando Jesucristo mandó a sus apóstoles que evangelizaran al mundo, les ordenó que comenzasen por los hijos de Israel, por un pueblo, una sangre pura o mezclada (más bien mezclada y no poco), una estirpe, un grupo étnico perfecta y religiosamente etnicista.

San Pablo, y Dios através de él, aclaran que respecto a la Fe y sus prerrogativas ya no hay judío, ni gentil, sino que el cristiano es tal sea cual sea su raza o filiación étnica, o nacionalidad, pero advierten que los que provengan de los gentiles son especialmente adoptivos, tienen una cierta secundariedad (irrelevante respecto de la Gracia y los méritos para la Vida Eterna), son las ramas de un tronco, el del pueblo Hebreo, o como se convenga en llamarlo, del que viene la Salvación y al que sigue correspondiendo esa elección y ese honor exclusivo de él.

Con el cristianismo de San Pablo los judíos pueden casarse con los gentiles, el Pueblo de Dios ya no es conformado por leyes en determinados y mayoritarios casos étnicas, ni por una sangre determinada, sino por la Fe,el Bautismo y la Comunión Eclesial. En la Iglesia caben,como miembros suyos de pleno derecho a la Gracia Divina y a los medios salvíficos eclesiales, cualesquiera seres humanos que observen la sagrada Comunión jerárquizada de los Santos y cristianos genuinos, esto es, católicos, apostólicos y romanos. Pero se trata de una adopción gratuita de Yahvé, un injerto hecho a una estirpe (devenida plural), como tal escogida antaño por el propio Dios, el mismo Yahvé prohebreo, etnicista en parte, a veces belicista y anatematizador, el “Deus Sabaoth”, o “Dios de los Ejércitos” sanguinarios (no en sentido moral, sino físico) de Israel.

Dios no está hecho de merengue, no es la pura suavidad, delicadeza sin más, afeminamiento, es el Cristo que, aun siendo misericordioso con sus amigos como Lázaro,con leprosos y tullidos,con samaritanos, prostitutas y reos convictos de muerte, a pesar de mostrarse amable con las mujeres que castamente lo acompañan, y a pesar de ser ejemplarmente cariñoso, en especial con los infantes y el adolescente San Juán, Apóstol, Evangelista sutil, de exquisito sentimiento y espiritualismo sublime,…es oportunamente severo con algunos de sus enemigos, acérrimo contra los protervos de entre los fariseos y letrados judíos de su época, en quienes están suficientemente representados la mayoría de los políticos y abogados de la nuestra. Es el Dios Hombre que en el Nuevo Testamento, proclama que no ha venido a traer la paz, sino la espada, la guerra, discordia y división, incluso en el seno de las familias, como en la mía; es el Cristo que dice: “Enemigos del hombre los de su casa”. Él es quien traspasa, como a la Dolorosa, el corazón de Santa Teresa con un dardo dolorosísimo, de amor, sí, pero de agudísima penitencia y gran tormento. Contra esta realidad de nada sirve la réplica de que Dios es infinitamente bueno y misericordioso, la misericordia divina no hace mentira a la verdad del sufrimiento a que Dios, hemos de admitir que justa pero enigmáticamente, somete a sus criaturas, a muchas a suplicios, en este “valle de lágrimas” y destierro del paraíso terrenal.

Además la retribución final divina por nuestros actos, es decir, el premio o castigo por nuestras obras dependerá de la bondad moral de éstas, a la existencia de las cuáles podrá haber contribuido la excelencia, activación y actuación de características raciales, pero no sin que el ser humano haya sido premovido por la gracia gratuita divina. Todo cristiano puede ser santo, sea blanco como San Alberto Magno,o negro como el excelso San Martín de Porres. Más aún: las buenas dotes naturales del individuo humano, sin que obste que sean también raciales o nó, las capacidades de cada uno, incluso las que haya heredado biológicamente de sus progenitores y demás ascendientes, son hechas perniciosas para quien obra inicuamente, es decir usandolas como medio para hacer el mal, de modo que, como sentenciaba el antigüo proverbio romano: “corruptio optimi pesima”, la depravación del mejor hombre (como el más sano, inteligente, voluntarioso y fuerte) es la peor.

Ahora bien, una cosa es que todos somos cristianos y podemos serlo sin obstáculo racial alguno, y que los Santos sean de muchas razas, y otra cosa muy distinta es que el Cristianismo haya predicado alguna vez que todas las razas son iguales en características mentales, en cualidades, en aptitudes, en predisposiciones, en capacidad de salud física natural, etc., es decir, en valores naturales. El Cristianismo no ha predicado jamás que una raza no pueda ser superior a otra, en cuanto a superioridad meramente natural. Al Cristianismo como doctrina le da igual la superioridad o inferioridad naturales de una raza o un pueblo, o un individuo, pues al Cristianismo lo que le interesa es la conversión del pagano, cualquiera que sea su raza, sea considerada, o nó, inferior o superior, pueda o nó ser inferior o superior a nivel natural o en determinadas capacidades o bienes de conformación psíquica o física, como el áureo esplendor de cabellos, la celeste beldad de unos ojos azules, o la blancura de la tersa piel de una doncella escandinava; o bien la azabache hermosura de cabellos de raza mediterránea (a la que el nacionalsocialista nordicista Günther, aún siendo lo que era, calificaba de aria), la cálida coloración suave y sensual de la piel de una jóven euromediterránea, … etc.. Aquí al Cristianismo, para lo esencial de su misión salvadora, le son relativamente indiferentes las opiniones estéticas y de valoración natural o filosófica profesadas y emitidas por personas privadas, asociaciones y Estados Políticos.

El Cristianismo preceptúa la Caridad para con todos los hombres. Todo hombre es prójimo. El primer mandamiento de la Ley de Dios es amar, sobre todo y con todas las fuerzas, al Criador, y el segundo mandamiento, no consejo, no sugerencia, no propuesta, no petición inexigente, sino Ley, decreto, precepto de altísimo rango y de necesidad para la salvación, es: “Ama al prójimo como a tí mísmo”. A este mandamiento es indiferente que el prójimo sea blanco, negro o amarillo; es indiferente que sea o fuera de una, presunta o no presunta, raza “suprema”, “superior”, “media”, “inferior”, “ínfima”, o “igual”, en apreciaciones (por parte de quien fuese) de valores puramente naturales, o que el individuo, si ello fuera posible, no tuviese raza alguna, o perteneciese a una Humanidad uniracial, sea cual fuere el valor o las características atribuidos a la excogitada raza única.

No es menester acudir a la doctrina, tésis o hipótesis – allá cada cuál – de la inferioridad racial para hallar inferioridad (aunque no del mismo orígen) que la racial propugnada por los racistas de cualquier signo moral y político. “Numerus stultorum infinitus”,dice la Biblia. La estupidez, la carencia de ingenio y genio civilizador, la abulia, el enanismo, es abundante entre los hombres, y que ello al menos no siempre tiene su orígen en una predisposición racial lo admitirá hasta el racista más radical. Al Cristianismo y su alto precepto del amor al prójimo, o Caridad cristiana, es perfectamente indiferente el orígen de los defectos o inferioridades que padezca el sujeto humano. Lo que no permiten es no el desprecio hacia el error, la ignorancia, la estupidez o el defecto físico, sino el odio y la inmisericordia hacia la persona que padece esos males, negándosele el amor y la misericordia no impedida, por ejemplo, por la llamada “legítima defensa” contra el injusto agresor, o por la aplicación de la justicia ecuánime de la “res publica”.

Al Cristianismo dogmático, es decir, a la Fe cristiana escueta, le da igual que alguien piense que determinadas inferioridades de un prójimo o un pueblo provengan de predeterminaciones raciales, en cambio no le dá igual que ese alguien trate a ese prójimo, o a ese pueblo, sin amor, sin justicia, sin respeto hacia su dignidad humana fundamental, esto es, en cuanto definitoriamente humana, a la que no obstan los defectos humanos involuntarios congénitos y otros sin culpa personal propia.

El Cristianismo, o sea, el Catolicismo, nunca ha predicado que el error tenga el mismo valor y derechos que la verdad, que la virtud valga tanto como el vicio, que las capacidades mentales y las físicas del individuo valgan tanto como los defectos o la disminución de las mísmas, que las imperfecciones humanas no tengan origen racial o estén causadas por condiciones meteorológicas o de lugar (“hábitat”), así como no ha proclamado lo contrario, ni ha impuesto que deba creerse que la raza nórdica sea la mejor natural, o que lo sea una antigüa hebrea, o alguna estirpe judía, o cualquiera otra; más todavía: no obliga siquiera a creer que existan razas, ni a creer en determinados orígenes de las mísmas. Desde el orígen especialmente divino de algunas, profesado por las tradiciones de sus respectivos pueblos, hasta el orígen en la influencia del medio ambiente, así como explicaciones endogénicas están permitidas por el dogma católico, al que no pertenece – almenos todavía- el monogenismo, defendido por Pio XII en su encíclica “Summi Pontificatus”,de 30 de Octubre de 1939. Quien sincera y honestamente profese el poligenismo (varias parejas cual primer origen de la Humanidad) no puede predicarlo como magisterio eclesiástico, pero puede sostenerlo para sí sin que ello implique herejía. En tal caso se pensaría en el caracter simbólico de Adán y Eva, quienes representarían a las primeras parejas. Aparece como una tesis errónea y peligrosa, pero no es contraria al dogma.

Una cosa es el Derecho Natural defendido por la Iglesia Católica para todo individuo humano, y otra es que toda persona tenga la libertad de invocar y hacer valer tal Derecho como plenitud de derechos civiles en una nación ajena o en un Estado extrangero, máxime en los que racionalmente no se le autorice a entrar, ni a estar. El Cristianismo ni manda, ni prohibe que se admita en una sociedad (cualquiera: conyugal, doméstica, asociación privada, región, país, etc.) a gente extrangera, o ajena, y que ello se haga por motivos raciales, económicos, culturales,de paz y buena convivencia cívicas, siempre que se respete el “Derecho de Gentes” en armonía con el Derecho Natural. El Cristianismo dogmático no prescribe la emigración, ni la inmigración, ni la “Pureza de Sangre”, ni el mestizaje, ni la monocultura, ni la interculturalidad, ni multiculturalidad, ni la convivencia estrecha con quienes por antipatía (no odio) o no empatía, u otros motivos de libre elección de amigos y vecinos, no se desea tener trato y sin que éste fuere circunstancial y necesariamente impuesto por la Caridad.

El Cristianismo nos obliga a aceptar al prójimo como a prójimo, como humano, como persona, como imagen y semejanza de Dios, pero no nos obliga a departir, simpatizar o intimar con gente de todas las razas, no nos obliga a ver como a connacionales o indígenas o naturales de nuestra misma civilización patria a los nacionalizados políticamente, a los “naturales de meros papeles”, sobre todo cuando a ello les mueven intereses económicos, u otros ajenos al bien común de la nación del país de acogida.

En cambio el cristianismo obliga a las personas pudientes, como a los pueblos ricos, a socorrer a las poblaciones de los países pobres, también para evitar la emigración de quienes por pobreza se ven forzados a una emigración que querrían evitar permaneciendo, con suficiencia económica, en el propio suelo natal o patrio, junto a familiares y amigos, en la cultura que les pertenece, a la que aman y la que cultivan contribuyendo con la propia identidad étnica, linguística y autóctona, con una personalidad que en el propio país es la propia, predominante y soberana, lo que no ocurre cuando esa personalidad, en el individuo, y por una emigración forzosa, indigna o desgraciada, se desarraiga y pasa a ser un pingajo desenraizado y como deshechado en un mundo extraño y sociológicamente dominante.

 

 

Anuncios

Acerca de ricardodeperea

Nacido en Sevilla, en el segundo piso de la casa nº 8 (después 18) de calle Redes de Sevilla, el 21 de Septiembre de 1957. Primogénito de D. Ricardo, tenor dramático de ópera (que estuvo a punto de hacer la carrera en Milán), y pintor artístico; y de Dñª. Josefina, modista y sastre ( para hombre y mujer), mas principalmente pintora artística de entusiata vocación. Desafortunadamente dedicóse tan abnegadamente a su familia y hogar, que poco pudo pintar, pero el Arte, el retrato, dibujo y pintura fueron su pasión hasta la muerte, que la sorprendió delante de un óleo de San Antonio de Escuela barroca sevillana, y al lado de una copia, hecha por mi padre, de la Piedad de Crespi, en tiempo litúrgico de San José. Seminarista en Roma, de la Archidiócesis de Sevilla desde 1977-1982, por credenciales canónicas de Su Eminencia Revmª. Mons. Dr. Don José María Bueno y Monreal. Alumno de la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino en Roma, 1977-1982, 1984, por encomienda del mismo Cardenal Arzobispo de Sevilla. Bachiller en Sagrada Teología por dicha Universidad (Magna cum Laude), donde hizo todos los cursos de Licenciatura y Doctorado en Filosofía (S.cum Laude), y parte del ciclo de licenciatura en Derecho Canónico (incluido Derecho Penal Eclesiástico). Ordenado de Menores por el Obispo de Siena, con dimisorias del Obispo Diocesano Conquense, Su Exciª.Rvmª. Mons. Dr. en Sagrada Teología, D. José Guerra y Campos. Incardinado en la Diócesis de Cuenca (España) en cuanto ordenado "in sacris", Diácono, por Su Exciª.Rvmª. Mons. Dr. en Sagrada Teología, D. José Guerra y Campos, el 20 de Marzo de 1982. Delegado de S.E.R. Mons. Pavol Hnilica,S.J., en España. Ordenado Presbítero, por dimisorias del mismo sapientísimo, piadoso e insigne católico Doctor y Obispo Diocesano conquense, el 8 de Enero de 1984 en la Catedral de Jerez de la Frontera (Cádiz), por Su Exciª. Rvmª. Mons. D. Rafael Bellido y Caro. Capellán Castrense del Ejército del Aire, asimilado a Teniente, y nº 1 de su promoción, en 1985. Fue alumno militarizado en todo, en la Academia General del Aire de San Javier (Murcia), destinado al Ala nº 35 de Getafe, y después a la 37 de Villanubla (Valladolid); luego de causar baja, como también el nº 2 de la promoción, a causa de encubiertas intrigas políticas pesoistas [ocupó pués, así, la primera plaza el nº 3, primo del entonces presidente de la Junta de Andalucía, un Rodríguez de la Borbolla] en connivencia con el pesoista Vicario Gral. Castrense, Mons. Estepa. Fue luego adscrito al Mando Aéreo de Combate de Torrejón de Ardoz. Párroco personal de la Misión Católica Española en Suiza, de Frauenfeld, Pfin, Weinfelden, Schafhausen, ... , y substituto permanente en Stein am Rhein (Alemania) . Provisor Parroquial de Flims y Trin (cantón Grisones), en 1989-90; Provisor Parroquial (substituto temporal del titular) en Dachau Mittendorf y Günding (Baviera), etc.. Diplomado en alemán por el Goethe Institut de Madrid y el de Bonn (mientras se hospedaba en la Volkshochschule Kreuzberg de esa ciudad renana) . Escolástico e investigador privado en Humanidades, defensor del Magisterio Solemne Tradicional de la Iglesia Católica y fundamentalmente tomista, escribe con libertad de pensamiento e indagación, aficionado a la dialéctica, mayéutica de la Ciencia. Su lema literario es el de San Agustín: "In fide unitas, in dubiis libertas et in omnibus Charitas". Ora en Ontología, ora en Filosofía del Derecho y en Derecho Político admira principalmente a los siguientes Grandes: Alejandro Magno (más que un libro: un modelo para Tratados) discípulo de "El Filósofo", Aristóteles, Platón, San Isidoro de Sevilla, Santo Tomás de Aquino, los RRPP Santiago Ramírez, Cornelio Fabro, Juán de Santo Tomás, Domingo Báñez, el Cardenal Cayetano, el Ferrariense, Domingo de Soto, Goudin, los Cardenales Zigliara y González, Norberto del Prado; Friedrich Nietsche, Martin Heidegger ; Fray Magín Ferrer, Ramón Nocedal y Romea, Juán Vázquez de Mella, Enrique Gil Robles, Donoso Cortés, Los Condes De Maistre y De Gobineau, el R.P. Taparelli D'Azeglio; S.E. el General León Degrelle, Coronel de las SS Wallonien, Fundador del Movimiento católico "Rex", el Almirante y Excmº. Sr. Don Luis Carrero Blanco (notable pensador antimasónico, "mártir" de la conspiración de clérigos modernistas, y afines, suvbersivos, y de la judeleninista ETA), S.E. el Sr. Secretario Político de S.M. Don Sixto (Don Rafael Grambra Ciudad), los Catedráticos Don Elías de Tejada y Spínola y Don Miguel Ayuso, entre otros grandes pensadores del "Clasicismo Natural" y "Tradicionalismo Católico"; Paracelso, el Barón de Evola, etc. . En Derecho Canónico admira especialmente a Manuel González Téllez y Fray Juán Escobar del Corro; Por supuesto que no se trata de ser pedisecuo de todos y cada uno de ellos, no unánimes en un solo pensamiento ("...in dubiis libertas"). Se distancia intelectual, voluntaria, sentimental y anímicamente de todo aquel demagogo, se presente hipócriamente como "antipopulista" siendo "polulista", o lo haga como antifascista, "centrista", moderado, equilibrado, progresista, moderno, creador y garante de prosperidad, o como lo que quiera, el cuál, sometiéndose a la mentira sectaria, propagandística y tiránica, inspirada en cualquiera de las "Revoluciones" de espíritu judío (: la puritana cronwelliana (1648,) la judeomasónica washingtoniana (1775), la judeomasónica perpetrada en y contra Francia en 1789, y las enjudiadas leninista y anarquista), ataque sectariamente o vilipendie a Tradicionalistas, franquistas, Falangistas, Fascistas, Nacionalsocialistas, Rexistas, etc., o se posicione nuclearmente, a menudo con la mayor vileza inmisericorde, y a veces sacrílega, contra mis Camaradas clasicistas ora supervivientes a la Gran Guerra Mundial (1914-1945), ora Caídos en combate o a resultas; se considera y siente parte de la camaradería histórica y básica común con los tradicionalismos europeistas vanguardistas de inspiración cristiana (al menos parcial), y con sus sujetos, aliados de armas contra la Revolución (jacobina, socialista, comunista, anarquista).
Esta entrada fue publicada en ANTIRRACISMO, RACISMO Y CASTISMO, Derecho Natural/Derecho, Etica o Filosofía Moral, Teología Moral. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s