LA ANTIGUA SANTA INQUISICION DE LAS ESPAÑAS Y LA ACTUAL congregación para la doctrina de la fe.


PALACIO DE LA SANTA INQUISICION DE_MEJICO.

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[art. reelaborado y aumentado por C.B.:]

Sobre la “terrible” Inquisición Española 

http://www.conocereisdeverdad.org/website/index.php?id=37

A las 11:33 AM, por Alberto Royo 05.05.2014

Inquisición – 1º ¿Cómo fue?. ¿Fenomeno de España? .

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La Inquisición no fue un fenómeno exclusivamente español, a pesar de que la mayoría de la gente piense lo contrario, sobre todo por el interés generalizado que hay por el Santo Oficio español, y a causa de que los heterodoxos y los clérigos modernistas, así como los yeyés de toda suerte, han propagandado contra el Santo Tribunal español las mayores y más numerosas invectivas.

El Espíritu Paráclito fue enviado a María Santísima y a los 12 Apóstoles. Desde allí la Buena Nueva se difundió por el mundo porque, llenos del Espíritu Santo, «predicaban la Palabra de Dios con valentía (Hch. de los Ap., IV31). Desde entonces -es historia-, la Iglesia “Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana” permanece siempre acosada, perseguida, vituperada y parece estar muchas veces a punto de sucumbir, pero es la única que desde la fundación de la una y única Iglesia de Jesucristo, con la que plenamente se identifica, persiste a lo largo más de 2000 años, sólo ella. Las sectas, falazmente instaladas –construidas con patrañas después-, usan como se les antoja, alegando inspiración divina a mansalba, la Sagrada Escritura. Crean expectativas apocalípticas del fin del mundo, regularmente desmentidas por los hechos. Bueno, también lo hacían muchos fanáticos cristianos que creían firmemente en la inminencia de la “parusía”. A través de oradores por lo general populacheros, exaltados, crédulos, altaneros, omiten las barrabasadas de la historia de sus respectivas sectas, mientras que difunden infundios y tergiversaciones, denigrando a la Una y única Iglesia fundada por nuestro Dios y Señor  JesuCristo.

La constitución de la Iglesia llegó a su plenitud fundacional a causa de Pentecostés, y a partir de entonces comienza propiamente su historia. Las sectas surgieron luego, y continúan apareciendo. Que una persona en una secta, esté errada doctrinalmente no siempre prejuzga su condición moral natural, pero siempre ‘cuando se ofusca la razón se disparan las sectas’. Y he aquí que los más acérrimos acusadores que despotrican contra el Santo Tribunal: o pertenecen a alguna de esas sectas de las que eran secuaces los condenables por el Santo Oficio, o simpatizan con alguna de ellas, o son de alguna nueva, o ellos mísmos son sectarios. Coinciden en afirmar que los condenados eran inocentes, que sus doctrinas [sectarias] y las manifestaciones que hicieron de ellas eran buenas, inofensivas, tenían derecho a ser respetadas en paz, y sus defensores conservaban, por tánto, el derecho a comunicarlas y difundirlas, así como el de reunirse, celebrar sus asambleas y practicar sus respectivos cultos. Ni siquiera se plantean la cuestión de si eran perniciosas, religiosa, cultural, política, social y económicamente nocivas,  y rehuyen la controversia con los tradicionalistas defensores intelectuales de la legitimidad y beneficiosidad de la labor del Santo Tribunal, siendo éstos últimos apartados de todo debate al respecto, y simultáneamente vejados, increpados y hostigados.

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Los historiadores distinguen tres inquisiciones: la medieval, ejercida por los obispos locales, o por la Santa Sede con carácter puntual y esporádico (por ejemplo, la Cruzada contra los Albigenses); la española (con el precedente aragonés, y más tarde, por imitación, la portuguesa), creada a finales de 1400 por los Reyes Católicos apoyados por el beneplácito y bulas papales, la cuál tenía actuación restringida al territorio de la Corona española (y Portuguesa), o sea, con jurisdicción también en América y en los territorios españoles en Europa (en particular los itálicos) ; y una tercera inquisición, la romana, la más moderna, fundada por SS el Papa Pablo III, de feliz memoria, en 1542, e inspirada en el modelo español, pero con ámbito universal.

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Y permanecen todas las otras ‘inquisiciones’ ejercidas por poderes religiosopolíticos laicos, las del protestantismo.

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LA INQUISICIÓN DE LA IGLESIA Y LA JUSTICIA DEL REY.

Autor: JOSÉ LUIS MARTÍNEZ SANZ.

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El vulgo adoctrinado por la infame propaganda judeomasónica y buena parte del público culto de nuestros días cree de buena fe que la Inquisición era una monstruosa y criminal organización destinada a torturar y quemar vivos a seres inocentes que no creían firmemente o que no cumplían los preceptos de la Iglesia Católica.

Para conocer la verdad de qué pensaban y cómo vivían las personas de la Edad Moderna (ss. XVI-XVIII), y tratar así de entender mejor la función y acciones de la Inquisición, es necesario establecer una comparación entre la actuación de la Inquisición y el funcionamiento de la justicia ordinaria o los tribunales civiles de aquellos siglos (“la justicia del Rey”, como se les llamaba generalmente). Y esa comparación debe presentarse sistematizada en varios pasos o fases.

Por rigor intelectual, y por sentido común, para hacer una comparación entre instituciones históricas es preciso partir de un principio que es la norma de todo verdadero historiador serio: no se puede juzgar, ni valorar, ni explicar el pasado con los prejuicios del presente. Ya sabemos que hay otro tipo de “historiadores” que hacen lo contrario, y por eso sus teorías y curiosas ideas son las más jaleadas, repetidas y difundidas; ante este hecho hay que recordar que Emil Ludwig, en su biografía de Bismarck, recogía unas curiosas palabras del Canciller: “Hay dos clases de historiadores. Los unos hacen claras y transparentes las aguas del pasado; los otros las enturbian”.

En segundo lugar, es preciso recordar uno de aquellos criterios o valores: En aquellos tiempos, en el mundo de Civilización europea, no existía la doctrina, ni la realidad, de un Estado laico, ni aconfesional, conceptos cada vez más triunfantes en el mundo, a causa del auge y predominio de las teorías liberales y laicizantes; en cambio, aún estaba generalizada la Monarquía tradicional, yse hallaba universalmente entendida y extendida la idea de fidelidad al Rey, a quien se entendía el único soberano de cada reino y su territorio (en nuestros días, en los países llamados democráticos se cree en el dogma estúpido de que el soberano es el pueblo, y en los países socialistas, comunistas y superabsolutistas [como en el Zimbawe de Mugabe] el Estado es el soberano y el propietario de los medios de producción). Para aquellas gentes, desobedecer al Rey era  delito de felonía, y abandonar, engañar, o burlar directamente al Rey era delito de alta traición o lesa Majestad; y ambos se pagaban con la pena de muerte. Por eso, la conducta de traición a Dios (superior al Rey), atacando la Fe de los Cristianos en Él y su Santa Iglesia era aún más grave, y se castigaba con Sambenitos (penitencias públicas especiales), o bien no sólo con la muerte, sino también, para los casos de ostentación y contumacia, con una muerte aparentemente dolorosa en extremo, como “castigo” al delincuente y espantosa para “ejemplo” y advertencia a los demás. Esas muertes solían ser en la hoguera, en la que pronto se moría apenas se inhalasen los gases de fuego.

En tercer lugar, contra la falsa, famosa y difundida “leyenda negra” antiespañola, hay que recordar que las condenas a muerte por reatos religiosos no eran exclusivas de España ni de la Inquisición, sino algo corriente en toda Europa: así ocurría en la Inglaterra anglicana (por ejemplo, con Tomás Moro); en la Francia de Francisco I contra los pérfidos calvinistas hugonotes; en la calvinista Ginebra (con el asesino crudelísimo heresiarca francés Chauvin (Calvin), famoso por su sectarismo fanático violento y extremada crueldad contra el español, insigne médico (descubridor de la doble circulación de la sangre) y teólogo heterodoxo Miguel Servet; y en otros muchos lugares, como entre los luteranos alemanes (con sus desatrosas larguísimas “guerras de religión”, que alcanzaron a la francia de Su Eminencia Rvmª. el Cardenal Duque de Richelieu, tolerante con los protestantes, con algunos de los cuáles (alemanes) se alió militarmente, pero que hubo de hacer la guerra a los traidores separatistas hugonotes de “La Rochelle”, guerra que dirigió él mísmo y la ganó. Tampoco se libró de las luchas internas sangrientas la Rusia ortodoxa de los voivodas y los Zares.

En cuarto lugar es bueno recordar que la Inquisición española no fue la inicial. La primera y modelo de todas las que vendrían después fue la inquisición hebrea, una institución semirreligiosa y semipolítica. La “inquisición” (que significa labor inquisitiva, de inquirir, o averiguar), cual tribunal especial penal, no es un invento medieval sino de la antigua teocracia hebrea: en el Antiguo Testamento (Deut XVII, 2-7), se determina cómo debían ser los juicios en Israel para quien ofendiese a Dios de palabra o de obra, ordenando una indagación o inquisición, un juicio y, en su caso, las correspondientes condena y pena. Por eso, este sistema se aplicó a Jesucristo, que fue espiado y vilmente acusado por levitas (Mt XXI, 23) y fariseos (Mt XXII, 15-22); luego fue apresado por órden de ellos en el Huerto de los Olivos (Mt XXVI, 47-56), llevado ante el Sanedrín y condenado por levitas y autoridades judías (Mt XXVI, 57-66). La antigua sinagoga distinguía tres grados de anatema o condena: la separación (niddui), la excomunión (herem) y la muerte (schammata); con arreglo a esto, juzgaron y condenaron a Jesucristo al schammata (Jn. XVIII, 14 y ss.), y se lo entregaron a los romanos para que lo mataran.

Esta inquisición y su sistema de apresamiento y condena se ve más clara aún en los Hechos de los Apóstoles (VIII, 1-33 y IX, 1-30), donde se narra la persecución judía contra los primeros cristianos y cómo el Sumo Sacerdote envió a Saulo hacia Damasco para averiguar si los judíos de Siria se habían hecho cristianos, y en ese caso traerlos encadenados a Jerusalén: durante su viaje a Damasco, el inquisidor judío Saulo se convirtió al cristianismo y se convirtió en San Pablo, autoproclamado “Apóstol”, el decimocuarto, pero al que faltó siempre la condición perfecta de “apóstol”, es decir, la de haber convivido o estado personal y directamente con Jesucristo “viador”.

Más tarde, a caballo entre la Alta y la Baja Edad Media, apareció en Europa la Inquisición medieval. Europa sufría una grave conmoción: en Flandes habían aparecido unos predicadores que enseñaban extrañas doctrinas y, como el pueblo flamenco los consideró herejes, se vieron forzados a huir. Se refugiaron en el suroeste de Francia, en torno a Albi: por eso los eclesiásticos los llamaban “albigenses”, pero el pueblo los conocía como “cátaros”. El problema era que no sólo hablaban de dogmas y sacramentos religiosos, sino de instituciones sociales, como el matrimonio, la jerarquía (la eclesiástica -papado- y la civil -monarquía-). Se declaraban los puros, eran maniqueos, la carne era mala y pecaminosa de por sí, engendrar hijos era malvado, porque, según aquellos herejes, se condenaba así a las almas a encarnarse. Se dice que incluso cocinaban fetos abortados y los devoraban, contentos de haber impedido el nacimiento de un cuerpo vivo “prisión de un alma pura”. Opuestos a la fecundidad, eran en cambio disolutos y promiscuos en las relaciones carnales que procuraban fueran estériles.                   Siguiendo los precedentes hebreos y después judíos contenidos en las Sagradas Escrituras, la Iglesia creó también un sistema de averiguación sobre la posible herejía: en su bula Excommunicamus, de 1231, el papa Gregorio IX instituyó un Tribunal de la Inquisición para perseguir la herejía de los cátaros o albigenses.

De ese modo la Curia pontificia tomaba las riendas en el asunto de las herejías, se reducía la responsabilidad de los obispos en materia de ortodoxia, se ponía a los inquisidores bajo la jurisdicción del pontificado, y se establecían severos castigos conrtra la herética pravedad; el cargo de inquisidor fue confiado casi exclusivamente a frailes franciscanos y, sobre todo, a dominicos por su mejor preparación teológica y su rechazo a las ambiciones mundanas. Al poner bajo dirección pontificia la persecución de los herejes, el papa se adelantó al emperador del Sacro Imperio, el suabo Federico II Hohenstauffen. Restringida en principio a Alemania y Aragón, la nueva institución entró enseguida en vigor en el conjunto de la Iglesia, aunque no funcionara por entero o lo hiciera de forma muy limitada en muchas regiones de Europa. Tiempo después, cayó en desuso y ha permanecido así durante siglos.

Otros herejes de la época, condenados ya en el IV Concilio de Letrán, de 1215 ( cf. Denzinger, … n. 434), eran los valdenses. Tras ser aplastados los albigenses en la cruzada levantada contra ellos, los valdenses fueron los siguientes condenados por la Inquisición en Francia: en 1487, el papa Inocencio VIII organizó una Cruzada contra ellos en el Delfinado y Saboya (hoy territorios de Francia).

Por esos años apareció la Inquisición española. Es sabido que, tras las persecuciones europeas contra los judíos y su expulsión de los diversos reinos (los primeros fueron los ingleses en 1290, con Eduardo I), muchos de ellos se refugiaron en los reinos cristianos de la península ibérica. Su inteligencia, astucia, dedicación a la usura y al comercio especulador, y fraternal solidaridad pseudoétnica y religiosa fueron eficaces para su enriquecimiento económico y su penetración en las clases sociales influyentes, así como en las administraciones públicas, de modo que, por la tolerancia y particulares intereses de los gobernantes auctóctonos europeos, llegaron muchos de ellos a detentar puestos dirigentes en todos los reinos y ámbitos. Las gentes del pueblo miraban con aversión a los que, viniendo de fuera, se adueñaban de lo de dentro, y lo disponían para el interés religioso sectario y hegemonista de la secta; por si fuera poco, la peste negra y otros acontecimientos escandalosos, históricamente probados (los martirios de Santo Dominguito del Val, del Santo niño de La Guardia -Toledo-, y San Wendelin en Germania, que no eran propiamente ritos religiosos judíos, sino ritos diavólicos mágicos hechos por judíos, por odio a Cristo) concitó mucha enemistad hacia los criminales y el grupo pseudoético a que pertenecían.

Muchos judíos se convirtieron entonces al Cristianismo, pero parte de ellos seguía practicando su religión y ocupaba puestos de relevancia hasta en el aparato de la Iglesia, burlando la fe de las gentes, profanando sacralidades cristianas, y admitiendo a cristianos en las sinagogas. Si entonces la traición al rey era el delito de felonía y lesa majestad que se castigaba con la muerte, la traición expresa contra Dios y su religión era semejante a un sacrilegio, no sólo un pecado, o inmoralidad cualesquiera, sino también un delito en fuero externo, que merecía el peor castigo. No se castigaba la incredulidad, ni la herejía no explícitada, sino la manifestación externa de la herejía. De ese modo, a fines del siglo XV recibieron los Reyes Católicos las quejas de sus pueblos contra los fementidos “cristianos” judíos y moriscos, que se mofaban de Cristo y de los dogmas de la Iglesia y actuaban en contra de los intereses del reino. Hubo algunos judíos y musulmanes que se bautizaron de buena fe y con toda sinceridad, pero muchos otros lo hicieron para no ser molestados y proseguir sus negocios y su conspiración contra la Patria: estos últimos eran los que constituían una semilla de herejías y de discordia social;  los más escandalosos eran los falsos conversos que habían llegado a ser “oficialmente” ordenados sacerdotes y obispos del aparato externo de la Iglesia y se reían de los dogmas, devociones y ceremonias cristianas.

Además de la aversión popular, estaba la académica y erudita de los propios conversos: el “Scrutinium Scripturarum” del rabino converso Santamaría, obispo residencial de Burgos; el “Fortalitium Fidei”, del piadoso y elocuente Fr. Alonso de Espina, y la “Historia de los Reyes Católicos” del cura de Los Palacios (1478), todos judíos: sus obras eran antijudías y acusaban a los falsos conversos de haberse infiltrado en el episcopado y el sacerdocio, poniendo en peligro la cristiandad. Para depurar a los culpables y respetar a los inocentes, los Reyes Católicos pidieron a S.S. el papa Sixto IV que introdujera la Inquisición también en Castilla, pues en Aragón ya existía. La creación del Santo Oficio de la Inquisición tendría un carácter especial en España por depender, los jueces inquisidores, directamente de la Corona. S.S. Sixto IV se lo concedió por la bula “Exigit sincerae devotionis affectus” de 1478, siendo su primer Inquisidor General el Rvmº. Padre dominico, oriundo judío, Fray Tomás de Torquemada, hombre instruido, ecuánime, celoso de la observancia de las normas procesales, amante de la Justicia y el Derecho, al que sucedieron otros de similar procedencia: de ahí viene la expresión “el furor de los conversos”.

El investigador judío Henry Kamen ha destacado que, al ser la Inquisición española un instrumento mediatizado por la Corona, muchas de sus actuaciones deben explicarse más bajo esa perspectiva que bajo la de un presunto fanatismo de la Iglesia. Hay que destacar que la Inquisición española perseguía no sólo los delitos de herejía (recuérdese que en toda Europa se actuaba de igual forma: así Calvino con Servet, o Enrique VIII con Tomás Moro), sino también la blasfemia, la sodomía (como posible signo de rituales heréticos), el adulterio  – tanto el masculino como el femenino, ( como posible licenciosidad significativa de la negación del Sacramento del Matrimonio, etc.) -, y otros delitos (no simplemente pecados), socialmente rechazables no sólo en la mentalidad de la época, sino a lo largo de la historia europea, castigado, cada uno de ellos, según su gravedad.

Se puede decir que la actividad de la Inquisición en España se dirigió inicialmente, desde 1478, contra los falsos conversos judíos, a pesar de que los primeros inquisidores eran también judíos, mejor dicho, lo fueron y dejaron de serlo, porque se puede dejar de ser judío, en cuanto se puede dejar de pertenecer a la secta. Posteriormente, desde 1502 su actividad se volcó contra los falsos conversos moriscos; más tarde, desde 1520 y tras el estallido de la reforma luterana, se dedicaría a extirpar la herejía protestante. Su lema era un versículo bíblico: “Exurge Dómine, et iudica causam tuam” (Sal LXXIV, 22); su escudo o blasón, una cruz (generalmente, verde), con una rama de olivo a su derecha y una espada desenvainada a su izquierda. Es preciso recalcar un hecho, a menudo desconocido: la Inquisición no tenía jurisdicción sobre musulmanes y judíos, sino sólo sobre cristianos, por lo que podía perseguir como criminales contra Dios y su Iglesia solamente a los falsos cristianos o falsos conversos, excepción hecha de blasfemos y quienes hiciesen ostentación de la herejía para su propagación.

La Inquisición actuaba mediante denuncia previa, que solía ser secreta. El acusado era apresado y se le tomaba declaración, pudiendo ser en ella sometido a tormento: ése era entonces el procedimiento habitual de la justicia estatal penal en toda Europa. También podía presentar testigos de descargo, pero el testimonio de dos testigos de cargo veraces, luego de exhaustivamente examinados y aprobados, anulaba las protestas infundadas de inocencia del acusado. Las penas impuestas variaban desde la residencia en un convento para los casos leves, al público azote a los adúlteros paseados en burro y montados al revés con grandes cuernos puestos sobre su cabeza, a la exhibición pública con el sambenito (un largo escapulario amarillo). Para los delitos más graves   – predicar o escribir herejías –  se podía llegar hasta la condena a muerte; pero esta pena nunca la aplicaba la Inquisición, sino que entregaba los condenados al brazo secular o justicia del rey, que era la que ejecutaba de hecho la sentencia inquisitorial en un solemne y público “Auto de Fe”, con propósito ejemplarizante. La pena a ser quemado vivo en la hohuera estaba reservada a los herejes contumaces. A los retractados, pero convictos de graves crímenes, se les daba garrote y quemaba su cadáver, arrojando las cenizas a lugares deshonrosos, o fuera de cementerio consagrado. Si el reo estaba huido, se le aplicaba la pena máxima quemando su efigie (la mayoría de los casos), junto con los escritos depravados de que hubiese sido autor.

Por el contrario, si los denunciados eran hallados inocentes -una vez investigados- se les ponía en libertad: en el s. XVI fueron denunciados, apresados e interrogados muchos conocidos personajes que, una vez probada su ortodoxia, fueron absueltos y canonizados por la Iglesia: San Juan de la Cruz, Santa Teresa, etc. Y lo mismo puede decirse de los teólogos (como Fr. Luis de León, de familia marrana), de los escritores de temas religiosos (Fr. Luis de Granada), de los fundadores de grupos y congregaciones religiosas (San Ignacio de Loyola) y de otros muchos que tocaban directamente temas religiosos: casi todos fueron investigados por la Inquisición, que absolvía a los inocentes y sólo castigaba a los probadamente culpables del delito de herejía o de otros delitos asociados, sociales y religiosos. A pesar de ello, también en esa institución hubo errores e incluso abusos, como el ocurrido con el mismísimo Bartolomé de Carranza, arzobispo de Toledo y cardenal Primado de España.

La Inquisición era severa, pero generalmente muy honesta y rigurosa, y no tenía la crueldad con que ha sido retratada en la “leyenda negra”: si aplicamos la visión comparativa, encontramos que a lo largo de sus más de trescientos años de existencia, la Santa  – como el vulgo la llamaba –  en España condenó a muerte a un número de reos similar al de las brujas quemadas en Inglaterra durante un solo año del s. XVII, como señaló H. Eric Midelfort tras estudiar 1.258 ejecuciones por brujería en el suroeste de Alemania entre 1562 y 1684, algo que “olvidan” ciertos historiadores que se autodenominan progresistas y se creen científicos. La Inquisición española pervivió hasta el s. XIX, en que fue definitivamente abolida. En nuestros días la mentalidad social, maleada por la propaganda encubierta judeomasónica, anticatólica, rechaza la Santa Inquisición, porque dice que nadie debe ser forzado a aceptar una determinada fe religiosa (como si la Inquisición forzara a alguien, ni obligara siquiera, a profesar la Fe Católica), y porque hoy se condena  – sólo teórica e hipócritamente [ténganse presentes los casos de católicos clasicistas como el Sr. Varela Geiss en España (contínuamente hostigado, confiscados y quemados los libros antirevolucionarios de su Librería, y reiteradamente encarcelado),  y muchos otros pensadores e historiadores en Alemania y Austria .] –  toda coacción a la libertad de pensamiento y expresión; pero nadie forzaba a nadie a convertirse, ni a profesar una determinada religión. Se castigaban las expresiones externas contrarias a la Fe, por tanto no pecados en cuanto tales, sino el delito de herejía externamente expresa. Menéndez Pelayo apuntó como balance históricamente positivo de la Inquisición el que lograra evitar que España se dividiese y conociera la mortandad, el terror y la ruina producidos por las “guerras de religión” centro- y nordeuropeas, de protestantes contra católicos y de protestantes, de una secta, contra  protestantes de otra, contiendas “interminables”, sanguinarias, crueles, iconoclastas por parte de los pestíferos protestantes de aquella época, las cuáles asolaron  Centroeuropa y contaminaron el Norte, en los siglos XVI y XVII.

Más de medio siglo después que la española y ya antes de la inauguración del Concilio de Trento, ante los problemas religiosos surgidos en Alemania y las ejecuciones de católicos en el Imperio y en Inglaterra, el S.S. Paulo III estableció en 1542 la Inquisición Romana, y se la confió a los dominicos por haber sido los primeros adversarios de Lutero. Luego se fue extendiendo por diversos Estados itálicos, y posteriormente se impuso en la mayoría de los Estados católicos de Europa. Paralelamente, en los países protestantes se hacía lo mismo y con mayor intolerancia, si bien no tenían una institución establecida formada por teólogos autorizados: eran los jueces (ordinarios o religiosos) los que se encargaban de lo que entonces se consideraba el crimen más execrable, como era la ofensa a Dios.  Ya hemos citado el famoso caso del insigne científico médico español Miguel Servet, acusado de hereje por el maléfico sarcófobo Calvino, y quemado vivo a fuego lento por vehemente firme voluntad del propio Sacerdote (antes católico y luego apóstata del Catolismo) Chauvin.

En quinto lugar, buscando la verdad, la precisión y poniendo cada cosa en su sitio, debe estudiarse en sí mismo y comparativamente el fenómeno “Inquisición española”, cotejándola o contrastándola con otras instituciones similares, pues hubo muchas. En esta labor es preciso recordar los trabajos de historiadores y otros estudiosos serios, solventes y desapasionados. El antropólogo norteamericano Marvin Harris no es sospechoso de partidismo clerical ni supersticioso, sino más bien de todo lo contrario; en uno de sus libros sobre la brujería y su represión en los tribunales reales o municipales durante la Edad Moderna en Europa recoge y refleja los trabajos de otros especialistas en esos temas:

[…] Se estima que 500.000 personas fueron declaradas culpables de brujería y murieron quemadas en Europa entre los siglos XV y XVII. Sus crímenes: un pacto con el diablo; viajes por el aire hasta largas distancias montadas en escobas; reunión ilegal en aquelarres, adoración al diablo; besar al diablo bajo la cola; copulación con íncubos, diablos masculinos dotados de penes fríos como el hielo, o copulación con súcubos, diablos femeninos. A menudo se agregaban otras acusaciones más mundanas: matar la vaca del vecino, provocar granizadas, destruir cosechas, robar y comer niños. Pero más de una bruja fue ejecutada sólo por el crimen de volar por el aire para asistir a un aquelarre.
[…] Para empezar, vamos a centrarnos en la explicación de por qué y cómo las brujas volaban hasta los aquelarres. [Así lo creían muchos en aquel siglo] Pese a la existencia de un gran número de «confesiones», poco se conoce en realidad sobre historias de brujas autorreconocidas. Algunos historiadores han mantenido que todo el extraño complejo -el pacto con el diablo, el vuelo en escobas y el aquelarre- fue invención de los quemadores de brujas más que de las brujas quemadas. Pero, como veremos, al menos algunas de las acusadas tenían durante la instrucción del proceso un sentido de ser brujas y creían fervientemente que podían volar por el aire y tener relaciones sexuales con los diablos.
La dificultad con las «confesiones» estriba en que se obtenían habitualmente mediante tortura. Esta se aplicaba rutinariamente hasta que la bruja confesaba haber hecho un pacto con el diablo y volado hasta un aquelarre, y continuaba hasta que la bruja revelaba el nombre de las demás personas presentes en el aquelarre. Si una bruja intentaba retractarse de una confesión, se la torturaba incluso con más intensidad hasta que confirmaba la confesión original. Esto dejaba a una persona acusada de brujería ante la elección de morir de una vez por todas en la hoguera o volver repetidas veces a la cámara de tortura. La mayor parte de la gente optaba por la hoguera. Como recompensa por su actitud de cooperación, las brujas arrepentidas podían esperar ser estranguladas antes de que se encendiera el fuego.
Voy a describir un caso típico entre los centenares documentados por el historiador de la brujería europea, Charles Henry Lea. Ocurrió en el año 1601 en Offenburg, ciudad situada en lo que más tarde se llamaría Alemania Occidental. Dos mujeres vagabundas habían confesado bajo tortura ser brujas; cuando se les instó a identificar a las otras personas que habían visto en el aquelarre, mencionaron el nombre de la esposa del panadero, Else Gwinner. Else fue conducida ante los examinadores el 31 de octubre de 1601, y negó resueltamente cualquier conocimiento de brujería. Le instaron a evitar sufrimientos innecesarios, pero persistía en su negativa. Le ataron las manos a la espalda y la levantaron del suelo con una cuerda atada a sus muñecas, un sistema conocido como la estrapada. Empezó a gritar, diciendo que confesaría, y pidió que la bajaran. Una vez en el suelo, todo lo que ella dijo fue «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen». La volvieron a aplicar la tortura pero sólo consiguieron dejarla inconsciente. La trasladaron a la prisión y la volvieron a torturar el 7 de noviembre, levantándola tres veces mediante la estrapada, con pesos cada vez mayores atados a su cuerpo. Tras el tercer levantamiento gritó que no podía aguantarlo. La bajaron y confesó que había gozado del «amor de un demonio». Los examinadores no quedaron satisfechos; deseaban saber más cosas. La elevaron de nuevo con los pesos más pesados, exhortándola a confesar la verdad. Cuando la dejaron en el suelo, Else insistió en que «sus confesiones eran mentiras para evitar el sufrimiento» y que «la verdad es que era inocente». Entretanto los examinadores habían detenido a la hija de Else, Agathe. Condujeron a Agathe a una celda y la golpearon hasta que confesó que ella y su madre eran brujas y que habían provocado la pérdida de las cosechas para elevar el precio del pan. Cuando Else y Agathe estuvieron juntas, la hija se retractó de la acusación que involucraba a su madre. Pero tan pronto como Agathe se quedó sola con los examinadores, volvió a confirmar la confesión y pidió que no la llevaran de nuevo ante su madre.
Condujeron a Else a otra prisión y la interrogaron con empulgueras [4]. En cada pausa volvía a confirmar su inocencia. Finalmente admitió de nuevo que tenía un amante demoniaco, pero nada más. El tormento se reanudó el 11 de diciembre después de haber negado una vez más toda culpabilidad. En esta ocasión se desmayó. Le arrojaron agua fría a la cara; ella gritaba y pedía que la dejaran en libertad, pero tan pronto como se interrumpía la tortura, se retractaba de su confesión. Finalmente confesó que su amante la había conducido en dos vuelos hasta el aquelarre. Los examinadores pidieron saber a quién había visto en estos aquelarres. Else dio el nombre de dos personas: Frau Spiess y Frau Weyss. Prometió revelar después más nombres.
Pero el 13 de diciembre se retractó de su confesión, pese a los esfuerzos de un sacerdote que la confrontó con la declaración adicional obtenida de Agathe. El 15 de diciembre, los examinadores le dijeron que iban a «continuar la tortura sin piedad o compasión hasta que dijera la verdad». Se desmayó, pero afirmó su inocencia. Repitió su confesión anterior, pero insistió en que se había equivocado al haber visto a Frau Spiess y Frau Weyss en el aquelarre: «Había tal muchedumbre y confusión que era difícil la identificación, especialmente por cuanto todos los presentes cubrían sus caras lo más que podían». Pese a la amenaza de nuevas torturas, rehusó sellar su confesión con un juramento final. Else Gwinner murió quemada el 21 de diciembre de 1601.
Además de la estrapada, el potro y la empulguera, los cazadores de brujas utilizaban sillas con puntas afiladas calentadas desde abajo, zapatos con objetos punzantes, cintas con agujas, yerros candentes, tenazas al rojo vivo, hambre e insomnio. Un crítico contemporáneo de la caza de brujas, Johann Mattháus Meyfarth, escribió que daría una fortuna si pudiera desterrar el recuerdo de lo que había visto en las cámaras de tortura: He visto miembros despedazados, ojos sacados de la cabeza, pies arrancados de las piernas, tendones retorcidos en las articulaciones, omoplatos desencajados, venas profundas inflamadas, venas superficiales perforadas; he visto las víctimas levantadas en lo alto, luego bajadas, luego dando vueltas, la cabeza abajo y los pies arriba. He visto cómo el verdugo azotaba con el látigo y golpeaba con varas, apretaba con empulgueras, cargaba pesos, pinchaba con agujas, ataba con cuerdas, quemaba con azufre, rociaba con aceite y chamuscaba con antorchas. En resumen, puedo atestiguar, puedo describir, puedo deplorar cómo se violaba el cuerpo humano.
Durante toda la locura de la brujería, toda confesión arrancada bajo tortura tenía que ser confirmada antes de que se dictara sentencia. Así, los documentos de los casos de brujería siempre contienen la fórmula: «Y así ha confirmado por su propia voluntad la confesión arrancada bajo tortura». Pero como indica Meyfarth, estas confesiones carecían de valor al objeto de poder separar las verdaderas brujas de las falsas. ¿Qué significa -se preguntaba- el que encontremos fórmulas como: «Margaretha ha confirmado ante el tribunal de justicia por propia voluntad la confesión arrancada bajo tortura»?
Significa que, cuando confesaba después de un tormento insoportable, el verdugo le decía: «Si pretendes negar lo que has confesado, dímelo ahora y lo haré aún mejor. Si niegas delante del tribunal, volverás a mis manos y descubrirás que hasta ahora sólo he jugado contigo, porque te voy a tratar de un modo que arrancaría lágrimas de una piedra». Cuando Margaretha es conducida ante el tribunal, está encadenada y sus manos tan fuertemente atadas que «manan sangre». A su lado se hallan carcelero y verdugo, y a sus espaldas guardianes armados. Tras la lectura de la confesión, el verdugo le pregunta si la confirma o no.
El historiador Hugh Trevor-Roper insiste en que se realizaron muchas confesiones a las autoridades públicas sin ninguna evidencia de tortura. Pero incluso estas confesiones «espontáneas» y «realizadas libremente» deben evaluarse en función de las formas de terror más sutiles de las que disponían examinadores y jueces. Era una práctica establecida entre los examinadores de brujería, amenazar primero con la tortura, después describir los instrumentos que se utilizarían, y finalmente mostrarlos. Las confesiones se podían obtener en cualquier momento del proceso. Probablemente, los efectos de estas amenazas lograron «confesiones» durante la instrucción del proceso que hoy en día nos parecen «espontáneas». No niego la existencia de confesiones verdaderas o de brujas «verdaderas», pero me parece sumamente perverso que los especialistas modernos aborden el empleo de la tortura como si fuera un aspecto secundario en las investigaciones sobre brujería. Los examinadores nunca quedaban satisfechos hasta que las brujas confesas daban nombres de nuevos sospechosos, que posteriormente eran acusados y torturados de una manera rutinaria.
Meyfarth menciona un caso en el que una vieja torturada durante tres días reconoció al hombre a quien había delatado: «Nunca te había visto en el aquelarre, pero para acabar con la tortura tuve que acusar a alguien. Me acordé de ti porque cuando era conducida a la prisión, te cruzaste conmigo y me dijiste que nunca hubieras creído esto de mí. Te pido perdón, pero si fuera de nuevo torturada te volvería a acusar». La mujer fue enviada al potro y confirmó su historia original. Sin tortura no puedo comprender cómo la locura de la brujería pudo cobrarse tantas víctimas, no importa cuántas personas creyeran realmente que volaban hasta el aquelarre. Prácticamente todas las sociedades del mundo tienen algún concepto sobre la brujería; pero la locura de la brujería europea fue más feroz, duró más tiempo y causó más víctimas que cualquier otro brote similar. Cuando se sospecha de brujería en las sociedades primitivas, tal vez se empleen ordalías dolorosas como parte del intento de determinar la culpabilidad o la inocencia. Pero en todos los casos que conozco se torturaba a las brujas hasta confesar la identidad de otras brujas. […]
Por todo ello, y en conclusión, el estudio comparativo de la Inquisición es muy revelador: muestra que en períodos especialmente conflictivos, en un solo año se quemaban en Inglaterra más brujas que ajusticiados por la Inquisición española durante los aproximadamente cuatro siglos de su existencia. Para la sensibilidad y pensamiento de nuestro tiempo tan condenable es lo uno como lo otro; pero respecto a vidas humanas, y a pesar de toda su carga negativa, la Inquisición libró a España de las guerras de religión y de matanzas como las ocurridas en Alemania, Francia, Escocia e Irlanda, que produjeron una ingente cantidad de muertos y un caos civil y social.

Sin embargo, la Inquisición española ha sido tratada con una dureza deformada, crispada y sectaria que ha exagerado sus aspectos más negativos olvidando lo ocurrido en otros países. El mismo Henry Kamen ha calculado que la Inquisición sólo hizo ejecutar al 2 % de los acusados que encausó, lo que vendría a arrojar una cifra de cerca de 1.300 condenados en todo el territorio de la monarquía hispánica, incluidos los Virreinatos de América y de Italia en los casi cuatro siglos que duró; ciertamente hubo más quemados en efigie, o cadáveres, o condenados in absentia, etc. Kamen dice que “cualquier comparación entre tribunales seculares e Inquisición arroja un resultado favorable a ésta en lo que a rigor se refiere”. Si comparamos esa exigua cifra con la de franceses muertos en la matanza de San Bartolomé, resulta cercana; si la comparamos con la de brujas quemadas vivas en Inglaterra y Alemania (300.000), éstas fueron 250 veces más; si lo hacemos con los guillotinados de la Revolución francesa entre 1792 a 1794 (34.000), los revolucionarios la superan con creces; si la relacionamos con los más de 100 millones de asesinados por el mahoísmo chino, los alrededor de 50 millones en campos de concentración o gulags  de la Siberia de Stalin, es infinitamente menor; si la cotejamos con los muertos del actual terrorismo islámico (EE.UU., Madrid, Irak, etc.) la cifra se queda demasiado corta.

Entonces, ¿por qué tiene la Inquisición (española) tan mala fama? Los judíos, o ex-judíos marranos que la crearon y difundieron, los ingleses, holandeses y franceses que la propagaron durante siglos lo hicieron por ser entonces enemigos de España. Pero también lo hicieron para que, fijándose todos en lo que ellos decían que habían cometido los españoles, nadie prestase atención a lo que ellos mismos cometían y habían hecho en su país y fuera de él. Y lo peor es que, todavía hoy, siguen haciéndolo: las fotos y vídeos de las prisiones de Irak lo evidencian, Guantánamo, las cárceles secretas yankis, etc.. Esa mala fama que sus enemigos han atribuido a España es lo que los historiadores españoles denominan “la leyenda negra”, tan arraigada que hasta el judiazo Spielberg se ha hecho eco de ella.

Por otro lado, también en España se ha dado “el furor de los conversos” de dos maneras. De forma normal, porque los primeros inquisidores eras judíos o procedentes de familias conversas conocidas y notorias, y quizás por probar su fidelidad a la Iglesia católica y a sus dogmas persiguieron con inusitados esfuerzos y dedicación a los que antes habían sido sus hermanos en la religión judía. Pero también de forma inversa: así, el P. Juan Antonio Llorente, que había sido secretario en la sede sevillana de la Inquisición, que luego se secularizó y como afrancesado huyó a París al final de la Guerra de la Independencia, escribió una Historia crítica de la Inquisición española que se publicó en París entre 1817 y 1818 en cuatro volúmenes, así como La Inquisición y los españoles, en las que cargaba las tintas contra “la Suprema”, atribuyéndole la desorbitada cifra de casi 32.000 personas quemadas: hoy nadie acepta esa exagerada cantidad, ni siquiera su más remota posibilidad. Sin embargo, a pesar de todas las calumnias y errores vertidos sobre la Inquisición, los verdaderos historiadores no olvidan el caso de Orfila.

Mateo-José Orfila y Rotger (1787-1853), médico y químico español nacionalizado francés en 1819, luego catedrático de Química en la Sorbona y decano en su Facultad de Medicina, así como presidente del Colegio de médicos, relataba que en su juventud (1805) había ganado en la universidad de Valencia un certamen público sobre Geología; alguien denunció a la Inquisición las ideas sobre la antigüedad del mundo expuestas por él, por lo que tuvo que declarar ante el inquisidor Nicolás Lasso. El mismo Orfila relató aquella entrevista:
«Me encontré delante de un sacerdote de unos cincuenta años, de buena planta y de aspecto majestuoso, de maneras nobles y distinguidas. Pronto me di cuenta de que sus conocimientos y espíritu le colocaban en primera fila de los hombres de la Ilustración. Ayer por la tarde -me dijo- tuvisteis un gran éxito que aplaudo, tanto más cuanto que aprecio a la juventud estudiosa y procuro estimularla con todos los medios de que dispongo. ¿Quién sois?¿De dónde venís?¿Qué queréis hacer? De repente, sus amistosas palabras desvanecieron el miedo que tenía y me cohibía en una conversación que podría tener consecuencias desagradables para mí. Le contesté respetuosamente, procurando demostrar que no estaba intimidado. Me preguntó: ¿Es verdad que en la sesión de ayer por la noche, cuando se os preguntó, dejasteis entrever, siguiendo los conocimientos físicos y geológicos que habéis aprendido en los libros franceses, que el mundo es más antiguo de lo que se ha creído hasta ahora, y que al mismo tiempo dejasteis traslucir que vuestras opiniones sobre la creación de tantas maravillas no son completamente ortodoxas? Decidme la verdad. Mi contestación fue clara, de modo que quedó satisfecho. Entonces se levantó y me invitó a entrar en su hermosa biblioteca, señalándome, entre otros libros, las obras completas de Voltaire, de Rousseau, de Helvetius y de otros autores modernos. Para terminar me dijo: Marchaos, joven; continuad tranquilamente vuestros estudios y no olvidéis desde ahora que la Inquisición de nuestro país no es tan rencorosa como se dice, ni se preocupa tanto en perseguir como dice la gente».

Por lo que respecta a la Iglesia católica, esa labor de vigilancia del dogma ha perdurado hasta nuestros días: a mediados del siglo XX, y como fruto del Concilio Ecuménico Vaticano II, la hasta entonces Congregación del Santo Oficio  – que presidía el doctísimo y probísimo cardenal Ottaviani, “Bestia Negra” de los modernizados clérigos solapadamente protestantizados – cambió su nombre y funciones por el de Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, cuyo “Prefecto” o director a finales del siglo XX fue el Cardenal Ratzinger, ex nacionalsocialista, soldado de la Wehmacht y luego jesuita, eminente teólogo, después Papa Benedicto XVI.  En los últimos tiempos se le ha quitado el calificativo de “Sagradas” a las Congregaciones Romanas, y, por fin,  a parte de emitir documentos delucidadores de la Fe y censurar doctrinal y argumentadamente enseñanzas defectuosas o contrarias a la Fe, se dedica a decretar administrativopenalmente (¡Casi siempre!), o juzgar judicialmente (¡Casi nunca!), sobre los casos disciplinares a ella reservados, casi todos tipificados como exclusivamente cometibles por clérigos católicos. Rara vez se atreve contra un laico, especialmente si hacendado o rico. Es competente para juzgar de violación (por clérigo) del secreto de Confesión, Sacrilegio (por clérigo) de profanación de Especies Eucarísticas, y  cualquier rocecillo, mirada, acto carnal, o propuesta de carnalidad (aun las ínfimas) por parte de clérigo a menor de edad, aunque éste fuese púber y consintiese, y aun tentase poderosamente al clérigo. Por razón de “conexionis personae” conoce también de todo tipo de delitos de que se acuse al clérigo previamente privadamente denunciado de haber cometido alguno de estos estatuidos crímenes de entre los reservados a dicho dicasterio. Los criterios ocultos que sigue en el procedimiento “de facto” y las condenas contra Sacerdotes católicos son tan diametralmente opuestos al Derecho Natural, al Derecho Divino y al Eclesiástico, y a los métodos y práxis, casi siempre judiciales propiamente dichos, que concienzuda y escrupulosamente observaba la Santa Inquisición, tanto la española, como la Universal Romana, que, salvo por las funciones principales que tiene canónicamente asignadas y que son las de delucidar sobre cuestiones de Fe y dictaminar sobre delito puramente canónico de herejía, puede hablarse, con verdad y justicia, de dos organismos distintos : por un lado la antigua Santa Inquisición y Santo Oficio y Sagrada Congregación, y por otro la congregación para la Fe, como se llama hoy día ese dicasterio. Su persecución de los clérigos católicos denunciados, a veces ( yo diría a menudo) mendaz y malévolamente de carnalidades con menores   –  incentivados los acusadores privados (frecuentemente laicios, de vida licenciosa) por bajas pasiones, u oportunidad fácil de extorsión a Sacerdotes, y por la escandalera anticatólica planificada e hiperbólica de los medios de comunicación sionistas protocolosianos que los apoyan y animan –  es masiva, inmensa, rigorista hasta extremos nunca vistos en la Historia de la Iglesia, y miserable y despiadadamente extremada por mandatados por la congregación, como Yanguas Sanz, obispo diocesano de Cuenca. Cada vez que se divulga un caso, aunque sea tan fatuo como el de Granada, de los Sacerdotes compañeros del Padre Román, a quien reconozco todo el derecho a ser presumido inocente y ser tratado como tal, y cada vez que se pone en la televisión los trozos de manifestaciones del Papa, a propósito de estos casos concretos, interpretadas, por la mayoría de la gente, como aprobaciones de la acusación y refrendo de la culpabilidad de la verdadera víctima sacerdotal, la idea infame de que el Clero católico es, en su mayoría, o en gran número, pederasta y abusador de niños, se extiende y consolida por todas partes.

Se condena a Sacerdotes denegándoles, los Obispos Diocesanos delegados por la moderna congregación para la doctrina de la fe, y los mandatados por ella, un juicio. Les deniegan “sentarlo en el banquillo”, hacerles un proceso judicial, un juicio penal, considerarlos siquiera reos en un procedimiento judicial propiamente dicho. Les imposibilitan tener abogado defensor, escamoteándoles los medios económicos necesarios para ello; ni le nombran abogado de oficio. No les dan a conocer las actas del procedimiento, puramente administrativo (es decir, no judicial), no les enseñan los documentos, testimonios, etc. que los “modernos inquisidores”, y sus delegados, consideren pruebas de cargo contra el “de hecho” reo; no les permiten interrogar a denunciantes o acusadores privados, ni quienes hayan declarado durante las Diligencias Previas en calidad de testigos; no les revelan la identidad de algunas, o muchas, de las que le son atribuidas cual víctimas de los acusados;  se llega incluso a condenar sin dar a conocer al denunciado, no ya la acusación fiscal, sino tampoco alguna denuncia que atribuya al sujeto pasivo la conducta delictiva por la que directamente es condenado. En el caso del Sacerdote Ricardo de Perea, fue condenado por Yanguas, adverso a la figura imponente de S.Exciª. Rvmª. Mons. Dr. Don José Guerra Campos. Yanguas actuó con la máxima precipitación, procurando destruir lo antes posible, aunque fuese a costa de conculcar sacrílegamente las más elementales y fundamentales Leyes Divinas y Eclesiásticas, al Sacerdote a quien, insuflado por el propio Diablo, destestaba visceralmente. Tanto él, cuanto el Card. Müller, Prefecto de la congregación que no se denomina “Sagrada”, y su subalterno Mons. Mar, lejos de satisfacer las demandas denunciadoras de tan gran escándalo, interpuestas por el Sacerdote en su recurso a la 2ª Instancia, romana (la 2ª de las 3), aumentó su crímen canónico usando muchísimo más y más descaradmente el mísmo método descomunalmente ilegítimo, totalmente anticatólico que usó Yanguas en su condena de anticristo. Denigraban, en su nefanda condena, al Sacerdote, atribuyéndole manifestaciones “nazifascistas” (“sic”), concepto y término judeomasónicos y judeoneomarxistas; y, fundados así expresamente, en su posición “antifascista” y “antinazi” (según sus ideas de fascista y nazi : “monstruos de la peor iniquidad”), no han escatimado medios de arrasamiento del Derecho, con tal de privar al Sacerdote, de su condición de clérigo que le permita seguir hablando como Ministro Publico de la Iglesia Católica. En esto se distingue la antigua Santa Inquisición y la nueva congregación que ocupa el lugar, vacío, de aquella sagrada y augusta institución. La primera observaba el Derecho Eclesiástico, especialmente el Procesal, la segunda lo pisotea hasta flagrantes excesos inimaginables. La primera no ponía ni una ínfima penitencia, ni un sambenito, sin someter, al reo, a un proceso judicial penal, propiamente dicho; la segunda condena y fulmina a los clérigos católicos “nazifascistas” (de risa, reir para no llorar), sin darles siquiera la condición oficial de reos, sin hacerles un juicio, un proceso judicial, despachándolos como a ganado, como a una pobre res empujada al matadero. La primera es de Jueces, Magistrados, juzgan, dan la cara en las vistas judiciales, se enfrentan al reo, se confrontan a su dignidad e indignidad; la segunda es simple y llanamente una bárbara arrasadora de la dignidad sacerdotal y humana y de toda legalidad, abusando, para ello, del poder fáctico que le posibilita ser curia romana de Su Santidad. Condenado fue el infrascrito, por ejemplo: por profanación de las sacratísimas Especies Eucarísticas. Se enteró, del cargo, no antes de la condena. No le fue previamente dada a conocer denuncia alguna sobre dicha atribución criminal, ni acusación, ni descripción de la pretendida profanación sacrílega. Se enteró a través del mismo decreto de condena, que le echaron dos vestidos de negro, por debajo de la puerta de su domicilio. Y esto es un ejemplo de decenas de inmensos abusos perpetrados tan sólo en este caso, contrarios a los derechos más elementales de la persona y del clérigo, opuestos a toda Ley, a toda ética y enemigos de toda Civilización católica . ¿Cuántos más ha habido, hay y habrá?. O el Santo Padre corrige enérgica y masivamente a los responsables, ostentosamente antifascistas y antinazis, en realidad anticatólicos y anticlasicistas, campeantes en la Curia Pontificia actual, y arranca de cuajo la gran corrupción que existe dentro del aparato externo de la Iglesia, poniendo especial atención y vigilancia en tener a una verdaderamente sagrada Congregación Romana para la Doctrina de la Fe, o nos hallaremos ante la consolidación y paloxismo de la mayor y más temeraria barbarie anticatólica, antritradicional, anticlasicista, antijurídica, antinatural e inhumana que haya conocido jamás la Historia de la Iglesia, incluso todo el periodo del Santo Oficio hispánico, celosísimo de la Justicia y el Derecho, incluido, muy especialmente, el Derecho Procesal garantizador de las más preciosas libertades humanas y cristianas, y garante de los derechos fundamentales y algunos vitales de las personas humanas clérigos católicos. [ cf. también mi artículo: https://ricardodepereablog.wordpress.com/2016/04/04/la-ideologia-gay-es-intrinsecamente-contraria-al-homoerotismo-de-la-antiguedad-clasica-de-los-pueblos-arios-a-la-moral-cristiana-y-al-tratamiento-catolico-sacramental-y-disciplinar-de-la-iglesia/ 

https://ricardodepereablog.wordpress.com/2016/04/12/nueva-corona-de-espinas-y-espada-de-fuego-partes-de-guerra-del-rvdo-padre-canin-de-santo-domingo-parte-v-recurso-administrativo-penal-contra-el-decreto-intermedio-de-la-congreg/

Alberto Royo Mejía

FUENTE básica parcial: http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/1405051133-sobre-la-terrible-inquisicion#more23763

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«Las razones de la Inquisición española» de Miguel Ángel García Olmo – 19.II.MMX  (Pendiente de revisión por parte de C.B.).

Angel David Martín Rubio

En la década de los noventa del pasado siglo, Benzion Netanyahu (historiador y ex político sionista, padre del primer ministro de Israel) publicó un alegato en el que señala el racismo antisemita como origen y motivación fundamental de la Inquisición española. Esta peregrina hipótesis retrotrae el debate historiográfico sobre el Santo Oficio a un estadio anterior al que se había logrado gracias a las más relevantes aportaciones de autores como Domínguez Ortiz, Suárez Fernández o Eliott y lo devuelve a un terreno de interpretación basado en prejuicios ideológicos no tanto en una lectura desapasionada de las fuentes para buscar en ellas la explicación de los hechos del pasado.

Quizá por eso mismo, la sugerencia del dirigente sionista ha tenido una inmensa y acrítica repercusión internacional en un mundo que rehúye los análisis complejos de la realidad y prefiere concebir la historia como una proyección hacia atrás de nuestras peculiares fobias, siendo una de las más características de ellas, la cristianofobia. De ahí el éxito que tiene todo aquello que se utiliza para denigrar al cristianismo de ayer pensando en combatir al cristianismo del presente, al modo de Amenábar en su imaginaria Ágora. Otros, desde las filas de la misma Iglesia prefieren romper con cualquier fidelidad o vínculo emocional hacia el pasado para subrayar que la Iglesia de nuestros días sería el resultado de la metamorfosis que convierte a una institución antaño oscurantista e intolerante en vanguardia de una nueva civilización sincretista y ecuménica.????Entre las pocas, pero muy autorizadas voces, que se han distanciado de la tesis sostenida por Netanyahu, se encuentra el autor de Las razones de la Inquisición española (Una respuesta a la Leyenda Negra). Miguel Ángel García Olmo es doctor en Antropología y licenciado en Derecho y Filología Clásica. Como ensayista suele abordar cuestiones humanísticas de actualidad desde perspectivas multidisciplinares y como traductor está especializado en latín eclesiástico. Además de sus otras publicaciones y cursos impartidos, en la actualidad enseña Filosofía del Derecho en la Universidad y Latín y Cultura Clásica en secundaria y bachillerato.

Comienza el autor preguntándose, lúcidamente: «¿Realmente necesitan de reivindicación sentida o dolida aquellos desdichados que sufrieron injustamente hace siglos, pero que llevan otros tantos siendo rehabilitados por filósofos, historiadores, novelistas y ahora hasta por la misma Iglesia? Y esto en un mundo como el contemporáneo plagado de horrores, en el que hay miles de damnificados por sistemas, injusticias y conflictos tremendamente crueles y a veces olvidados; o en la España democrática en la que las víctimas de nuestro terrorismo o de nuestra intolerancia han de señalarse y hacerse visibles a diario para no quedar arrumbados y preteridos»(p.15).

En este contexto irrumpe el profesor Netanyahu con Los orígenes de la Inquisición(Nueva York, 1995): «prácticamente no hay historia de la Inquisición ni obra que verse sobre algún aspecto del judaísmo español que no recoja la obligada referencia a sus planteamientos. Por lo que respecta al ámbito de la cultura española no puede dejar de señalarse que las posturas de Netanyahu han saltado a los medios de comunicación social, llegando éstos a servir de soporte mediático a tensos debates más propios de congresos especializados o de revistas científicas»(p.17). En contraste con tanto entusiasta acrítico, el gran académico español Antonio Domínguez Ortiz califica de aberrantes unas conclusiones como las de Netanyahu que vinculan la Inquisición a una maquinaria política justificada por razones religiosas, producto de unos odios sociales y racistas que los reyes utilizaron en su provecho

Para desentrañar el problema comienza García Olmo explicando la trayectoria seguida por los judíos españoles en los reinos cristianos medievales para llegar al debate fundamental: el del criptojudaísmo. «En efecto, dilucidar hasta qué punto es cierta la convicción de que los conversos españoles de los siglos XV y XVI judaizaban —argumento sostenido no sólo por los promotores de la Inquisición y buena parte del pueblo, sino también por diversas escuelas de historiadores contemporáneos, con mayor rotundidad si son judíos—, se ha convertido en piedra de toque del avance de toda investigación posterior» (p.35). Los autores (incluso judíos) que afirman la realidad judaizante otorgan amplio crédito a la razón religiosa que desde el principio dio el sistema inquisitorial de su propia existencia, por el contrario, quienes —desconfiando de las fuentes— niegan o minimizan la sustantividad del criptojudaísmo no ven en la Inquisición otra cosa que designios lucrativos o racistas.

A lo largo de una serie de páginas de densa argumentación y convincente soporte documental, procede Miguel Ángel García Olmo a analizar cuestiones como el propio origen del Santo Oficio entendido a la luz de las fuentes y la limpieza de sangre para llegar a una serie de ponderadas conclusiones en las que queda establecida la existencia de un criptojudaísmo minoritario pero preocupante y la actitud ambigua de los judíos hacia los que habían abandonado su religión: La Inquisición es caracterizada como un tribunal de la fe moderado en su represión y la América hispana como el lugar de aplicación de unos principios basados en los derechos humanos y donde se estrellaron las pretensiones estrechas ligadas a la defensa de la pureza de sangre: «Lejos de instaurar una sociedad guiada por directrices de segregación racial y de exaltación del modelo etnocéntrico, los españoles ‘inventaron’ la sociedad del Nuevo Mundo y en ella pusieron en práctica con considerable éxito la teoría de los derechos humanos que fueron alumbrando entre paso hacia adelante y hacia atrás» (p.279)

El autor de esta obra, que recomendamos a nuestros lectores, afirma que: «el único camino posible de hallar coherencia a la historia de la Inquisición española consiste en olvidar las cíclicas y multiformes teorías conspirativas que se han ido formulando desde el siglo XIX hasta hoy, y volver a leer los textos, testimonios y documentos históricos sin suspicacias ni imágenes preconcebidas (p.277). Un criterio con el que coincidimos plenamente y que, aplicado también a otros campos del estudio de nuestro pasado, hará que los españoles dejemos de colaborar a nuestro propio descrédito colectivo e individual.

http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=7217

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….en aquella época y en su contexto histórico, tres cosas fueron importantes a la justicia sobre todo de la investigación – Inquisición:

primero, que se compruebe la veracidad de los hechos, porque las acusaciones pueden ser también falsas; segundo, verificar la culpabilidad de las personas y asegurar el derecho de defensa a través de un proceso justo, según el contexto histórico… tan diferente al del tercer milenio, pero tan igual a hoy sigue siendo el principio jurídico fundamental.

1200 Gerona-España. Libro medieval.

 ‘Inquisición’  historia crítica – Autores: Catedrático e historiador ‘Ricardo García Cárcel’ y la licenciada en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona-España ‘Doris Moreno Martínez’, investigadora. (Editado por Ediciones Temas de Hoy. Esp.). Cerca de doscientos años después de que Juan Antonio Llorente redactara su clásica ‘Historia crítica de la Inquisición’, los autores de este libro han querido escribir una nueva historia crítica del Santo Oficio, elaborada con la intención de huir del resentimiento, del morbo, los sectarismos, pero con fiel memoria –racional y sentimental- de las victimas de aquella institución, que fue muchas cosas al mismo tiempo: tribunal con jurisdicción especial, empresa paraestatal, instrumento aculturador, símbolo de representación y de identificación ideológica, arma en manos de otros poderes, poder en sí mismo. En este libro se examina la poliédrica identidad de la Inquisición y se responde a muchas preguntas que han inquietado a los historiadores: ¿por qué y para qué se creó el Santo Oficio?. ¿Por qué duro tanto? ¿Fueron los inquisidores hombres o demonios? Los procedimientos penales de la Inquisición ¿fueron normales o excepcionales?. ¿Cuántas víctimas hubo?. ¿Fue la Inquisición culpable del atraso cultural español respecto a Europa?. ¿Gozó de la complicidad o del rechazo de la sociedad?.

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El cristianismo ha admitido desde el principio una relación entre religión y política más flexible que el judaísmo o el islamismo, y probablemente de ahí viene la evolución democrática en las sociedades occidentales. Esto quizá ayude a explicar la aparición de los parlamentos medievales, cuya primacía se disputan España (León), Inglaterra e Islandia.

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La Congregación para la Doctrina de la Fe fue fundada por Pablo III en 1542 con la Constitución «Licet ab initio», para defender a la Iglesia de las herejías. Es la más antigua de las nueve Congregaciones de la Curia romana. En 1908, el Papa San Pío X cambió su nombre por el de Sagrada Congregación del Santo Oficio. En 1965 (“De Regimine Eclesiae Universae”) recibió el nombre actual. Posteriormente Juán Pablo II y Francisco I han hecho reformas en la Curia que afectan a esa congregación. De acuerdo con sus diversas competencias, la Congregación cuenta con tres secciones distintas: la sección doctrinal, la disciplinar y la matrimonial; en ellas presta servicio un equipo de 33 personas. El Papa se reúne todas las semanas, generalmente los viernes, con el Prefecto de la Congregación. 2005-05-14

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¿Cómo fue la Inquisición?

La Inquisición no fue un fenómeno exclusivamente español, a pesar de que es una impresión que a menudo encontramos a nivel popular.
Por Henry Kamen
Publicado en el nº 8 de la Revista Atlántida

¿La Inquisición significó realmente la condena de la libertad y el empleo de una crueldad indiscriminada con los “disidentes religiosos”? Una falsa y distorsionada imagen de este tribunal permanece aún en gran parte de la opinión pública. Ser “inquisitorial” ha llegado a ser sinónimo de intolerante y totalitario. Y sin embargo, esto no parece corresponderse con la verdad histórica. Pocos son los que se plantean un enfoque objetivo de la cuestión, sin apasionamientos, buscando el porqué del tribunal y las circunstancias que lo determinaron. Tal es la inspiración que anima el ensayo del profesor Kamen.

La Inquisición no fue un fenómeno exclusivamente español, a pesar de que es una impresión que a menudo encontramos a nivel popular. Si hojeamos las páginas de la cuantiosa bibliografía publicada en 1983 por Emil van der Vekene Bibliotheca inquisitionis, podemos observar un listado de 4.808 obras que abarcan la historia de más de 500 años de toda la Europa Occidental, y solamente una parte de su material se refiere a España. Últimamente, se ha venido prestando excesiva atención a la Inquisición española, por ello sería beneficioso para nosotros procurarnos una mas amplia perspectiva y considerar todo el fenómeno de la Inquisición española en su contexto europeo. Así podremos entender uno de los acontecimientos cruciales en la historia de la civilización occidental. Quiero comenzar mi exposición con ciertas preguntas clave que quizás nos ayudarán a pensar en el fenómeno.

La realidad de la Inquisición

En primer lugar, ¿existió la Inquisición? Todos los estudios de Henry Charles Lea, Vacandard y otros hablan libremente de ésta como si fuera un cuerpo con forma y funciones claras. Estudios más reducidos, como el de Turberville, no dejan tampoco duda de que existió. Una “Inquisición” era, esencialmente, una inquisitio o investigación, para determinar si existía alguna herejía. La fecha habitual que se da para la fundación de la Inquisición de la Edad Media es la de 1233, cuando Gregorio IX distribuyó poderes a los inquisidores dominicos para empezar sus funciones. Si observamos esto más de cerca advertiremos que los historiadores especializados son un poco más precavidos a la hora de dar fechas.

Aunque el papado continuó distribuyendo poderes, principalmente en Francia, Alemania e Italia, tales poderes eran puramente temporales y estrictamente locales; no habla una estructura organizadora que dictara funciones ni había reglas precisas. A pesar de que sobrevive un manual de inquisidores franceses del año 1248, no apareció ningún libro de reglas hasta el manual de Bernard Gui, un siglo más tarde, en 1324. En sentido real no había una Inquisición organizada hasta la española de 1480 y la romana de 1542. Aun entonces, su permanencia no era siempre deseada; parece que el tribunal de Castilla se consideraba temporal, lo cual podría ayudar a explicar por qué no tenía una fuente de ingresos regular y tenía que confiar completamente en las confiscaciones. En resumen, ningún tribunal de la Inquisición puede ser discutido sin tener en cuenta el contexto local que es el que lo desencadena.

La cuestión temporal

Una segunda cuestión fundamental, para la cual no hay una respuesta sencilla, es ésta: ¿Por qué había Inquisiciones en algunos periodos y en otros no? Este problema del tiempo es, quizás, el más interesante de todos. Es importante determinar por qué a lo largo de la historia de la Iglesia no hubo Inquisición hasta el siglo XIII. H. C. Lea, cuyos volúmenes están dominados por el énfasis sobre la importancia de los sistemas legales como una explicación del pasado, afirma que el aumento del estudio del derecho romano desde el siglo XII condujo a un mayor uso de los procedimientos legales y como consecuencia produjo un aumento de las persecuciones. Lea establece de esta manera que fue el aumento de la herejía lo que provocó la persecución. ¿Acaso antes del siglo XIII no hubo herejías? ¿Es que sólo desde el siglo XIII hubo una persecución seria de la herejía? La clave de la respuesta —que ha sido examinada por varios estudiosos, principalmente Jacques Le Goff, Kieckhefer, y Moore— parece estar en que había dos rasgos completamente nuevos que distinguían la represión del siglo XIII de otras persecuciones anteriores:

1) Las autoridades seculares (principalmente las de Alemania y Francia) habían entrado por primera vez en los asuntos religiosos, y consideraban una forma de herejía el catarismo y el valdesianismo, por ser socialmente subversivos;

2) Por primera vez se introdujo la pena de muerte como castigo regular para los casos de herejía.

Asi podemos afirmar categóricamente que, aunque la herejía era conocida y castigada desde bastante tiempo atrás, no existía antes del siglo XIII como ofensa religiosa y social y, por tanto, no había petición de investigación —esto es, Inquisitio— de la ofensa antes de este momento. Sólo con la determinación de la ofensa como tal se exigió el castigo.

Diferencias nacionales

Esto nos conduce a la tercera pregunta: ¿Por qué algunos países tenían Inquisición y otros no? ¿Por qué la Inquisición estuvo reducida a la Europa del sur, centro y oeste, mientras que la Europa del norte y del este no la conocieron? Quizás hay dos maneras de formular la respuesta. En primer lugar, las Inquisiciones de la Iglesia Católica medieval no eran tanto instituciones como comisiones papales, de modo que la jurisdicción del tribunal coincidí por completo con los limites de la autoridad papal; esto explicaría por qué en la Europa del este, donde se detectaban también herejías, no había Inquisiciones. En consecuencia, la Inquisición sólo tuvo arraigo en aquellos lugares en los que el papado tenía una cooperación estrecha con el poder secular, como en el asunto de los cátaros del sur de Francia. En segundo lugar, las Inquisiciones utilizaban un sistema legal completamente nuevo que era una adaptación de los principios del derecho romano. Éste no podía ser introducido en países como Inglaterra donde el derecho romano no se conocía. Sirva como ejemplo un caso de la Inglaterra del siglo XIV donde los inquisidores, en un juicio frente a la Orden de los Templarios, no pudieron hacer uso del procedimiento de la tortura, porque en las leyes inglesas la tortura no existía. Estas dos explicaciones también nos ayudan a resolver un problema afín: por qué la Inquisición era aceptada en la Corona de Aragón medieval y no en Castilla.

Hostilidad hacia la Inquisición

Un cuarto punto que hallamos en todos los países estudiados es el alto grado de oposición a la Inquisición. ¿Por qué sentir hostilidad hacia la Inquisición, cuando la Inquisición simplemente dirigía su trabajo a la peligrosa pero ínfima minoría de herejes? De hecho, hubo aspectos nuevos de su procedimiento legal que fueron criticados en la Francia del siglo XIII y en la Castilla del siglo XV. Enumeremos algunas de estas innovaciones:

1) El uso de la pena de muerte por el delito de herejía; una novedad a la que muchos se resistían. En Inglaterra, por ejemplo, la pena de muerte por herejía no existió hasta el estatuto De heretico comburendo de 1400, estatuto que un siglo más tarde fue revocado por el rey Enrique VIII en 1533 y reintroducido por María Tudor en 1553. No es necesario recordarles que cuando la Inquisición introdujo en Castilla la pena de muerte, el secretario real Hernando del Pulgar comentó: “los Inquisidores no harán tan buenos cristianos con su fuego como los obispos antiguos hicieron con su agua”. Tradicionalmente los historiadores católicos solían negar cualquier responsabilidad de la Iglesia respecto a la pena de muerte, ya que las autoridades seculares habían sido siempre las encargadas de llevarla a cabo. Hoy en día, nadie se arriesga a mantener este argumento, puesto que es evidente que la Iglesia creó el castigo, aun cuando no lo administrase.

2) Al principiar la Edad Media, el uso de la tortura fue, durante mucho tiempo, desconocido. Sólo a principios del siglo XIII los tribunales seculares empezaron a hacer uso de ella. En 1252 Inocencio IV autorizó, por primera vez, el uso de la tortura en las inquisitiones, en casos de herejía. Normalmente había sido usada como castigo para confirmar una información. Pero para los inquisidores adquirió un nuevo significado: se usaba como medio de asegurar el arrepentimiento, esto es, era una penitencia más que un castigo.

3) La identidad de los testigos se mantenía en secreto, práctica que contravenía el sistema legal. En realidad, todo el sistema testimonial se alteró. A partir del conflicto con los cátaros, los inquisidores comprendieron que era necesario crear nuevos métodos de interrogación. Las personas acusadas tendrían que denunciarse a si mismas. Una práctica inaceptable en la mayoría de los sistemas legales de Europa.

4) Se pusieron restricciones a una posible defensa y, a menudo, no se permitía un abogado defensor.

5) La humillación del castigo de la vergüenza pública, como por ejemplo, la obligación de llevar vestiduras especiales (San Benito), fue muy impopular, pues significaba un descrédito para la comunidad entera.

Los inquisidores reconocían la novedad de todo esto, y muchos de ellos fueron asesinados a causa de sus actividades. Pero debemos recordar una diferencia básica entre el sistema inquisitorial y el resto de los sistemas legales: los inquisidores no pretendían ser un tribunal de justicia ni ejercer justicia; eran simplemente un cuerpo penitenciario y su propósito —aparte de la inquisitio—no era el de castigar, sino el de salvar, aun cuando la salvación significara la muerte. Lo que hemos apuntado sobre el uso de la tortura puede ser aplicado a todo el sistema: éste era penitencial y no punitivo.

Ampliando estas observaciones, podemos afirmar —como dice Lea muy claramente en sus estudios— que la Inquisición no intentaba en absoluto administrar justicia. Su procedimiento se hizo absolutamente necesario a los ojos de la Iglesia porque la justicia ordinaria no estaba preparada para tratar con los problemas especiales de la herejía. Como consecuencia de esto, se invirtieron todas las reglas normales. En el siglo IX el papa Nicolás I había condenado el uso de la tortura porque violaba las leyes divinas y humanas; en el siglo XIII, en cambio, el papa Inocencio IV convertía la tortura en un procedimiento contra los herejes.

¿Un fenómeno aislado?

Habiendo considerado cuatro aspectos centrales del papel de la Inquisición, déjenme pasar a considerar una perspectiva más general.

Hubo un control ideológico en toda Europa que no se limitaba sólo a la Inquisición romana. Christopher Hill nos recuerda que, aunque Inglaterra no tuvo Inquisición, tuvo un sistema de control, especialmente bajo el reinado de Carlos I, que sus oponentes consideraban como una Inquisición. En Inglaterra, como en todos los países, los tribunales episcopales eran el principal mecanismo para la persecución de la herejía; y podemos considerar su trabajo como inquisitorial.

Inevitablemente, los obispos ejercieron de inquisidores. El caso más interesante, que Emmanuel Le Roy Ladurie quiso discutir sin conseguirlo, concernía a la diócesis de Pamiers donde, en el periodo comprendido entre 1318 y 1325, el obispo Jacques Forunier dirigía largas sesiones de investigación sobre los campesinos cátaros en el Ariege.

Tanto si miramos hacia Inglaterra, Francia o hacia otro país cualquiera, con o sin Inquisición, el problema es el mismo: la colaboración entre la Iglesia y el Estado para controlar las ideas sociales subversivas. No estamos considerando los problemas religiosos como tales, sino un problema socio-político en el cual la Iglesia jugaba un papel crucial.

Contra los cristianos la persecución es implacable-2005

El alcance social de la herejía

Veamos el uso de la palabra “herejía”. Es una palabra antigua cuyo significado original griego quería decir “opinión”. Fue usada ampliamente por los escritores católicos medievales para describir a los componentes de un partido opuesto, como los arrianos. No adquirió un significado especial hasta el siglo XIII, cuando el catalán Ramón de Penyafort dio quizás una definición más especifica de la palabra en el Concilio de Tarragona el año de 1242. En el mismo periodo, comenzó la legislación secular del emperador Federico II contra la herejía en Alemania (1230). La palabra “herejía”, como se observa en los escritores del siglo XIII, no se limitaba a las ideas, sino que en realidad cubrÍa toda una cadena de implicaciones sociales. Desde el siglo XIII hasta el siglo XX las Inquisiciones se ocupaban no tan sólo de las divergencias en las creencias, sino también del significado social y repercusión de estas creencias.

Cualquiera que lea el Montaillou de Ladurie se dará cuenta de que el problema no era otro que el conflicto entre dos tipos de sociedad bastante diferentes. Por un lado existía una sociedad que se identificaba con las aspiraciones de la Iglesia oficial; por otro, había una sociedad que difería muy poco en cuanto al dogma, pero con aspiraciones que descansaban en otros valores sociales. Esto se puede decir de los cátaros en el Languedoc, de los puritanos en Inglaterra y de los judíos conversos en Castilla. Es la diferencia que más tarde el erudito alemán Troeltsch formuló como estar entre una “iglesia” y una “secta”.

Puede decirse que si las autoridades ayudaban a la Inquisición era porque les ofrecía un medio de control social. Sin embargo, el problema está en definir los objetivos y las funciones de este tribunal de la Iglesia, puesto que los tribunales variaban completamente de un país a otro y de una provincia a otra, dependiendo de las condiciones locales. En otras palabras, la función del tribunal no era siempre de sangre y represión. Esto nos sitúa frente al primer gran obstáculo de la historia del fenómeno: su imagen. Todos los estudiosos que han abordado la cuestión saben lo difícil que es cambiar la imagen con la que empezaron su investigación. Por ello quiero decir algunas palabras sobre la imagen de la Inquisición tomando como orientación el reciente libro del historiador americano Edward Peters.

Imagen, leyenda y mito

La Inquisición, nos recuerda Peters, adquirió una imagen constituida por un grupo de leyendas y mitos. Entre los siglos XVI y XVIII se definió el carácter de los tribunales inquisitoriales impidiendo cualquier esfuerzo por recobrar su realidad histórica. Hubo al menos tres factores que ayudaron a crear esta imagen mítica y antihistórica:

1) La Iglesia, al perseguir a los protestantes, provocó una reacción. En Inglaterra los protestantes acusaron al arzobispo Laud de mantener una Inquisición, pues sus tribunales especiales usaban la tortura y obligaban a los testigos a denunciarse a si mismos.

2) El siglo XVI generó una visión protestante de la historia, que identificó las Inquisiciones contemporáneas con los tribunales del pasado medieval, y ambos como parte de una política constante de persecución. En la historiografía protestante, todo el pasado histórico de la Europa católica queda reflejado como una gran Inquisición.

3) Los historiadores asociaron el poderío de España del siglo XVI con la Inquisición española, propagando una imagen en la que ésta era parte natural de la política católica. Este hecho jugó un papel crucial en la rebelión de los Países Bajos.

Esta falsa imagen creó una Inquisición que nunca existió en el tiempo: una Inquisición presente desde la Edad Media en todos los países católicos, dedicada a la destrucción de la libertad. Al comienzo del reinado de María Tudor en 1553, apareció un libro con el titulo A new Inquisition in the kingdom of England (Una Nueva Inquisición en el Reino de Inglaterra). Y sin embargo, en Inglaterra no existía la Inquisición como tal. En los Países Bajos, cuando surgieron las primeras protestas contra la política de Felipe II, una de las acusaciones más fuertes y falsas contra el rey fue la de que éste estaba intentando introducir en aquellos países la Inquisición española. Como ustedes saben, uno de los trabajos de mayor importancia de este periodo y en el contexto de la revuelta de los Países Bajos fue la obra de Reginaldus Consalvius Montanus, publicada en Heidelberg en 1567 e inmediatamente traducida a varios idiomas. Hoy se conoce a Montamus como Antonio del Corro, uno de los monjes que huyó del monasterio de San Isidoro de Sevilla. El aspecto que me interesa de la obra de Montanus es su crítica a la Inquisición exclusivamente desde la perspectiva de la Reforma protestante. Decía de aquélla que era un monstruo de tiranía y persecución. A Montanus no parecía importarle y, ciertamente ni siquiera lo mencionó, el gran crimen que la Inquisición cometió al eliminar a cientos de miles de judíos conversos. Su enfoque, deliberadamente distorsionado, era el más frecuente entre los que se propagaron sobre la historia de la Inquisición. Montanus ignoró el gran horror del tribunal contra los conversos y prefirió centrarse en lo que fue ciertamente la menos importante de las áreas en donde el Santo Oficio intervino: la supresión del protestantismo.

Control ideológico

Esta misma falta de enfoque ha sido uno de los grandes problemas en el estudio de las Inquisiciones de Europa, y muchos historiadores han contemplado sólo una perspectiva ignorando otras. Recientemente asistí a un congreso internacional sobre la Inquisición donde los participantes parecían pensar que los únicos que sufrieron bajo el tribunal fueron los judíos. Otros historiadores han pensado, creo que equivocadamente, que la Inquisición estaba dedicada a eliminar ideas, como si éstas pudieran existir al margen de la sociedad que las crea. ¿Podemos afirmar, como un historiador contemporáneo, que la Inquisición española ejerció “control de pensamiento” sobre los españoles?

Veamos esta cuestión, ya que la crítica más convincente que se puede hacer contra las tiranías del siglo XX es que han intentado manipular la mente. ¿Se puede mantener que el modo de pensar fuera también controlado?

El problema no tiene una solución fácil. Ningún inquisidor, ya fuera en Francia, Alemania o Roma o aun en Valladolid, afirmó nunca que tratara de controlar el pensamiento. Censurar, quizás; educar, desde luego. El hecho es que no había ningún cuerpo eclesiástico en ningún país que tuviera la maquinaria para intentar imponer un control de pensamiento. Ciertamente, el método menos probable de control de pensamiento era el de la palabra impresa, ya que en la sociedad preindustrial el 90% de la población no sabía leer. Por ello no sorprende que en Inglaterra, por ejemplo, los intentos de control se hicieran a través del púlpito y que sólo a los clérigos con licencia se les permitiera predicar. Un motivo más para protestar contra el sistema del arzobispo Laud. El sistema de las licencias fue en extremo difícil de imponer en los países católicos; en la práctica había mucha más libertad de predicar en la España del siglo XVII que en la Inglaterra del mismo siglo. Así pues, es difícil ver dónde estuvo amenazada la libertad de pensamiento. En cuanto a la facilidad para expresar ideas abiertamente, mi opinión es que España fue uno de los países más libres de Europa en este aspecto. Cuando las leyes de la censura se introdujeron en los países de Occidente, uno de los últimos territorios en ponerlas en vigor fue Castilla, desde 1558, y en la Corona de Aragón no hubo control estatal sobre la prensa hasta finales del siglo XVI.

Hay toda una confusión de criterios sobre la cuestión de la censura y de la Inquisición, que, como ya he dicho, se produce a causa de un fallo de enfoque. El punto de vista que compartÍan los pensadores de la Ilustración francesa era que las Inquisiciones estaban destinadas a reprimir las ideas. Los ilustrados, y principalmente Montesquieu y Voltaire, partiendo de una falta de información, crearon el mito de una Inquisición encasillada en la Edad Media, dirigida por el papado y dedicada al exterminio de la libertad. Se prestó poca o casi ninguna atención al contexto histórico y es significativo que al hablar de España apenas se hiciera mención de los judíos. En realidad, las Inquisiciones estaban destinadas, no a reprimir, sino a corregir. La famosa Inquisición estatal de la Francia de los Valois, la Cámara Ardiente que se estableció en 1547, tenía un limitado y especifico propósito; y lo mismo se podría decir de la Inquisición española. En cada caso y en cada país la capacidad del tribunal para controlar dependía entera y exclusivamente del poder secular. Nunca hubo un sistema de control puramente eclesiástico. Todos los sistemas estaban dictados por los señores seculares, los reyes y las instituciones.

Al decir esto, nos acercamos a una de las consideraciones esenciales para el estudio de la Inquisición: la necesidad de mirar a la sociedad en la que fue creada. El tribunal debía su existencia o no existencia exclusivamente al equilibrio de intereses sociales y políticos. Cuando Lea escribió su historia, tomó como guía el desarrollo de la jurisprudencia y concluyó que el nacimiento de la Inquisición se debía al desarrollo de la misma. Es verdad que la jurisprudencia era un elemento esencial, pero viéndolo en perspectiva parece obvio que la jurisprudencia dependía de quien controlaba los tribunales. La Inquisición papal pudo intervenir porque era un cuerpo externo que no parecía amenazar a los intereses locales: Carlos V, por ejemplo, pudo introducirla en los Países Bajos en 1520 precisamente por esto. En cambio, la Inquisición española nunca hubiera sido aceptada allí (como Felipe II comprobó) porque representaba el poder real. De la misma manera la Inquisición era más débil allí donde su jurisdicción era impugnada por otros tribunales: por ejemplo, en Cataluña, donde tanto el tribunal real —la Audiencia— como las jurisdicciones locales se negaron a aceptar muchas de sus peticiones. No sorprende que en Inglaterra las luchas entre el régimen de Laud y las pretensiones del Parlamento se vieran a menudo como un lucha entre jurisdicciones.

Lo más sobresaliente

Vamos ahora a resumir el contexto general en el cual nacen las Inquisiciones, así como las funciones que realizaban.

1) La Iglesia Católica hacia tiempo que veía la necesidad de reprimir la herejía; sin embargo, nunca había tenido la capacidad para hacerlo y, en cualquier caso, no tenía una idea clara de lo que la herejía significaba. No existió una idea clara de herejía en la Iglesia de Occidente hasta el siglo XIII y en Castilla hasta 1460. Por tanto, podría ser engañoso decir que la represión apareció como consecuencia de la herejía. El mejor ejemplo es la Inquisición de Castilla, introducida en fecha tan tardía como 1480, cuando el problema de los judíos conversos había estado presente al menos desde la conversión en masa de 1391. Sin embargo, ningún tribunal eclesiástico había intentado sistemáticamente identificar ninguna herejía.

2) El temor a la herejía era siempre local y relacionado con la estructura de la sociedad y la política locales. Por ejemplo, el problema de los cátaros era un problema social y local; en España la cuestión de judaizar sólo apareció como un verdadero asunto susceptible de ser tratado por la Inquisición después de los conflictos sociales de Toledo en 1440. Las autoridades foráneas (por ejemplo, el Papado), sólo intervenían por invitación. Aun cuando el Papado intervenía, como en el caso de los nombramientos de los inquisidores de Alemania y Francia, no había Inquisición, sino inquisidores; su deber era sólo investigar y corregir, y sus poderes eran siempre locales y temporales. En resumen, la iniciativa no era esencialmente eclesiástica, sino más bien local.

3) Los tribunales de represión (uso este término para poder incluir los tribunales de los Estuardos y también la Cámara Ardiente), se instituían según el deseo de las autoridades seculares. Esto es así aun hablando de la Inquisición de Roma, ya que el Papado era un poder secular y religioso a la vez. Si el poder secular no tenía una intervención directa en la introducción del tribunal (como en el caso de la Inquisición de Venecia), entonces intentaba ganar control o reducir el poder del tribunal. Los tribunales de represión, tales como los comités locales que controlaban las iglesias calvinistas, estaban destinados ante todo a disciplinar más que a eliminar la herejía directamente.

4) El procedimiento inquisitorial estaba limitado al Sur de Europa porque allí se usaron y adaptaron las formas del derecho romano. Más allá del Sur de Europa donde se extendió el procedimiento inquisitorial, las formas de la ley tenían que ser modificadas y esto provocó la oposición de la elite, como ocurrió en la Inquisición española en 1480 y en la de los Países Bajos en 1520.

5) Dos aspectos clave del procedimiento criminal de la Inquisición —el uso de la tortura y la pena de muerte— eran completamente nuevos y por lo tanto provocaban una fuerte oposición. El uso de la tortura (que, en realidad, parece que se aplicaba raras veces) capturó la imaginación de los escritores populares tardíos y a ellos debemos algunas de las más imaginativas páginas de la ficción romántica que se produjeron durante el siglo XVIII y XIX. Es instructivo recordar la novedad de la pena de muerte, que a voces creemos pacíficamente aceptada. Por el contrario, en Castilla en los años de 1480, habla fuertes objeciones a su empleo (tenemos las bien conocidas quejas del secretario de la reina Hernando del Pulgar) y lo mismo sucedía en los Países Bajos en 1520. Quizás podemos repetir lo que todos los críticos de la persecución han repetido desde el siglo XVI: que las Inquisiciones, directa o indirectamente, eran cuerpos sanguinarios que ejecutaban a miles de personas en nombre de Cristo, con el convencimiento de que matando el cuerpo salvaban el alma.

A pesar de esto, no debemos exagerar el significado de la tortura o de la pena de muerte. Salvo algunas excepciones importantes, la tortura se empleaba poco, y las cifras por muertes inquisitoriales han sido consistentemente exageradas.

6) Con la notable excepción de la Inquisición romana de 1542, que era un cuerpo general con un propósito general, la mayoría de las Inquisiciones se introdujeron, no para tratar con las ideas peligrosas, sino con las consecuencias sociales de la herejía. En el siglo XIII los inquisidores eran enviados contra sectas (valdenses, cátaros) cuya estructura y relaciones sociales diferían del resto de la sociedad. Por el mismo motivo, el tribunal español tenía propósitos específicamente antisemíticos; y en los Países Bajos el objetivo principal eran los anabaptistas, quienes desafiaban la estructura normal de la autoridad. La Inquisición era específicamente un instrumento de control social más que de control teológico y aun secciones de la Inquisición romana —en especial la de Venecia—pasaban la mayor parte de su tiempo persiguiendo judíos más que erradicando ideas equivocadas

7) Aunque es corriente decir que la persecución no tuvo éxito, es preciso tener en cuenta los siguientes hechos: el catarismo, concienzudamente perseguido, fue virtualmente extirpado; los conversos judaizantes fueron exterminados hasta tal punto que hacia principios del siglo XVI se admitía en general en España que la ofensa prácticamente había desaparecido (un proceso al que ayudó la expulsión de 1492); el holocausto de los anabaptistas en los Países Bajos los eliminó como secta religiosa importante.

En Inglaterra la persecución sectaria llevó a miles de personas a arriesgar sus vidas buscando la libertad en América. Por ejemplo, la secta de los menonitas, hoy una rica y floreciente comunidad del Nuevo Mundo. Por lo tanto, no podemos decir que las Inquisiciones fueron un fracaso. Fueron evidentemente un éxito. Tampoco podemos decir que las ideas perseguidas sobreviven: la historia del catarismo demuestra precisamente todo lo contrario.

8) En la Europa histórica es normal culpar al Papado y a la Iglesia Católica de la persecución; pero en realidad cada país y cada ideología tenían alguna forma de disciplina que puede ser calificada de Inquisición. Cuando, a mitad del siglo XVI, Juan Calvino permitió la ejecución de Miguel Servet en Ginebra, los comentaristas no tardaron en señalar que los calvinistas, igual que los católicos, tenían también su propia Inquisición. El irresoluble problema de mantener la libertad sin perder la disciplina es una cuestión ineludible y las respuestas al problema fueron sustancialmente diferentes en cada país. www.arvo.net

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La inquisición en su contexto

 

Por Pío Moa

 

En el artículo de la semana pasada toqué un asunto que me gustaría ampliar un poco. Al hablar de la religión debe tenerse en cuenta que nunca ha sido un mero sentimiento privado, pues ha informado todas las culturas y sigue haciéndolo en buena medida; y que la identificación con sus creencias ha sido en todas partes un elemento básico en la cohesión y convivencia sociales.

El cristianismo ha admitido desde el principio una relación entre religión y política más flexible que el judaísmo o el islamismo, y probablemente de ahí viene la evolución democrática en las sociedades occidentales. Esto quizá ayude a explicar la aparición de los parlamentos medievales, cuya primacía se disputan España (León), Inglaterra e Islandia.

Pero en épocas de amenaza exterior el lazo entre religión y política se volvió más estrecho y rígido. Esto ocurrió en la España medieval, por ser país de frontera con el expansionismo islámico durante casi ocho siglos, gran parte de los cuales ensombrecidos por el peligro de una derrota completa. La Reconquista significó la lucha por preservar o recobrar la herencia cultural y política romano-gótica frente al Islam, herencia concretada en la religión cristiana, que a su vez se reflejaba en todos los órdenes de la sociedad, desde la concepción de la familia, a la libertad personal o determinados frenos al poder político, pasando por la cocina y mil usos de la vida cotidiana. A menudo se olvidan estos factores, que sin embargo ayudan a explicar cómo unos reinos mínimos y materialmente insignificantes frente al poderío muslim llegaron a vencerlo y expulsarlo de la península, haciendo retroceder por primera vez la marea islámica desatada en el siglo VII.

La victoria de la Reconquista no alejó a España de la línea de frontera. Desde el norte de África el hostigamiento a las costas españolas, la piratería y el comercio de cautivos eran constantes, y simultáneamente el auge del poder otomano, al otro extremo del Mediterráneo, pesaba sobre la Península ibérica e Italia, arruinando el comercio de la corona de Aragón, y aspirando a invadir de nuevo la Península ibérica, mientras en la propia España persistían grandes bolsas de musulmanes inasimilables. Estas circunstancias empujaban al estado a buscar la mayor homogeneización religiosa posible, como seguro frente al peligro exterior.

Desde el punto de vista meramente económico, los musulmanes de España constituían una fuente de beneficios para los magnates y la corona, pero también un evidente peligro político y militar pues, desde luego, aspiraban a ser ellos quienes volviesen a dominar el país con ayuda de sus hermanos de ultramar. Tampoco las minorías hebreas ofrecían confianza, a pesar de las considerables rentas extraídas de ellos.

Y por si la amenaza otomana y berberisca fuera insuficiente, en las partes de Europa más alejadas del peligro estalló la escisión protestante, que originó violentas guerras civiles en el centro de Europa y en Francia. Una situación semejante en España habría echado por tierra en poco tiempo la obra reconquistadora de ocho siglos. Para España era fundamental evitar tal cosa, y al mismo tiempo combatir el protestantismo en la retaguardia. Tanto más cuanto que los protestantes, pero también el católico rey de Francia, no dudaron en buscar la alianza y la acción de conjunto con los otomanos contra los Austrias, que habían asumido la defensa de la Cristiandad frente al avance musulmán.

El fenómeno de la Inquisición española debe ponerse en ese contexto, cosa que rara vez observamos. Se la coloca, en cambio, en una situación de pugna un tanto abstracta por o contra una libertad religiosa que no existía en ningún país europeo. Las inquisiciones protestantes, aunque menos duraderas, fueron mucho más sangrientas, no obstante lo cual la propaganda protestante ha tenido un increíble éxito en presentar a la española como la culminación de la crueldad y la maldad en la historia humana hasta el siglo XX. Esa actitud no halló correspondencia en España, por lo general. Como señala William Maltby hablando de la leyenda negra en Inglaterra, “No pocas de las acciones de España fueron terribles, pero ninguna razón permite suponer que fueran peores que las de cualquier otra nación. Además, no parece haberse desarrollado la correspondiente anglofobia en España, donde los informes eran mucho más moderados, por más que nadie puede negar que los españoles tenían tantas razones para estar descontentos de los ingleses como los ingleses de ellos”. Esto puede extrapolarse a todo el mundo protestante y a Francia. Por ese incondicional y masivo ataque propagandístico, la Inquisición ha quedado como el símbolo por excelencia de la España del siglo XVI, concentrado de crueldad y oscurantismo, y la imagen ha tenido tal éxito que, como observan algunos autores useños con sorpresa, buena parte de la historiografía española, por lo común la más mediocre, la ha aceptado e incluso le aporta su propia contribución.

Pero la España del siglo XVI no se caracteriza por la Inquisición más que los demás países europeos por sus correspondientes crueldades e intolerancias o por la quema de brujas. Se caracteriza por un gran arte, un brillante pensamiento de corte más bien humanista y liberal, por haber puesto en comunicación, por primera vez en la historia, a todos los continentes habitados, por haber marcado los límites a la expansión turca (y a la protestante), y por haber exportado las universidades y la civilización occidental y cristiana a gran parte del mundo. Y ello en condiciones sumamente difíciles y en pugna sucesiva y a veces simultánea con poderes más fuertes que ella misma. No está de más recordarlo en tiempos de absurda autodenigración, cuando nos amenazan nuevas y serias crisis.

2004-12-30 L.D. ESP.

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Todo el pueblo acudió a venerar sus restos…

Santiago de Savigliano

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica

Santiago Taparelli nació en Savigliano del Piamonte en 1395. Era un joven de gran encanto personal y ágil inteligencia.- 

Hizo sus estudios en la Universidad de Turín de la que llegó a ser profesor. Predicó en todo el Piamonte con gran éxito; con sus sermones obtuvo la conversión de muchos herejes, la reforma de numerosos pecadores y la edificación de los buenos cristianos.-
Tal éxito llamó la atención del Beato Amadeo, duque de Saboya, quien lo nombró predicador de la corte. Santiago siguió alentando al santo en los años que sucedieron a su abdicación.-

En 1466 fue nombrado como inquisidor, cargo que era fatigoso, peligroso y difícil; sin embargo, Santiago aceptó pese a que ya contaba con sesenta años, y lo desempeñó sin queja alguna por cerca de treinta años.-
En agosto de 1495, falleció Santiago, a los cien años de edad. Todo el pueblo acudió a venerar sus restos. Su culto fue confirmado en 1856.

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España podrá completar su archivo de la

Inquisición con los fondos del Vaticano

 

VIRGINIA RÓDENAS/

MADRID. Por fin una buena noticia para los investigadores: durante los primeros días de septiembre, según ha anunciado a ABC Rogelio Blanco, director general del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Cultura, tendrá lugar la reunión con monseñor Alejandro Cifres, director del archivo del Santo Oficio, «para completar -según explicó- los procesos más relevantes del Tribunal de la Inquisición en España, ya que éstos se iniciaban aquí, pero las apelaciones y recursos ante la Santa Sede se quedaban en el Vaticano y no volvían, por lo que hoy disponemos de una información incompleta sobre los mismos que pretende subsanarse con este intercambio de documentos microfilmados: nosotros facilitamos al Archivo de la Santa Sede los expedientes de la parte española de los que carece, y éste proporciona al Estado español la parte romana, con lo que se cierra un círculo de información sumamente interesante para el conocimiento de la Historia».

Blanco precisó a este periódico que «toda la información que podamos obtener en este intercambio pasará a engrosar la Sección de Inquisición del Archivo Histórico General de Salamanca. Además, tenemos la intención de incorporarla al Plan de Archivos Estatales en Red (AER), proyecto que necesita ser impulsado y mejorado, para que, a través de internet, esos fondos puedan ser consultados por los investigadores de cualquier parte del mundo, especialmente de Iberoamérica, en donde también actuó el Tribunal de la Inquisición española, y hay mucho interés por esta cuestión».

Catalogar todos los fondos

Cuando a finales del pasado mes de junio monseñor Alejandro Cifres, director del Archivo de la Congregación para la Doctrina de la Fe, explicó la idea de la colaboración a través de estas páginas, relató su gestación como parte de un proyecto «que llevan adelante mi Archivo, la Dirección General de Archivos del Ministerio italiano para los Bienes Culturales y el Centro Internacional de Estudios sobre la Inquisición de Trieste y cuyo objetivo es catalogar todos los fondos inquisitoriales existentes en Italia y procedentes de cualquier Inquisición, esto es la medieval, la española o la romana. Ya que, como sabe -detalló Cifres-, los historiadores distinguen tres inquisiciones: la medieval, ejercida por los obispos locales, o por la Santa Sede con carácter puntual y esporádico (por ejemplo, la Cruzada contra los Albigenses); la española (y más tarde, por imitación, la portuguesa), creada a finales de 1400 por los Reyes Católicos con el beneplácito y bulas papales, con actuación restringida al territorio de la Corona española (y Portuguesa), o sea, también en América y en los territorios europeos (en particular italianos) dependientes de ella; y una tercera inquisición, la romana, la más moderna, fundada por el Papa Pablo III en 1542 e inspirada en el modelo centralista español, pero con ámbito teóricamente universal. Estudiar o completar los respectivos archivos, el de la española conservado en el Archivo Histórico Nacional, y el de la romana (mi archivo) significa poner en relación documental dos realidades más unidas de lo que a primera vista pudiera parecer».

A juicio de monseñor Cifres, «en la investigación histórica es fundamental el contexto. Los hechos y los textos no pueden separarse del ambiente, la época, las personas, en definitiva, del entorno que los ha visto nacer. Cuanto más ampliamos ese contexto, más se facilita una profundización objetiva, libre de prejuicios, de los hechos que estudiamos. En el caso de la Inquisición, tanto española como romana, disponer de la documentación más completa permitirá estudiarla con más objetividad. En concreto, si bien la Inquisición española es anterior a la romana e independiente de ésta, no es menos cierto que jerárquicamente le estaba sometida, de modo que la Inquisición papal era tribunal de segunda instancia del español. Viceversa, la Inquisición romana, habiendo sido constituida según el ejemplo español, no se entiende hasta el fondo sin conocer el precedente ibérico». De ahí que una parte del proyecto, como adelanta el archivero vaticano, se refiera exclusivamente a la recuperación de la información relativa a la inquisición española en Italia, sobre todo en Nápoles y Sicilia.

El hecho de que hasta el momento no se haya propiciado un acuerdo de esta envergadura se debe a que «el archivo que dirijo -precisó Alejandro Cifres- es muy joven en cuanto a archivo abierto a la consultación, ya que sólo desde 1998 es oficialmente accesible a los estudiosos».

De momento, el Departamento de Rogelio Blanco ya trabaja en un listado de los procesos que requieren completarse, y que serán todo un regalo para la investigación y para el conocimiento de la verdad histórica.

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Rogad, pues, al Dueño  de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 37-38)

Al rescate de la memoria de las ideas de la Europa moderna

Durante la conquista de Italia por Bonaparte, los archivos de la Inquisición fueron llevados a París por el emperador. Tras su caída, la Monarquía aceptó devolverlos al Vaticano, pero el transporte era muy caro y, de acuerdo con la Santa Sede, se decidió destruir dos terceras partes del mismo y sólo se repatriaron los documentos considerados más importantes. A esta merma contribuyeron posteriormente los saqueos de la República romana. ¿Podría este expolio impedir que se completaran los archivos españoles?

El archivero del Santo Oficio, Alejandro Cifres, aclara que «los archivos españoles son independientes de los romanos. Por lo que yo sé, los archivos españoles se conservan en su casi totalidad. En cuanto a nuestros archivos, es cierto que se perdieron unos dos tercios, correspondientes, casi exclusivamente, a los procesos criminales. Pero ello no significa en absoluto que se haya perdido la mayor parte de la información. En primero lugar, muchos de aquellos procesos eran duplicados de los celebrados en las inquisiciones locales italianas, que tenían obligación de mandar copias a Roma; en la medida que se vayan recuperando los archivos periféricos, se podrá ir reconstruyendo esa parte de los procesos; además, un discreto número se salvó y se conserva en la biblioteca del Trinity College de Dublín; otros procesos, considerados «célebres», como el de Carranza, Galileo, Cagliostro o el cardenal Morone, se recuperaron de París. Y además hay otro dato muy interesante: antes de que los procesos se llevaran a Francia y fueran posteriormente destruidos o perdidos, los archiveros romanos se habían ocupado de extraer de los fascículos todas las partes de contenido doctrinal, como las censuras de los libros requisados y demás. De manera que las series procesales, al parecer, conservaban sólo la información relativa al caso personal, importante, ciertamente, si se trata de hacer un estudio, por ejemplo, de un antepasado o de un determinado personaje más o menos marginal, pero relativamente irrelevante en términos de historiografía general. Los ejemplos que poseemos bastan y sobran para estudiar los procedimientos, los criterios y las ideas subyacentes a la actividad inquisitorial y, desde luego, para conocer la historia de las ideas en general en la Europa moderna». 2004-08-16 ‘ABC’

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P: ¿Cómo respondería a la objeción de que si comunismo fue lo que sucedió en la URSS, cristianismo fue lo que hizo la Inquisición?

R: En primer lugar, el comunismo no sólo fue la URSS sino también China, Camboya, Cuba, Vietnam, etc. En todos y cada uno de los casos hubo, con diferentes nombres, GULAG y era imposible que el sistema subsistiera sin él (como muy bien vieron Babeuf, Marx o Lenin). Históricamente sí ha habido cristianismo sin inquisición y además la existencia de la inquisición lejos de derivar del cristianismo lo contradice esencialmente. Libertad Digital. 2003 nov. 11.

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«La escritura de la historia se ve obstaculizada a veces por presiones ideológicas, políticas o económicas; en consecuencia, la verdad se ofusca y la misma historia termina por encontrarse prisionera de los poderosos. El estudio científico genuino es nuestra mejor defensa contra las presiones de ese tipo y contra las distorsiones que pueden engendrar» (1999). ?S.S. JUAN PABLO II

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La ponencia del eminente profesor Gustav Heningsen sobre la quema de brujas revela que la Inquisición quemó a 4 mujeres en Portugal, 59 en España y 36 en Italia. En esa época de locura, los tribunales civiles de Europa procesaron por brujería a más de 100.000 mujeres, de las que dieron muerte a más de 50.000. El cardenal Georges Cottier no excluyó que la Iglesia tenga que pedir perdón en el futuro por escándalos más recientes, y recordó que «la pena de muerte sólo fue abolida en Francia en 1976». Roger Etchegaray añadió que el Papa pone en práctica la declaración «Dignitatis humanae» del Vaticano II: «La verdad sólo puede imponerse por la fuerza misma de la verdad». 2004-06-15 Roma – Italia

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Mientras que Francia aplica la pena de muerte hasta el año 1976 y los EE.UU. Arabia Saudita, Sudán, Irán, Pakistán, Irak,  etc. la siguen aplicando en el 2004…

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En Zimbabwe como en algunos países africanos, la persecución a las brujas por haber fracasado en sus pronósticos, maléficos consejos, falsas medicinas, etc. etc. se las condena -sin juicio previo- a la desaparición, sea por homicidio, envenenamiento, fuego, etc.  2004.

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Al estudiar la historia, se suele hacer desde los prejuicios de la mentalidad actual, cosa que esteriliza la  labor principal del historiador. No podemos dar a conocer unos hechos del pasado sin antes reflejar el imaginario colectivo de la época donde tuvieron lugar.

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La Inquisición en España 

La Inquisición en España, afirmó Dr. Borromeo (2004.06-Roma-It.) en referencia al tribunal más conocido, celebró entre 1540 y 1700 44.674 juicios. Los acusados condenados a muerte fueron del 1,8% y de ellos el 1,7% fueron condenados en «contumacia», es decir, no pudieron ser ajusticiados por estar en paradero desconocido y en su lugar se quemaba o ahorcaba a muñecos. ??Por lo que se refiere a las famosas «cacerías de brujas», el historiador constató que los tribunales eclesiásticos fueron mucho más indulgentes que los civiles. De los 125.000 procesos de su historia, la Inquisición española condenó a la muerte a 59 «brujas». En Italia, añadió fueron 36 y en Portugal 4. ??«Si sumamos estos datos –comentó el historiador– no se llega ni siquiera a un centenar de casos, contra las 50.000 personas condenadas a la hoguera, en su mayoría por los tribunales civiles, en un total de unos cien mil procesos (civiles y eclesiásticos) celebrados en toda Europa durante la edad moderna». ??Proporcionalmente, las matanzas de brujas más numerosas tuvieron lugar en Suiza (se quemaron a 4.000 en una población aproximada de un millón de habitantes); Polonia-Lituania (unas 10.000 en una población de 3.400.000); Alemania (25.000 en una población de 16.000.000) y Dinamarca-Noruega (unas 1.350 en una población de 970.000). ??Con el término Inquisición, explicó Borromeo se designa al conjunto de tribunales eclesiásticos que por expresa delegación papal tenía jurisdicción para juzgar el delito de herejía. ??Los primeros comisarios («inquisitores») fueron creados por el Papa Gregorio IX (1227-1241) con el objetivo de combatir herejías en determinadas regiones. ??«Progresivamente, con el pasar el tiempo, el papado dotó a esta institución de una organización propia, de una propia burocracia y de normas propias (especialmente para los procesos) que dieron un rostro específico a la Inquisición», ilustró. ??«Particularmente activa en los siglos XIII y XIV para combatir los movimientos heréticos medievales (sobre todo los cátaros y los valdenses), la Inquisición experimentará un descenso en su actividad en el siglo XV», relató. ??«Pero experimentará una reanudación en los siglos XVI y XVII con la fundación de los nuevos tribunales de la península ibérica –cuya acción se orientó principalmente contra los pseudo-convertidos del judaísmo y del islam) y con la creación del Santo Oficio romano, concebido en un primer momento como instrumento de lucha contra la difusión del protestantismo». ??«Los tribunales fueron suprimidos entre la segunda mitad del siglo XVIII y en las primeras décadas del siglo XIX». «El último tribunal que desapareció fue el español, abolido en 1834». ??Juan Pablo II envió un mensaje con motivo de la presentación de las «Actas» del Simposio Internacional sobre la Inquisición en el que subraya la necesidad de que la Iglesia pida perdón por los pecados cometidos por sus hijos a través de la historia. ??Al mismo tiempo, aclaraba, «antes de pedir perdón es necesario conocer exactamente los hechos y reconocer las carencias ante las exigencias evangélicas en los casos en que sea así». 2004-06-16 – Roma – Italia – ZS04061604

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“Un Islam hecho de crucifixiones, decapitaciones, de esclavitud, mutilaciones, de conversiones forzadas y de engaño”. Mons. Cesare Mazzolari, Misionero Comboniano y Obispo de Rumbek, en el Sudán – Y estamos en el 2004-06-03

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I.- Los contemporáneos no tenemos ninguna culpa de los males acaecidos en la Historia, por la sencilla razón de que no existíamos.

II.- ¿Por qué, pues, debemos tener y alimentar resentimientos unos contra otros si no tenemos ninguna responsabilidad de lo acontecido en la Historia?

III.- Eliminados estos absurdos resentimientos, ¿por qué no ser amigos y así poder trabajar juntos para construir globalmente un mundo más solidario y gratificante para nuestros hijos y nosotros mismos?

IV.- Es fructuoso conocer la Historia lo más posible. Pero vemos que no podemos volverla hacia atrás. Vemos, también, que si la Historia hubiera sido distinta -mejor o peor-, el devenir habría sido diferente. Se habrían producido a lo largo de los tiempos otros encuentros, otros enlaces; habrían nacido otras personas, nosotros no. Ninguno de los que hoy tenemos el tesoro de existir, existiríamos. Esto no quiere insinuar en absoluto que los males desencadenados por nuestros antepasados no fueran realmente males. Los censuramos, repudiamos y no hemos de querer repetirlos.

La sorpresa de existir facilitará que los presentes nos esforcemos con alegría para arreglar las consecuencias actuales de los males anteriores a nosotros.

V.- Los seres humanos, por el mero hecho de existir -pudiendo no haber existido-, tenemos una relación fundamental: ser hermanos en la existencia. Si no existiéramos, no podríamos siquiera ser hermanos consanguíneos de nadie. Percibir esta fraternidad primordial en la existencia, nos hará más fácilmente solidarios al abrirnos a la sociedad.

VI.- Al organizar en la actualidad las nuevas estructuras sociales que se consideran oportunas para construir una sociedad más firme y en paz, es peligroso, muchas veces, basarlas sobre otras estructuras antiguas, aunque en su momento las vieran convenientes. Es más sólido fundamentar las nuevas estructuras sobre unidades geográficas humanas. Sin embargo, evitando el riesgo de que éstas se encierren en sí mismas, ya que ello desemboca, casi siempre, en desavenencias de toda índole y hasta en guerras.

VII.- El ser humano es libre, inteligente y capaz de amar. El amor no se puede obligar ni imponer, tampoco puede existir a ciegas sino con lucidez. Surge libre y claramente o no es auténtico. Siempre que coartemos la libertad de alguien o le privemos de la sabiduría, estaremos impidiendo que esta persona pueda amarnos. Por consiguiente, defender, favorecer, desarrollar la genuina libertad de los individuos -que entraña en sí misma una dimensión social corresponsable- así como su sabiduría, es propiciar el aprecio cordial entre las personas y, por tanto, poder edificar mejor la paz.

VIII.- Los representantes actuales de las instituciones que han perdurado en la Historia, no son responsables de lo sucedido en el pasado, pues ellos no existían. Sin embargo, para favorecer la paz, esos representantes han de lamentar públicamente, cuando sea prudente, los males e injusticias que se cometieron por parte de esas instituciones a lo largo de la Historia. Así mismo, han de resarcir en lo posible, institucionalmente, los daños ocasionados.

IX.- Los progenitores son responsables de haber dado la existencia a otros seres. Por tanto, con la colaboración solidaria de la sociedad, tienen que propiciar, hasta la muerte de sus hijos (en especial los discapacitados psíquicos o los de voluntad débil), los medios y apoyos suficientes -principalmente dejarles en herencia un mundo más en paz- para que éstos desarrollen su vida con dignidad humana, ya que no han pedido existir.

Por otra parte, los jóvenes tienen derecho a ser motivados y entusiasmados en la alegría de existir, por el ejemplo de sus padres, familia y la sociedad. Igualmente, para trabajar ahondando en las técnicas y ciencias, a fin de ellos poder, a su vez, colaborar para conseguir un mundo más en paz.
Así mismo, es evidente que no se podrá construir la paz global mientras en el seno de la sociedad e incluso dentro de las familias, exista menosprecio hacia más de la mitad de sus integrantes: mujeres, niños, ancianos y grupos marginados. Por el contrario, favorecerá llegar a la paz el reconocimiento y respeto de la dignidad y derechos de todos ellos.

X.- Un creciente número de países reconocen ya en la actualidad, que todos tenemos el derecho a pensar, expresarnos y agruparnos libremente, respetando siempre la dignidad y los derechos de los demás. Pero igualmente, cada ser humano tiene el derecho a vivir su vida en este mundo de modo coherente con aquello que sinceramente piensa.

Las democracias, pues, han de dar un salto cualitativo para defender y propiciar, también, que toda persona pueda vivir de acuerdo con su conciencia sin atentar nunca, por supuesto, a la libertad de nadie ni provocar daños a los demás ni a uno mismo.

Sin resentimientos, desde la libertad, las evidencias y la amistad, puede construirse la paz.  …   …

Recomendamos vivamente: ‘Historia de la Inquisición en España y América’ – El conocimiento científico y el proceso histórico de la Institución (1478-1834). Obra dirigida por don Joaquín PÉREZ VILLANUEVA y Bartolomé ESCANDELL BONET. Es una elevada tarea historiográfica con planteamientos científicos, bases documentales, tratamiento y lenguaje actuales. Y:

La inquisición española Editorial: BAC- Centro de estudios inquisitoriales- Madrid-España. Autora:(Comella Beatriz.- Rialp, Madrid) Breve-óptimo libro.

 

La Inquisición – la institución, quizás más polémica de cuantas han existido –porque el formidable proceso de secularización moderna la fue convirtiendo paulatinamente en una de las muestras de la mentalidad pretérita más incomprensibles para nuestra sociedad, de valores normativos antitéticos a los de aquella lógica histórica, y porque, por otra parte, ha sido siempre el arma preferida para la batalla ideológica contra determinadas realidades históricas-, no había sido objeto de una Historia amplia, por parte de los españoles, desde la obra del afrancesado José Antonio Llorente, aparecida en los primeros lustros del siglo XIX.

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Acerca de ricardodeperea

Nacido en Sevilla, en el segundo piso de la casa nº 8 (después 18) de calle Redes de Sevilla, el 21 de Septiembre de 1957. Primogénito de D. Ricardo, tenor dramático de ópera (que estuvo a punto de hacer la carrera en Milán), y pintor artístico; y de Dñª. Josefina, modista y sastre ( para hombre y mujer), mas principalmente pintora artística de entusiata vocación. Desafortunadamente dedicóse tan abnegadamente a su familia y hogar, que poco pudo pintar, pero el Arte, el retrato, dibujo y pintura fueron su pasión hasta la muerte, que la sorprendió delante de un óleo de San Antonio de Escuela barroca sevillana, y al lado de una copia, hecha por mi padre, de la Piedad de Crespi, en tiempo litúrgico de San José. Seminarista en Roma, de la Archidiócesis de Sevilla desde 1977-1982, por credenciales canónicas de Su Eminencia Revmª. Mons. Dr. Don José María Bueno y Monreal. Alumno de la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino en Roma, 1977-1982, 1984, por encomienda del mismo Cardenal Arzobispo de Sevilla. Bachiller en Sagrada Teología por dicha Universidad (Magna cum Laude), donde hizo todos los cursos de Licenciatura y Doctorado en Filosofía (S.cum Laude), y parte del ciclo de licenciatura en Derecho Canónico (incluido Derecho Penal Eclesiástico). Ordenado de Menores por el Obispo de Siena, con dimisorias del Obispo Diocesano Conquense, Su Exciª.Rvmª. Mons. Dr. en Sagrada Teología, D. José Guerra y Campos. Incardinado en la Diócesis de Cuenca (España) en cuanto ordenado "in sacris", Diácono, por Su Exciª.Rvmª. Mons. Dr. en Sagrada Teología, D. José Guerra y Campos, el 20 de Marzo de 1982. Delegado de S.E.R. Mons. Pavol Hnilica,S.J., en España. Ordenado Presbítero, por dimisorias del mismo sapientísimo, piadoso e insigne católico Doctor y Obispo Diocesano conquense, el 8 de Enero de 1984 en la Catedral de Jerez de la Frontera (Cádiz), por Su Exciª. Rvmª. Mons. D. Rafael Bellido y Caro. Capellán Castrense del Ejército del Aire, asimilado a Teniente, y nº 1 de su promoción, en 1985. Fue alumno militarizado en todo, en la Academia General del Aire de San Javier (Murcia), destinado al Ala nº 35 de Getafe, y después a la 37 de Villanubla (Valladolid); luego de causar baja, como también el nº 2 de la promoción, a causa de encubiertas intrigas políticas pesoistas [ocupó pués, así, la primera plaza el nº 3, primo del entonces presidente de la Junta de Andalucía, un Rodríguez de la Borbolla] en connivencia con el pesoista Vicario Gral. Castrense, Mons. Estepa. Fue luego adscrito al Mando Aéreo de Combate de Torrejón de Ardoz. Párroco personal de la Misión Católica Española en Suiza, de Frauenfeld, Pfin, Weinfelden, Schafhausen, ... , y substituto permanente en Stein am Rhein (Alemania) . Provisor Parroquial de Flims y Trin (cantón Grisones), en 1989-90; Provisor Parroquial (substituto temporal del titular) en Dachau Mittendorf y Günding (Baviera), etc.. Diplomado en alemán por el Goethe Institut de Madrid y el de Bonn (mientras se hospedaba en la Volkshochschule Kreuzberg de esa ciudad renana) . Escolástico e investigador privado en Humanidades, defensor del Magisterio Solemne Tradicional de la Iglesia Católica y fundamentalmente tomista, escribe con libertad de pensamiento e indagación, aficionado a la dialéctica, mayéutica de la Ciencia. Su lema literario es el de San Agustín: "In fide unitas, in dubiis libertas et in omnibus Charitas". Ora en Ontología, ora en Filosofía del Derecho y en Derecho Político admira principalmente a los siguientes Grandes: Alejandro Magno (más que un libro: un modelo para Tratados) discípulo de "El Filósofo", Aristóteles, Platón, San Isidoro de Sevilla, Santo Tomás de Aquino, los RRPP Santiago Ramírez, Cornelio Fabro, Juán de Santo Tomás, Domingo Báñez, el Cardenal Cayetano, el Ferrariense, Domingo de Soto, Goudin, los Cardenales Zigliara y González, Norberto del Prado; Friedrich Nietsche, Martin Heidegger ; Fray Magín Ferrer, Ramón Nocedal y Romea, Juán Vázquez de Mella, Enrique Gil Robles, Donoso Cortés, Los Condes De Maistre y De Gobineau, el R.P. Taparelli D'Azeglio; S.E. el General León Degrelle, Coronel de las SS Wallonien, Fundador del Movimiento católico "Rex", el Almirante y Excmº. Sr. Don Luis Carrero Blanco (notable pensador antimasónico, "mártir" de la conspiración de clérigos modernistas, y afines, suvbersivos, y de la judeleninista ETA), S.E. el Sr. Secretario Político de S.M. Don Sixto (Don Rafael Grambra Ciudad), los Catedráticos Don Elías de Tejada y Spínola y Don Miguel Ayuso, entre otros grandes pensadores del "Clasicismo Natural" y "Tradicionalismo Católico"; Paracelso, el Barón de Evola, etc. . En Derecho Canónico admira especialmente a Manuel González Téllez y Fray Juán Escobar del Corro; Por supuesto que no se trata de ser pedisecuo de todos y cada uno de ellos, no unánimes en un solo pensamiento ("...in dubiis libertas"). Se distancia intelectual, voluntaria, sentimental y anímicamente de todo aquel demagogo, se presente hipócriamente como "antipopulista" siendo "polulista", o lo haga como antifascista, "centrista", moderado, equilibrado, progresista, moderno, creador y garante de prosperidad, o como lo que quiera, el cuál, sometiéndose a la mentira sectaria, propagandística y tiránica, inspirada en cualquiera de las "Revoluciones" de espíritu judío (: la puritana cronwelliana (1648,) la judeomasónica washingtoniana (1775), la judeomasónica perpetrada en y contra Francia en 1789, y las enjudiadas leninista y anarquista), ataque sectariamente o vilipendie a Tradicionalistas, franquistas, Falangistas, Fascistas, Nacionalsocialistas, Rexistas, etc., o se posicione nuclearmente, a menudo con la mayor vileza inmisericorde, y a veces sacrílega, contra mis Camaradas clasicistas ora supervivientes a la Gran Guerra Mundial (1914-1945), ora Caídos en combate o a resultas; se considera y siente parte de la camaradería histórica y básica común con los tradicionalismos europeistas vanguardistas de inspiración cristiana (al menos parcial), y con sus sujetos, aliados de armas contra la Revolución (jacobina, socialista, comunista, anarquista).
Esta entrada fue publicada en "INQUISICION" ROMANA Y CASO DEL SACERDOTE CATOLICO RICARDO DE PEREA, Derecho Natural/Derecho, INQUISICION ROMANA MODERNA, PEDERASTIA Y CLERO DE LA IGLESIA CATOLICA, POLEMICA, POLITICA & IGLESIA CATOLICA, POLITICA HISTORICA, Santa Inquisición Católica cuando llamábase Santa y Sagrada. Guarda el enlace permanente.

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