ABELARDO LINARES MUÑOZ, Jefe Provincial hispalense de Fe de las JONS. ” JUDAISMO ” (Extractos de su LIBRO). El Judaísmo sin su interpretación cristiana; crítica filosófica de inspiración nietschana, con apéndice de resultados desconcertantes de arqueología judía sobre elementos del Judaísmo farisáico.


Prólogo del poseedor del blog :

En los siguientes textos mi entrañable bondadoso amigo Abelardo hace su análisis filosófico sobre el judaismo puro, comparándolo con la concepción abelardiana del “indoeuropeismo”, y añadiendo juicios nietschanos y de otros heterodoxos.

Para Nietsche un ser infinito, simple, fuera del mundo material de devenir, es pura nada. Su concepto del ser es unívoco, aunque piense que la idea de ser es humana, subjetiva, artificial. Para Santo Tomás de Aquino, a diferencia de para Escoto, la idea de ser (“ens””ut participium agens”) es análoga, no significa lo mismo referida a Dios (Ente Infinito transcendente), que referida a los entes limitados y al mundo (de suyo finito). El ente infinito, transcendente al finito, existe en sí y de por sí; el concepto humano (negativo del ser finito) del Ente Infinito es el perfectamente contrapuesto al de Nada.

El libro de Sigrid Hunke tiene ideas interesantes, pero su concepción de lo que considera “la Religión de Europa” es un amasijo de despropósitos, lleno de elogios a los herejes, incluidos los sanguinarios, asesinos, antropófagos (se dice que comían fetos humanos cocidos, dada la repugnancia que sentían por la procreación, entendida por ellos como encarcelamiento de almas libres no encarnadas preexistentes a su “encarnación”), maniqueos, orgiásticos, depravados. Afortunadamente los textos aquí reportados no sale esa pestilente doctrina hunkiana, opuesta a la Civilización Católica Europea y clasicista.

El judaismo de que se habla es el de una determinada secta, la judía o judáica, según textos no iluminados por el Cristianismo, ni interpretados por éste, sino según los criterios del autor del escrito, muy útil parcialmente.

Lo entre corchetes es mío.

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https://i0.wp.com/www.thule-seminar.org/bilder/abelardo_1100627_Kopi105286.jpg [ABELARDO LINARES MUÑOZ, en el estadio de Delfos (Στάδιο Δελφοί), el 16 de Mayo de 2007 . Fuente de la foto: http://www.thule-seminar.org/nekrologie_abelardo.htm ].

«Yahvé te ha dicho hoy que serás para Él un pueblo singular… Yahvé
tu Dios te pondrá en alto sobre todos los pueblos de la Tierra… Prestarás
a muchas gentes y de ninguna tomarás prestado» (Deut., XXVII, 18;
XXVIII, 1, 12).

«Cuando Yahvé tu Dios te introduzca en la tierra que vas a poseer y
arroje delante de ti a muchos pueblos, a jeteos, guergueseos, amorreos,
cananeos, fereceos, geveos y gebuseos, siete naciones más numerosas y más
poderosas que tú, y Yahvé tu Dios te las entregue y tu las derrotes, les
impondrás el anatema… Acuérdate de lo que Yahvé tu Dios hizo con el
faraón y con todo el Egipto… así hará también Yahvé tu Dios con todos
los pueblos que temes. Incluso tábanos mandará Yahvé tu Dios contra
ellos, hasta hacer perecer a los supervivientes o a los que se escondiesen.»
(Deut., VII, 1, 18-20).

«Así habla Yahvé Sabaoth: tengo presente lo que hizo Amalec contra
Israel cuando le cerró el camino a su salida de Egipto. Ve, pues, ahora y
castiga a Amalec y anatematiza cuanto es suyo, no perdones, mata a
hombres, mujeres y niños, aun los de pecho, bueyes y ovejas, camellos y
asnos…» (Sam., XV, 2).

«Cuanto pise la planta de vuestro pié vuestro será, y vuestras fronteras
se extenderán desde el desierto al Líbano, desde el río Eufrates hasta
el Mar Occidental. Todo será dominio vuestro. Yahvé vuestro Dios esparcirá
ante vosotros, como os lo ha dicho, el miedo y el terror sobre toda la
tierra donde pongáis vuestro pié…» (Deut., XI, 24).

Estos ejemplos hacen estremecer a cualquiera, ya que no se trata
de exabruptos de un poseso, son la expresión de Yahvé, están inscritos
en los libros sagrados del pueblo judío, son las palabras de un
dios omnipotente, omnisciente, creador del universo y del hombre,
un dios que en las Tablas de la Ley que da a Moisés prohíbe al hombre
matar. ¡No matarás!, precepto grave e ineludible para el hombre,
mas no para el creador del hombre.

Este hecho de un dios que mande exterminar, impide toda teodicea.
Quien esto manda no puede ser Dios. No hay Dios en la religión
judaica, ya que, de haberlo, sería un dios monstruoso. Es evidente
que, como decía Nietzsche, al menos no hay un dios moral.

Las cuatro citas que anteceden no son los únicos ejemplos del
obrar de este dios cruel, los libros sagrados están llenos de hechos
semejantes. Para él no hay acciones nimias (cf. Deut., XV, 32: «Sucedió
cuando estaban los hijos de Israel en el desierto, que encontraron a un hombre recogiendo leña en sábado, y los que lo encontraron, lo denunciaron a Moisés y Aarón y a toda la asamblea y lo encarcelaron porque no había sido todavía declarado lo que había de hacerse con él. Yahvé dijo a Moisés: Sin remisión muera ese hombre, que lo lapide todo el pueblo, fuera del campamento. Y toda la asamblea lo sacó fuera del
campamento y lo lapidaron, muriendo como lo había mandado Yahvé a
Moisés.»

Que los textos del antiguo testamento estén llenos de horrores
donde perecen víctimas inocentes y que los salmos lleven a un grado
sin límite el deseo de una implacable venganza, mientras dios interviene
partidariamente ¿No contradice «la verdad» tantas veces proclamada,
de un dios exclusivamente bondadoso y misericordioso con
todas sus criaturas? «No –responden los rabinos– estas páginas son la imagen de nuestra
propia torpeza, de nuestro abajamiento infinito, esto es humano demasiado
humano».

Son los fines últimos los que los santifican y los vuelven soportables,
tal es la potencia insidiosa de recuperación del discurso judaico,
después cristiano, que enrosca siempre en alegoría la cuestión sobre
ella misma, borrando en el triunfo de la respuesta el punto de origen o el estado de la cuestión.
Ni la tortura, ni el asesinato, ni la violación, son así objeto de sospecha
para tal certeza. Una fe infinita arde sobre la leña de estos
argumentos, nada resiste a la avidez de esta combustión.

Los cristianos a su vez, refiriéndose al texto testamentario, dirán
que la alegación bíblica se desarrolla en alegorías, lo mismo que los
chinos de Mao, en el curso de la revolución cultural, hablan de los
exterminios denominándolos de «flores cortadas». El sentido literal se
hace engaño y la realidad queda fuera.

La cuestión se complica en referencia a la moralidad de Yahvé,
pues éste a veces los engaña: «Porque no pusieron por obra mis derechos y desecharon mis ordenamientos y profanaron mis sábados y se les fueron
los ojos tras los ídolos de sus padres, por eso también les di preceptos que
les eran funestos y decretos que no son de vida, y los contaminé en sus
ofrendas cuando pasaban a sus hijos por el fuego, a todo primogénito,
para desolarlos y hacerles saber que yo soy Yahvé» (Ezeq., XX, 25).

Pequeño ejemplo moral: después de clasificar a los animales en
«puros» e «impuros», Yahvé les ordena: «No comeréis mortecino de
ningún animal, podéis darlo a comer al extranjero que reside en vuestras
ciudades, o vendérselo. Vosotros sois un pueblo consagrado a Yahvé vuestro
Dios». (Deut., XIV, 21).

¿Yahvé Dios de Israel, Dios de moral, Dios de justicia? En absoluto,
el incesto, el adulterio, la violación son los frutos de sus órdenes.

El talmud nos dice: «Dios se coloca al lado del perseguido. ¿Es así
solamente cuando el perseguidor es un impío y el perseguido un justo?
No, aunque el perseguidor fuera justo y el perseguido impío Dios se coloca
siempre al lado del perseguido».

El incesto se practica desde los orígenes. Adán y Eva sólo tuvieron
hijos varones, lo que implica que la mujer ulterior a Eva hubo de ser
hija de Eva y tener por padre a uno de los hijos de la primera mujer
de la Humanidad.

El Faraón impide a los judíos la salida de Egipto y su pueblo es
castigado con las plagas y la muerte de los primogénitos. «Tomando
un manojo de hisopo, lo mojáis en la sangre del cordero, untáis con ella
el dintel y los dos quicios, y que nadie salga fuera de la puerta de su casa
hasta mañana, pues pasará el ángel de Yahvé por Egipto para castigarle,
y, viendo la sangre, pasará de largo por vuestras puertas y no permitirá
al exterminador entrar en vuestras casas para herir… «En medio de la
noche mató Yahvé a todos los primogénitos de la tierra de Egipto, desde
el primogénito del faraón que se sienta sobre su trono, hasta el primogénito
del preso de la cárcel, y a todos los primogénitos de los animales.»
(Éxodo, XII, 22 y 29).

Yahvé se irrita contra David por haber éste hecho el censo y le
propone que elija el castigo: «Tres años de hambre sobre la tierra, tres
meses de huida ante tus enemigos, o tres días de peste en tu tierra.
Murieron setentamil hombres del pueblo… A la vista del ángel que hería
al pueblo, dijo David a Yahvé: Yo he pecado, pero éstos, las ovejas ¿Qué
han hecho?» (Samuel, XXIV, 13, 15, 17).

Esta misma injusticia cae sobre los niños inocentes y sobre los
animales durante el diluvio. Este furor que más allá del culpable
hiere al inocente ¿Puede denominarse de otra forma que no sea la de
odio?

Como hace notar N. Simón en su libro «Paseo humorístico a través
de las religiones y los dogmas»: «Hay que reconocer al dios judío
una verdadera superioridad sobre todos los otros dioses conocidos en lo
que concierne al arte de organizar las masacres.»

La elección de Abrahán por Yahvé es un buen ejemplo de la poca
importancia que da a la honestidad y la justicia: Historia de Abrahám:
«Te bendeciré y engrandeceré tu nombre, que será una bendición,
y bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan, y
serán bendecidas en ti todas las familias de la Tierra.» (Gen., XII, 2).

Abrahám sale de su tierra, conforme le había ordenado Yahvé, y
llega a Canaán, pero hubo un hambre en aquella tierra, «la tierra que
mana leche y miel» (Deut., XI, 9) y el patriarca se fue a Egipto.
Cuando estaba ya próximo de entrar en Egipto dijo a Sarah, su
mujer: «Mira que sé que eres una mujer hermosa, y cuando te vean los
egipcios dirán: es su mujer. Y me matarán y a ti te respetarán la vida.
Di pues, te lo ruego, que eres mi hermana, para que así me traten bien
por ti, y por amor de ti salve mi vida… Fue llamada al palacio del
Faraón y a Abrahám le trataron muy bien por amor de ella y tuvo ovejas,
bovinos, asnos y camellos… Pero Yahvé afligió con grandes plagas al
faraón y a su casa por Sara, la mujer de Abrahám, y, llamando el faraón
a Abrahám, le dijo. ¿Por qué me has hecho esto? ¿Por qué no me hiciste saber que era tu mujer? ¿Por qué dijiste: es mi hermana, –dando lugar
a que la tomase yo por mujer? Ahora pues, ahí tienes a tu mujer, tómala
y vete. Y dio el faraón órdenes acerca de él, a sus hombres, y le despidieron
a él y a su mujer, con todo lo que era suyo.» (Gen., XII, 11; XV, 20).
«Era Abrahám muy rico en ganados, plata y oro.» (Gen., XIII, 2).

¡Hermoso ejemplo de adulterio y proxenetismo por parte de
Abrahám! Yahvé, más tarde, le renueva la alianza: «Ya no te llamarás
Abram, sino Abrahám… establezco contigo y tu descendencia después de
ti, por generaciones, mi pacto eterno de ser tu Dios y el de tu descendencia
después de ti.» (Gen., XVII, 7).

Abrahám moró en Guerar: «Abrahám dijo de Sarah, su mujer: es
mi hermana. Abimalec, rey de Guerar mandó tomar a Sarah, pero vino
Dios a Abimalec, en sueños durante la noche, y le dijo: Mira que vas a
morir por la mujer que has tomado, pues tiene marido. Abimelec, que no
se había acercado a ella, respondió: Señor ¿Matarías así al inocente? ¿No
me ha dicho él: es mi hermana? ¿Y no me ha dicho ella: es mi hermano?
Con corazón íntegro y pureza de manos hice yo esto… Abimalec llamó a
Abrahám y le dijo: lo que has hecho con nosotros no debe hacerse. Y le respondió
Abrahám: Es que me dije: de seguro que no hay temor de Dios en
este lugar, y van a matarme por causa de mi mujer. Aunque es también
mi hermana, hija de mi padre, pero no de mi madre, y la tomé por esposa
y desde que me hizo Dios errar fuera de la casa de mi padre le dije: has
de hacerme la merced de decir en todos los lugares adonde lleguemos que
eres mi hermana. Tomó Abimelec ovejas y bueyes y siervos y siervas y se los
dio a Abrahám, y le devolvió a Sarah, su mujer, y le dijo: Tienes la tierra
a tu disposición, mora donde bien de parezca, y a Sarah le dijo. Mira, a
tu hermano le he dado mil monedas de plata, sírvanle de velo para tus
ojos, a ti y a cuantos contigo están, y todo así estará en regla. Rogó Abrahám
por Abimelec y curó Dios a Abimelec, a su mujer y a sus siervos, y
engendraron, pues había Yavé cerrado todo útero en la casa de Abimelec
por lo de Sarah, la mujer de Abrahám.» (Gen., XX, 2 y ss.).

Como puede verse, Abrahám repite la historia de Egipto, permite
la prostitución de su mujer y además nos enteramos de que su matrimonio
es incestuoso. ¡Y cómo no! Yahvé castiga al inocente Abimelec,
cerrando todos los úteros de su casa, y Abrahám recibe satisfecho
aquellos bienes. ¡Excelente ejemplo de este dios Yahvé, magnánimo
con un indeseable como Abrahám y cruel ya con los culpables, ya
con los inocentes, según él los considere.

¿Qué explicación racional tiene todo lo que antecede? ¿Cómo un
pueblo puede darse una religión como ésta? se dice que los pueblos
tienen los gobiernos que se merecen, ¿También las religiones? ¿Cuál
es la causa, cuál es el efecto?, ¿Los judíos son la causa de su religión, o la religión es la causa del pueblo judío? La explicación más plausible de la fisonomía espiritual de este
pueblo nos la da Sigrid Hunke, en su libro «EUROPAS EIGENE RELIGION.
DER GLAUBE DER KETZER»:

Dualismo y mito bíblico [judaistas] del pecado original:

«El egipcio considera a su Dios como una potencia bienhechora y protectora.
Para el hindú Dios es el corazón de todos los que le aman, penetrando,
con su amor divino, a todas sus criaturas para encontrar la eternidad
por medio de él. Para el árabe de los tiempos preislámicos es un
padre, un amigo con el cuál vive en un estado de intimidad profunda,
al que él llama «el amante», ante el que por dicha se postra extendiendo
los brazos. ¿Pero entre todos los hombres quién es el que a sus ojos Dios
no sea nada de todo eso, ni sea una potencia semejante a la del muy
misericordioso Aláh, ni una autoridad suprema que cambie el mal en
bien, como Zeus? ¿Por qué han sido marcados los hombres, cuyo dios da órdenes incomprensibles para exigir una sumisión incondicional, impone malvados
interdictos y profiere amenazas desmesuradas, deja a sus criaturas sin
defensa ante su propia voluntad, castiga sin remisión y se muestra de  una severidad que llega hasta la crueldad? ¿Estos hombres a quienes su
Dios condena envidiosamente a mantenerse en la ignorancia / en el
«Paraíso Terrenal» / y a privarse de la esencia divina, estos hombres cuyo
dios es celoso de la serpiente que ha sido más astuta que él, envidioso de
la mujer a quien Adán ha obedecido?.

¿Por qué este hombre es animado a no sentirse semejante a Dios, a no
sentirse creado a su imagen, ni amado de Dios, ni profundamente penetrado
del soplo divino, por no sentirse de la misma naturaleza que Dios,
sino, al contrario, creado para sentir en su realidad humana la cólera de
la venganza divina, para sufrir bajo la férula de la divinidad? ¿Por qué
este universo es, a los ojos de los que lo habitan, un mundo de maravilla,
de orden y de armonía, y la tierra que nos alimenta no es el principio
materno bajo todas sus formas, sino sentido como malsano y cargado
de pecado? ¿Por qué esta hostilidad entre Yahvé y la serpiente? ¿Quién es
esta serpiente para osar infligir un desmentido a Yahvé, diciendo al
hombre que no morirá por haber comido del árbol del conocimiento?
¿Quién es para poder esclarecer al hombre respecto de las verdaderas
razones de la interdicción puesta por Yahvé? Evidentemente la serpiente
es también de esencia divina y no forma parte de las criaturas que Yahvé
acaba de hacer salir de la nada, si no ¿Cómo explicar que la amenaza
de Yahvé no se realiza, mientras que la profecía de la serpiente –según la
cuál, comiendo el fruto del Árbol del Conocimiento, el hombre abriría
los ojos– se verifica? Esta serpiente es incontestablemente dotada de un
saber y de un poder que tienen perfectamente en jaque a la Potencia
Divina. ¿No es ésta la razón por la cuál la serpiente cae bajo el golpe de
la maldición que le quita su poder y le condena a una impotencia más
profunda que la del resto de los animales de la Creación, dejándola sin
patas obligada a arrastrarse y condenada a la persecución del hombre?.
Detrás de esta serpiente del paraíso terrestre, dotada de un saber divino y
de un poder de vida y muerte, hay, en efecto, una divinidad que se oculta,
una diosa serpiente que era honrada en todo el Oriente como Gran Madre, Diosa Madre de todas las cosas, dominando la tierra y el mundo
subterráneo, dueña del Tiempo y de toda vida en germen o en devenir,
así como del nacimiento y de la muerte.

Pero todavía una vez más ¿Por qué esta hostilidad entre Yahvé y la
serpiente? Los parientes espirituales de Adán y Eva ¿No han encontrado,
a todo lo largo del camino, que les ha llevado de su patria del norte
hasta Canaán, o sea, a lo largo de Babilonia, Mitanni, el este del Arán,
y Egipto, una yuxtaposición de divinidades masculinas y femeninas, no
han visto honrar por doquiera el principio maternal, al mismo título
que el principio paternal, como fuente de toda vida? ¿Incluso en este país de Canaán no han encontrado la diosa Baalad al lado de Baal, la diosa de la maternidad y de la fertilidad, al lado del dios de la fertilidad, inclusive a la diosa serpiente, como una de las formas de la
gran diosa de la maternidad? A ella ha maldecido Yahvé diciéndole: Comerás
de la tierra durante toda tu vida. Lo mismo que castiga al hombre condenándole
a volver a la gleba de la que fue sacado. El suelo mismo, la tierra
fértil cae también bajo el golpe de la maldición de Yavé: Maldito sea el
suelo… por ti será maldita la tierra. ¿Cómo explicarse que estos hombres
que se han establecido sobre la fértil tierra de Canaán para vivir allí de la
agricultura y de la viña, puedan ver esta tierra –dispensadora de bienes–
bajo el ángulo de la maldición? ¿Cómo puede ser que de todos los pueblos
de Oriente éste sea el único en negar el principio maternal o rebajarlo hasta
el punto de ver en él algo malsano? Es preciso que haya vivido experiencias
profundamente marcantes para concebir esta decadencia de hombre y de su
madre la tierra, que es en sus orígenes un irreparable divorcio entre ella y
él? ¿Qué ha determinado la evolución interior de estos hombres, de su universo
y de su concepción de ellos mismos? ¿Quiénes son? Importantes cuestiones,
a las cuáles tendremos que responder, si queremos comprender lo que
determinará la vida de los cuerpos y de los espíritus en Europa.

Hay que remontar el tiempo siguiendo sus líneas hasta la época
donde se establecieron en todo el próximo Oriente. Una inmigración, al principio lenta, después por ondas crecientes, comienza desde las altas
montañas de Armenia hacia el sur. Los hombres que descienden de estos
lugares no son ni semitas, ni indoeuropeos, se habían instalado, en tiempos
prehistóricos, en las gargantas y en los altos valles de Armenia al este
del Eúfrates, bajo el empuje de los indoeuropeos y de la densidad demográfica
creciente en las zonas montañosas, van hacia los contrafuertes
meridionales, para extenderse seguidamente por Siria y Mesopotamia.
Estos hurritas fundan, en la alta Mesopotamia, el imperio de Mitanni,
que será durante cuatro siglos el Estado más potente del próximo Oriente.
Esta inmigración no se para en Mesopotamia, bajo la tutela de una
clase de señores indoarios los recién llegados conquistarán toda Siria y
Palestina…

De la misma forma que sólo la reunión de elementos semíticos, acadianios
y hurritas ha permitido a los asirios jugar el papel que han desempeñado
en el plano político y militar en la Historia del Mundo, por
esta fusión del genio religioso el pueblo de Israel adquirió la fuerza creadora
que le permitió producir una obra espiritual de una envergadura
única en su género.

¿Qué ha marcado el destino y determinado la ley espiritual de estos
pueblos de las montañas de Armenia, cuyos descendientes han venido a
establecerse en Palestina? ¿Cómo estos hombres, los hurritas, perciben el
mundo y lo divino? Armenia, patria de los hurritas, nos es descrita como
un país áspero y triste, con grandes montañas volcánicas desnudas, vastos
desiertos de piedra y sombríos valles. Es un país sin árboles y sin cantos
de pájaros, silencioso, completamente aislado, rodeado al norte sur y
este por altas cadenas montañosas, completamente nevadas durante los
largos meses de invierno y separado del resto del mundo por inmensas
estepas, es una especie de ciudadela lejos de las grandes rutas de paso,
cerrada inclusive a las influencias marítimas, pobre en lluvias y avara en
vegetación. Dentro de sus valles obscuros la vida es triste y cerrada, el
trabajo demasiado duro sobre un suelo árido y pedregoso, noches glacia les se suceden sin transición a días tórridos, un interminable invierno
sigue a un breve verano de calor asfixiante, una multitud de cambios
brutales aterroriza perpetuamente a sus habitantes, terribles huracanes,
frecuentes y violentos terremotos, erupciones de lava que se solidifican
formando conos volcánicos monstruosos. Prisioneros tras esas gigantescas
murallas entrecortadas por pasos infranqueables, completamente obstruidos
por la nieve, los hombres viven como dentro de una cueva profunda.
Dejados sin defensa de los caprichos de la Naturaleza, incapaces
de liberarse de sus cadenas, como ha dicho perfectamente el psicólogo
Banse, esta realidad implica de alguna manera el encogimiento de hombros,
la desesperación, la resignación o la impotencia. Esta Armenia es
una tumba. No es nada sorprendente que bajo el peso de esta suerte ruda
e ineluctable, que les ofrece tales condiciones de vida, los hombres tengan
el sentimiento de que la tierra los rechaza. Ellos, que desde los tiempos
más lejanos e incluso en su tierra natal vivían bajo el yugo extranjero
¿Cómo no van a tener la impresión de que a cualquier parte que fueran
y se establecieran serían siempre extranjeros apenas tolerados, y condenados
a una marginalidad de emigrados sobre una tierra que no les pertenecerá
jamás y de la cuál podrían en todo instante ser expulsados?

Toda la desgracia del que sufre y se siente rechazado y excluido de la
vida se expresa en el siguiente salmo: «Los llantos me hieren los ojos, la
garganta y las entrañas; mi vida se consume en aflicción y mis años en
suspiros; mi vigor sucumbe a la miseria y mis huesos se consumen; soy el
oprobio de todos mis opresores, objeto de terror para mis vecinos y de
espanto para mis amigos; los que me ven en la calle huyen lejos de mí;
como muerto, he sido olvidado en los corazones; soy como una vasija
hecha añicos». (Salmo XXXI, 10, 13).

Estos hombres en huida, huida a la hostilidad de la Naturaleza,
expulsados del Paraíso Terrenal, no pueden ver la tierra ni como fuente
de vida, ni como sana potencia existencial, a sus ojos el universo no es ni
el orden supremo del Kosmos griego, ni la Natura del romano, ni Rita (el edificio prodigioso que subyuga al indoario), ni siquiera Mitgard (la
Tierra de salud de los germanos). Para el hurrita el mundo es una
potencia mortal, peligrosa y fundamentalmente malvada. El hurrita
confiere a su dios los aspectos del universo en el que vive. En efecto, como
lo expone juiciosamente Paul Volz, especialista del Antiguo Testamento,
este Dios, esta presencia puramente espiritual, tiene al mismo tiempo
aspectos que pueden ser calificados de demoníacos… Delante de este
Dios, Yahvé, misterioso, de accesos de furor imprevisibles, que goza en
destruir, provoca malvadamente la caída en el momento que menos se
espera, exige lo atroz y suscita el mal, el hurrita se llena de terror. Esta
visión que tiene del mundo que le rodea podría explicar lo que parece,
sin esto, bastante enigmático, a saber: que no siente la presencia de
Yahvé en un maravilloso ordenamiento, ni en una bienhechora dominación
de la Naturaleza, sino de una Naturaleza más violenta, más
directa en el desorden, el tumulto de los elementos, las más espantosas
catástrofes, el huracán, cuando la Tierra tiembla y todo el edificio universal
es roto, hace noche en pleno día, el torrente furioso se lleva todo a
su paso, las negras nubes obscurecen el cielo y las trombas de agua se
abaten sobre la tierra, el rayo mortal devasta los campos, y la Naturaleza
floreciente es reducida a cenizas. Es entonces cuando el creyente siente
la presencia de Yahvé y su terrorífica proximidad, y mide su magnificencia
semejante a un fuego devorador. Esa es la concepción de la
Naturaleza que fascina y oprime al hurrita, que provoca su destino de
sufrimiento y angustia. ¿Pero por qué esta angustia? ¿De dónde viene
tanta pena? ¿Por qué tan profundo sufrimiento? «Porque –responde el
hurrita– todos nosotros somos engendrados bañados en nuestros pecados
y estamos llenos de injusticia y apesadumbrados bajo nuestras faltas.»
(IV Esdr., VII, 68). Se creería que vuelve sobre la imagen de su sombrío
valle de lágrimas, cuando explica: «es porque las vías de este mundo han
llegado a ser peligrosas, estrechas, llenas de penas y de trabajos.» (IV
Esdr., VII, 11).

El sufrimiento existencial engendra en el hurrita un sentimiento de
desvaloración absoluto de la naturaleza humana que es vivida con sentimientos
de culpabilidad, el pecado es para él un estado inscrito en el
destino del hombre, inherente a su ser, «pues los deseos del corazón
humano son malvados desde la infancia» (Gen., VIII, 21). En el árabe
la experiencia primera, que es en definitiva la de la dependencia, es dictada
por el sentimiento de su pequeñez y de su nada, ante las grandes
extensiones desérticas, pero en el hurrita el sentimiento dominante, el del
pecado, viene del peso aplastante del destino vivido a través de la dureza
y de la dificultad de vivir en este valle de lágrimas.

La sensación de aprisionamiento en el fondo del valle, de cautividad
en obscuras humedades de la profundidad, es muy característica del espíritu
hurrita y es de ella de donde nace la aspiración a la pura claridad
de las cimas, la necesidad de liberarse de los sufrimientos de la tierra y de
la carne, la esperanza en lo que no es de este mundo: «¡Escucha, Oh
Dios, mi clamor, atiende a mi plegarias, del fin de la Tierra te llamo,
cuando se angustia mi corazón condúceme a la roca más alta!» (Salmo 61).

Si toda la nostalgia del germano va hacia horizontes lejanos, si, al
contrario, la mirada del mediterráneo vuelve al interior de un círculo
cerrado, la aspiración esencial del hurrita está caracterizada por la necesidad
de elevarse por encima de este valle de lágrimas, cada vez más lejos
hacia arriba, hacia la pureza celeste: «Levanto mis ojos hacia los montes
de donde viene mi socorro.» (Salmo 121). este grito del hombre que sufre
sobre la tierra y reclama que se le saque «de esta fosa fatal, de esta fangosa
charca» (Salmo XL) se repite con innumerables variaciones.

En todas partes el hurrita se siente en peligro, paralizado y fascinado
a la vez por su angustia ante la oscuridad, su miedo a los golpes imprevisibles
del destino, a catástrofes inesperadas, y en particular a la más
grande de todas: el fin del mundo; al mismo tiempo es prisionero de
cuanto le une a la tierra: la carne, generadora del deseo y del pecado.

Todo lo que es humano viene de la carne, por oposición a lo divino
que es espíritu, y del hecho de esta antinomia todo lo que viene de la
carne, todo lo que es humano es malo y enemigo de Dios. La carne son
los malos instintos, los malvados deseos del hombre, su concupiscencia
pura y simplemente concebida como fuente de alejamiento de Dios y
generadora de pecado. En ninguna parte se manifiesta más violentamente
que en la sexualidad humana, pues esta Naturaleza que oprime
al individuo que vive bajo el terrible imperio de sus sentidos, lo subyuga
y lo rebaja. Dicha Naturaleza, de la cuál no llega a sentirse dueño, le
hace ser consciente de la dimensión de su propia debilidad e impotencia.

He ahí la razón por la cuál todas las aspiraciones van de la oscuridad
hacia la luz, del polvo hacia el esplendor de las cimas, de la evanescencia
y de la muerte hacia la vida eterna, de la impureza hacia la santificación,
de la carne concupiscente y pecadora hacia el puro espíritu. La
vía de la espiritualidad es también la de la salud por la cuál el hombre
puede esperar escapar de su valle de lágrimas, de la esclavitud de sus
deseos, de su sufrimiento y del pecado.

Con su profundo sentido de lo numinoso, el pueblo de Israel ha puesto
en sus interpretaciones religiosas, incluida la definición de lo divino,
esta experiencia de la dicotomía del universo. No obstante sus caracteres
demoníacos, este Yahvé incomprensible que empuja a los hombres al mal
y se muestra siempre imprevisible en sus reacciones, mientras que su lado
satánico se separa de alguna manera de él mismo para llegar a ser Satán
en persona, es al mismo tiempo un dios justiciero, una potencia espiritual
y moral, y lo llega a ser cada vez más a medida que los castigos que
inflige a su pueblo son considerados como castigos del pecado, por el cuál
el hombre ha modificado fundamentalmente su naturaleza. Llega a ser
al mismo tiempo dios de la Historia, en la medida en que, por una
interpretación religiosa, la historia de Israel en sí misma, con todo lo que
comporta de derrotas militares y catástrofes nacionales, con la caída y el
exilio del pueblo de Israel, es concebida como la ejecución de un juicio divino y hasta como una prueba intencionalmente infligida por Dios, a sus elegidos, a fin de volverles, por esta última degradación, maduros para la redención. Aquí interviene una nueva idea. la de la «redención» y la «salud en otro mundo». Precisamente en el exilio la luz de esta esperanza
surge. Después de la vuelta del pueblo a su tierra esa idea llega a
se la verdadera llama de la promesa concedida en un espíritu muy marcado
por el pensamiento hurrita. A la vida en este valle de lágrimas
sucederá la vida en un segundo universo desbordante de luz, donde no
habrá lágrimas, ni sufrimientos, ni pecado, un universo en el cuál aquellos
que han sido golpeados mil veces por el destino conocerán el reposo y
se revelará que, a pesar de todo, frente por frente a este pueblo que ha
sufrido el odio divino, Dios no es más que amor.

Pero la salud no está prometida más que a aquellos que cambian en
espíritu, se sobreponen y extinguen los deseos de la carne para sostener el
espíritu en su eterna lucha contra el pecado.

En el mito del pecado original el espíritu hurrita ha encontrado un
medio de simbolizar la conciencia de su culpabilidad y de dar por un
evento único y concreto una interpretación eternamente válida de la
naturaleza humana. En su cuarto libro Esdras el profeta pide al ángel
del Señor saber cómo el sufrimiento y la muerte han venido a la Tierra.
Y éste responde: «A causa del pecado cometido en el Paraíso toda la Creación
está condenada, por causa de este pecado está sometida a la muerte. »
Y Esdras añade: «Hubiera sido mejor para nosotros que no hubiéramos
sido creados, en vez de haber sido creados y vivir en el pecado y sufrir y
no saber porqué sufrimos.» (IV Esdras, IV, 12).

Eso es la herencia persa, el dualismo transmitido al pueblo de Judea
por Esdras, Daniel y Enoch. En efecto, bajo la influencia del pensamiento
zoroastriano recibido por los hurritas, la angustia y el disgusto de
este mundo se expresan cada vez con menos fuerza para acogerse a la
esperanza de escapar de este bajo mundo. La venida de Hijo del Hombre
que iniciará el Reino de la magnificencia y se vengará de los injustos que, en cuanto insumisos y enemigos de Dios y de sus elegidos, son causa
de su propia desgracia.

Lo mismo que, dos mil quinientos años antes, las oleadas de migración
hurrita se expanden sobre todo el Próximo Oriente, del hecho de la
dependencia política una nueva y potente corriente de pensamiento
hurrita cae sobre el país, es asimilada con fervor por los judíos que viven
en esclavitud, conociendo las más graves divisiones interiores, la opresión
y la miseria, y hace crecer, en el fondo de su ser, en una verdadera borrachera
escatológica, la esperanza de los Últimos Tiempos, la resurrección
de los muertos, la salvación de los justos, y un juicio final para los impíos
y los malvados, al mismo tiempo que un rechazo ascético de este universo
de pecado».

Con la magistral exposición de Sigrid Hunke podríamos dar por
terminado el asunto, pero estimamos que conviene aclarar algunos
extremos:

Hunke cree en la importancia decisiva del agente exterior: la
meteorología, la orografía latamente considerada, y la situación
sociopolítica de relación con otros pueblos. Se alinea en general con
la tendencia de Toynbee y Ortega y Gasset, de primar la causalidad
que las circunstancias exteriores a la mente del individuo ejercen
sobre el pensamiento y el sentimiento del sujeto. Aún admitiendo
la importancia y hasta, a menudo, la necesidad medial de lo exterior,
no es menos cierto que la experiencia se propone a sí misma
como materia con la que actuar de un modo u otro, el espíritu o la
mente del sujeto, que es quien hace la religión, la filosofía y la Historia.
Primordialmente el ario es así, porque así es en sí ario, y no
porque reaccione fatalmente a sus circunstancias exteriores o a sus
experiencias personales. Es así libre y creador de su propia civilización
genial. Es, el genial y único artífice de la cosmovisión indoeuropea.

Características principales del pueblo judío:                                                                                     · Crueldad. Aunque podrían incrementarse casi «ad infinitum» las citas que atestiguan la crueldad, tomadas de los libros sagrados, creemos
que las ya aportadas son suficientes. Queda probada, mas, insistimos,
esta crueldad de Yahvé es un trasunto de la del pueblo judío.

·Odio e intolerancia. «He amado a Jacob y he odiado a Esaú.» (Malaquías, l, 3). Yahvé recomienda este odio a quienes le invocan:
«Yahvé: ¿No odio al que te odia? ¿A los que se dirigen contra ti? Les odio
con un odio perfecto, éstos son para mí enemigos.» (Salmo CXXXVIII,
21, 22). Este odio llena los relatos de Jeremías, Judith, Esther, etc..
En la narración de Esther se institucionaliza la fiesta del «purim»
para conmemorar la degollación de setenta y cinco mil enemigos.

«La intolerancia de los pueblos semíticos es la consecuencia necesaria
de su monoteísmo. Los pueblos indoeuropeos, antes de su conversión a las
ideas semíticas, no habiendo nunca tomado su religión como la verdad
absoluta, sino como una especie de herencia de familia o de casta, quedaron
fuera de la intolerancia y del proselitismo. Por ello no se encuentra
más que en estos últimos pueblos la libertad de opinión, el espíritu de
examen y de búsqueda individual.» (E. Renán).

«Ha habido en todo tiempo masacres y exterminios, pero en vano se
buscaría en los textos sagrados o profanos del paganismo el equivalente
de lo que se encuentra tantas veces en la Biblia: la idea de que tales
masacres pudieran estar moralmente justificada, la idea de que han sido
autorizadas y queridas por un Dios hace que en los autores de los textos
la buena conciencia continúe reinando no a pesar de estas masacres, sino
más bien a causa de ellas.» (Alain de Benoist).

· Misoginia. La primera religión hebraica admitía al lado de dios
nacional masculino una diosa de rango secundario, a la que la Biblia
llamaba Ashera. La reforma emprendida por Josías en favor de «el
Yahvé solo» eliminó del entorno de Yahvé toda presencia personal femenina. Parece que toda diosa fue substituida por atributos,
númenes y fuerzas femeninas como la sabiduría, la misericordia,
etc., de modo que, sin ninguna posibilidad de contraposición o
repartición de poder divino en pareja, Yahvé aparece como el Principio
viril absoluto y de dominio ilimitado sobre toda creación femenina
y feminidad. Este dios varón es denominado en la Biblia «el
fuerte», en el Talmud «el amo del mundo», y en la literatura monoteísta
de nuestros tiempos «el todopoderoso». Para todos es un
«Padre» y un «Rey», padre sin esposa y rey sin vasallos.

En el mundo griego no faltaban las diosas, que tenían con los
dioses varones y con los hombres de este pueblo toda clase de relaciones.
Una tenía función de esposa, Hera, mujer de Zeus; otra de
amante adúltera, Afrodita; otra de madre, Demeter; Otra de virgen
unida a la Naturaleza, Artemisa; otra de virgen unida al hogar familiar,
Hestias. Al culto de estas divinidades participaban las sacerdotisas
e incluso como la «Pythia» había sacerdotisas de dioses varones
como Apolo en Delfos. Nada parecido ocurrió en Israel: las mujeres
estaban confinadas en gineceos.

La Ley de moisés es un asunto de hombres, la mujer no puede
testimoniar contra el varón. El divorcio, permitido a los hombres
por un libelo de repudio (Deut., XXIV, 1) era derecho optativo
exclusivo del varón.

La mujer no podía estudiar la Ley (Deurt., XI, 13) y sólo a los
hombres incumbía la enseñanza de la ley.

Desde la creación revela Yahvé su desprecio hacia la mujer: «Tu
marido te dominará.» (Gen., II, 16).

Por esta concepción la mujer está de más, sólo es necesaria para
procrear. En un rezo de la mañana, en uso hoy todavía, los judíos
practicantes dirigen a Yahvé este agradecimiento: «¡Bendito seas Tú,
Señor nuestro Dios, Rey del Mundo, que no me has hecho nacer gentil.
Bendito seas Tú, Señor nuestro Dios, Rey del Mundo, que no me has hecho nacer esclavo. Bendito seas Tú, Señor nuestro Dios, Rey del
Mundo, que no me has hecho nacer mujer!».

· Superioridad. «Yahvé tu Dios te ha elegido para ser el pueblo de su
porción entre todos los pueblos que hay sobre la faz de la Tierra. Si Yahvé
se ha ligado con vosotros y os ha elegido, no es por ser vosotros los más
numerosos entre todos los pueblos, pues sois el más pequeño de todos, sino
porque Yahvé os amó.» (Deut., VII, 6).
El monoteísmo concede una falsa superioridad, las razones son
obvias: hay un solo Dios; este único Dios ha elegido de entre todos
los pueblos de la Tierra a un único pueblo; luego los integrantes de
este pueblo poseen la verdad absoluta, tienen absoluta superioridad
sobre el resto de los mortales, que evidentemente son inferiores. Se
advierte la falsía total del enunciado, ya que tamaña injusticia refuta
la existencia de ese Dios único, y rebaja su concepto al de un dios
amoral.
·Historia [lineal finalista finita única]. En el paganismo hay una concepción de la Historia
como devenir cíclico, eternamente repetitivo. Este Devenir Histórico
no está condicionado por ninguna necesidad exterior a él. Ningún
pueblo ocupa una posición de centralidad o de elección en el
devenir siempre plural de la Humanidad. Al no haber dios único,
verdad única, humanidad única –pues el poligenismo es verdadero–,
no existe predeterminación de todos en una sola dirección.
En el paganismo la inocencia del devenir responde a la inocencia
del hombre, en contraposición a la concepción judaica de la Historia,
ésta tiene un comienzo absoluto, como nos narra el Génesis, y este
comienzo implica un fin. la concepción monoteísta de la Historia es
lineal, el tiempo está orientado en un sentido. Esta historia no es más
que un episodio, un intermedio en el ser de la Humanidad. El verdadero
ser del hombre es exterior a la historia, sólo el fin de la Historia
le restituirá a su plenitud, tal y como hubiera sido sin el pecado de
Adán. Cuando el fin de la Historia llegue, la humanidad habrá llegado al fin que Yahvé le había asignado desde el comienzo. Estando
acabada, la Historia no se proseguirá. La verdadera eternidad humana
no está en el devenir cíclico, sino en el ser. El mundo ha comenzado,
con este término de «berechit», del cuál existen setecientas interpretaciones
distintas, comienza la Biblia. La idea de comienzo
equivale a una ruptura absoluta, implicada por la teoría dualista.
Antes del comienzo no había más que Dios, después el mundo que
Yahvé crea, por tanto su Historia le está sometida. La Historia no
tiene más que un sentido, y en este sentido se realizará el plan de
Yahvé, sean cuales sean los avatares, los retrasos nacidos de la ambición
y del orgullo de los hombres. El sentido de la Historia es el cumplimiento
mesiánico, tanto para el judío, cuanto para el cristiano.

·Hombre y libertad [subyugados]. Falta el aspecto positivo en la creación del
hombre: «Tomó pues Yahvé al hombre y le puso en el jardín del
Edén, para que lo cultivase y guardase» (Gen., II, 15), le da un «status» inferior, será jardinero y guardián del Paraíso, prohibiéndole
superarse: «Pero del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal no comas,
porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.» (Gen., II, 17).

En el jardín del Edén Adán parece ser herbívoro, después del
diluvio, tras la alianza de Dios con Noé, le hace carnívoro: «Cuanto
vive y se mueve os servirá de comida, y asimismo os entrego toda verdura.»             (Gen., IX, 31).

En el fin de los tiempos volverá toda la creación animal al régimen
herbívoro: «El león como el buey comerán paja.» (Is., XII, 71).

El hombre, en la creación, es una» creatura», un ser creado. Su
condición de ser depende enteramente del que le ha creado. Como
Dios tiene un valor absoluto, todo lo que no es Dios tiene un valor
relativo. La creación no da autonomía al hombre, la circunscribe, y,
por este hecho, la anula.

El hombre no tiene el derecho de gozar del mundo, «someter la
Tierra» (Gen., I, 28) sólo tiene validez a condición de reconocer que él no es el verdadero propietario: «La Tierra me pertenece y vosotros no
sois para mí más que extranjeros y huéspedes.» (Lev., XXV, 23).

En la Biblia el hombre no es libre más que para someterse o para
condenarse. No posee más que una libertad para renunciar. Mantiene
su salud, aceptando libremente su servidumbre. La religión de la
Biblia tiene por fin impedir al hombre tener los poderes de libertad y
autonomía creadora que se derivan de la hominización de la revolución
neolítica y de la aparición de las grandes culturas… Yahvé
hubiera preferido que el hombre no saliera del «estado de naturaleza». Mientras los primeros hombres no eran más que seres de naturaleza,
al no estar su hominización enteramente acabada, no podían
manifestar plenamente sus poderes creadores, por tanto no podían
ser rivales de Yahvé, mas, al instituirse en cuanto hombres, al dotarse
de una sobrenaturaleza, de una naturaleza superior, es decir, de la
cultura que le da la posibilidad de transformarse continuamente, o
sea, hacer de manera que cada sobrenaturaleza adquirida no sea más
que una etapa hacia otra supernaturaleza, esto equivale a hacer del
hombre una especie de Dios, a hacerle participar de la divinidad,
cosa que la Biblia considera una abominación.

En el Edén se jugó el destino humano, no habiendo comido del
Árbol del Bien y del Mal no hubiera habido devenir, ni Historia, la
falta le vuelve mortal, mas al mismo tiempo le hace hombre realmente,
con voluntad propia. Comienza la Historia.

Con Caín aparece la ciudad, Henok y con ella la civilización,
cada ciudad encuentra su propio dios, nace así el politeísmo, el estado,
la idolatría. Los profetas maldicen incansablemente todas las ciudades,
sólo Jerusalén es la ciudad santa, la ciudad que reabsorberá a
todas las demás.

«Vamos a edificar una ciudad y una torre cuya cúspide toque los cielos
y nos haga famosos por si tenemos que dividirnos por la faz de la Tierra.» (Gen., XI, 4). «Bajó Yahvé a ver la ciudad y la torre y se dijo: He aquí un pueblo unido, pues todos tienen una sola lengua. Bajemos pues, y confundamos su lengua de modo que no se entiendan unos a otros.» (Gen., XI, 6, 7).

«Como puede verse, la falta es siempre la misma, es la autonomía del
hombre, su poder creador y prometéico, eso es lo que Dios ve en la
empresa de Babel.» (André Neher, «L’Exil et la parole»).

La variedad de las culturas humanas se deriva, por tanto, de una
falta, lo mismo que la Historia. El yahvista odia la civilización, cada
paso adelante en la vía que nosotros llamamos progreso es a sus ojos
un crimen seguido de un castigo inmediato. El castigo de la civilización
es el trabajo y la división de la Humanidad; la tentativa de la
cultura profana, monumental y artística de Babel es el crimen por
excelencia.

Desde el punto de vista de la Biblia todo sucede como si cada
esfuerzo del hombre para engrandecerse tuviera como consecuencia
disminuir a Yahvé. El hombre tiene el derecho de hacer, mas no
tiene el derecho de crear: «Cada etapa de la civilización humana es
una profanación, no puede conquistarse más que al precio de un retroceso
en la relación con Dios.» (André Neher, o. c.). Yahvé no tiene más
que odio hacia una humanidad siempre dispuesta a decir «hagámonos
un nombre».

«Para manifestar este odio y para ponerlo en práctica concretamente
el monoteísmo se constituye en sistema. El papel histórico de Abrahám,
el nómada exiliado de Ur, será el de rechazar esta civilización nacida de
la revolución neolítica. El primer acto por el cuál Abrahám se hace
padre de una nación es una escisión que rompe los lazos de la vida
común y del amor a los suyos, entre los que había vivido hasta entonces,
unido a los hombres y la Naturaleza. Los hermosos tiempos de la juventud
los arroja lejos de sí.» (Hegel).

En este sentido el sí solemne de Abrahám a Yahvé (cf. Gen.,
XXII, 2 y 11) es un no a la autonomía humana, un no a la Historia.

La ruptura simbolizada por Abraham es una ruptura con el devenir
histórico de una humanidad espontáneamente llevada, por su propio
genio e industria, a la superhumanidad. Esta ruptura implica la idea
de que al final de los tiempos, los pueblos y las naciones consumarán,
según ella, el rechazo definitivo a su propia vocación natural,
incluida la heroica de sus más destacados personajes, rechazo o
renuncia que habría de producirse necesariamente e «ipso facto» por
el triunfo alienante del reino mesiánico, judaico, escatológico y
mundano.

Después de Abrahám, Moisés confirma esta intención. Lo mismo
que el pueblo de Israel ha podido salir de la cautividad de Egipto, la
Humanidad entera es llamada a salir de la cautividad de la Historia.
La Ley de Yahvé formulada en el Sinaí es presentada como el medio
de anular para siempre la falta de Adán y Eva. Esta es la función del
monoteísmo: prohibir definitivamente al hombre todo presente cargado
de porvenir.

En lugar de llevar al hombre a sobrepasarse, el monoteísmo de la
Biblia consume su vitalidad. es preciso empobrecerse, anularse, para
dar consistencia a Dios. La Divinidad llega a ser una especie de
hemorragia de la naturaleza humana. En Dios se opera la transfusión
de todas las energías creadas del hombre, el dios talmúdico es como
un Vampiro supracósmico que succiona la sangre de sus propios
hijos.

En definitiva podemos afirmar con Nietzsche: «La concepción
judía de Dios es una de las concepciones más corrompidas que se han
formulado sobre la Tierra, constituye el más bajo nivel en la involución
de los tipos divinos. ¡Dios antítesis de la vida, en lugar de ser su transfiguración
en su eterno sí. En Dios está declarada la hostilidad a la vida,
a la Naturaleza, a la voluntad de vida. Dios, fórmula de toda calumnia
del más acá, de toda mentira del más allá! ¡En Dios divinizada la nada,
canonizada la voluntad de nada!» (F. Nietzsche, «Der Antichrist»). …

La historia fáctica israelita destruida por la Arqueología:

La incidencia de la arqueología, y sus ciencias auxiliares, sobre la
Historia es terminante hasta el punto de que hoy es preciso volver a
escribir la historia. Los arqueólogos levantan capa tras capa de tierra
hasta llegar a donde desean: edad del bronce antiguo, edad del bronce
medio, edad del hierro… Analizan lo que encuentran y son capaces
de datar e identificar incluso restos alimentarios.

Según los arqueólogos actuales israelitas Israel Finkelstein y Neil
Asher Silverman no hay procedencia de Abrahám de Ur, ni estancia
en Egipto donde se multiplicasen hasta unos seiscientos mil, ni
éxodo, ni separación de las aguas del mar rojo, ni estancia en el oasis
de Cadés Barnés durante treinta y cuatro años. Según las conclusiones
que se derivan de los datos de las excavaciones arqueológicas,
todas las conquistas bélicas judías son relatos ficticios, como el
siguiente ejemplo. Jericó no vio caer sus murallas puesto que no las
tenía, las trompetas por mucho que hubiesen sonado no podían
derribar ni un ladrillo de la humilde aldea que en aquellos tiempos
remotos fue Jericó.

Los reinos de David y Salomón son pura fantasía, el fabuloso reinado
de Salomón fue imposible, entonces no había capacidad organizativa,
ni población suficiente, ni Economía, ni alfabetización.

Habiendo sido dividido el de David en dos reinos, Israel y Judá,
y conquistado el de Israel por los Asirios, Judá intentó restituir la
gloria prometida por Yahvé al pueblo judío. Durante el reinado de
Josías (639-609) se creyó poder dominar la historia y crear un reino
unitario judío, prometido por Yahvé, destruir radicalmente la idolatría,
muy extendida ya por todo Judá, incluido el templo de Jerusalén, donde las prostitutas sagradas moraban y tejían las telas destinadas
al culto de Ashera. Se acaba con los cultos rurales politeístas, de
celebraciones paganas por cosechas y otros acontecimientos naturales.
Dice la Biblia que durante los trabajos que se realizaron en el
templo de Jerusalén se encontró oportunamente el «Libro de la Ley»,
el código que Yahvé había transmitido a Moisés. Hay un surgimiento
cultural excepcional que permite –aunando viejas leyendas, relatos
míticos y transmisiones orales, emprender la redacción bíblica, la
cuál, datada entre los siglos séptimo y quinto antes de Cristo, no
pudo hacerse antes de Josías, por la falta de alfabetización. El Libro
de la Ley es la primitiva versión del Deuteronomio. Como hace
notar Finkelstein, el estilo literario en que se formula la Alianza entre
Yahvé y el pueblo de Israel se parece enormemente a los tratados asirios
de vasallaje de principios del siglo VII antes de Cristo. El biblista
Moshe Weinfeld hace notar «La influencia de la literatura griega
primitiva en la expresión de la ideología, en el seno de los discursos programáticos,
y la forma de bendecir y maldecir en las ceremonias que consagran
la fundación de nuevas implantaciones». Resumiendo, parece
evidente que el libro de la Ley del que habla el II Libro de los Reyes
no es sino la versión original del Deuteronomio; «se puede concluir,
sin riesgo de error, que, lejos de ser un documento antiguo descubierto
por casualidad, fue en realidad compuesto en el siglo VII antes
de Cristo, inmediatamente antes o durante el reinado de Josías.

El hecho de que la Biblia no sea la sagrada expresión de la revelación
hecha por Yavé a Abrahám y Moisés no merma en absoluto la
grandeza de la obra, antes bien la hace más grandiosa. La Biblia:
como obra de Yahvé es demasiado humana, como obra de humanos
es divina. ¡Que de un pequeño pueblo de agricultores y ganaderos
haya salido una saga religiosa de tal envergadura es algo inaudito!
aunque hay una influencia notable de las ideas religiosas babilónicas, parsistas, egipcias y griegas, el valor del antiguo testamento no queda
mermado.

Ciertamente el antiguo testamento no es una creación de dioses,
es una creación política, motivada por un pueblo que no se resigna a
ser vencido.

Caído el reino de Israel por el poder asirio, el minúsculo pueblo
de Judá decide sobrevivir, Yahvé parece ayudarle, en el siglo VIII
antes de Cristo la población experimenta un alza notable, se cree que
Judá tiene unos ciento veinte mil habitantes, crecen las aldeas y se
extiende la alfabetización, la producción agraria adquiere una gran
importancia con el vino y el aceite, teniendo el reino de Judá parte
activa en el comercio árabe, lo cuál indica una connivencia con Asiria,
algo no extraño ya que el rey Achaz colaboraba con Asiria antes
de la caída de Samaría.

A todos estos acontecimientos se añade un hecho muy importante:
el reinado de Josías es trascendental; en efecto, basta leer el Libro
de los Reyes (II Reyes, 23, 25): «Antes de Josías no hubo rey que como
él volviera a Yahvé, con todo su corazón, toda su alma y con todas sus
fuerzas, conforme a la Ley de Moisés, y, después de él no lo ha habido
tampoco semejante.».

Durante su reinado es reconocido como un auténtico Mesías
capaz de restaurar la grandeza de Israel.

Sacerdotes y profetas, en pequeño número, después de la pérdida
del reino norteño de Israel, se refugian en el de Judá, y se origina un
nuevo movimiento religioso que el historiador Morton Smith denomina
«movimiento del Yahvé único.». este movimiento influencia la
historiografía bíblica. Por primera vez los documentos escritos
empiezan a tener más relieve que las epopeyas que se transmitían
oralmente.

Todo esto que nos cuentan los susodichos arqueólogos es conocido
en la exégesis crítica humanista, y es aceptado por bastantes expertos, tales como David Lieber, de la universidad judía de Los
Angeles; Levine, profesor de la universidad hebrea de Jerusalén;
Robert Wexcox, presidente de la universidad del judaismo, de los
Angeles; Eliezer Oren, de la universidad Ben Gurión. Podríamos
continuar dando nombre de autores y de publicaciones sobre este
tema extraordinario que sin embargo pareciera haber pasado desapercibido
para la mayoría de la gente, aunque no así, de seguro,
para una minoría de estudiosos y una élite de gobernantes que sustentan
el poder en el mundo y que son los únicos que en verdad
cuentan.

Puntualización de Miguel Serrano:

« … Se piensa que las investigaciones científicas de los arqueólogos y
antropólogos del Medio Oriente pueden haber inducido a los rabinos a
apoyarles con sus declaraciones, para no aparecer contrariando irracionalmente
las afirmaciones de la ciencia; sin embargo no nos parece creíble,
pues con el enorme poder en sus manos bien podrían rebatir estos
argumentos arqueológicos, ignorarlos y hasta hacerlos desaparecer, como
en los siglos del pasado, con otras certezas. ¡No! ¡Aquí hay algo más,
mucho más terrible y monstruoso!» (Miguel Serrano «El hijo del
viudo»)

Podemos decir con Nietzsche que el antiguo testamento dice sí a
la vida, Jehová es el dios de Israel, mas coexisten otros dioses de otros
pueblos. Sólo tras los aciagos días de la caída de Israel y el retorno
desde Babilonia los profetas, influidos por la desmoralización de la
derrota, arruinan la primitiva religión judía. Esta religión dada por
Yahvé para elevar a un pueblo ha servido para envilecer a un mundo.
Certero, profundo, esclarecedor es el Análisis que Nietzsche hace, en
«EL ANTICRISTO», del pueblo judío: «Los judíos son el pueblo más notable de la Historia universal, ya que, enfrentados al problema de ser o no ser, han preferido, con una
consciencia absolutamente inquietante, el ser a cualquier precio: ese precio
fue la falsificación radical de toda la Naturaleza, de toda naturalidad,
de toda realidad, tanto del mundo interior, cuanto del mundo
exterior entero. Los judíos trazaron sus límites frente a todas las condiciones
en que hasta ahora les ha sido posible, les ha sido lícito, vivir. Crearon,
sacándolo de sí mismos, un concepto antitético de las condiciones
naturales, han vuelto del revés sucesivamente y de una manera incurable,
la religión, el culto, la moral, la historia y la psicología, convirtiendo
esas cosas en la contradicción respecto a sus valores naturales. Con ese
mismo fenómeno volvemos a encontrarnos una vez más y en proporciones
indeciblemente agrandadas, pero sólo como copia, a la iglesia cristiana
que carece de toda pretensión de originalidad. Los judíos son, justo
por eso, el pueblo más fatídico de la historia universal, en su efecto posterior
han falseado de tal modo la humanidad, que hoy incluso el cristiano
puede tener sentimientos antijudíos sin concebirse a sí mismos
como la última consecuencia judía. Para poder decir «no» a todo lo que
representa en la Tierra el movimiento ascendente de la vida, la buena
constitución, el poder, la belleza, la afirmación de sí mismo, para poder
hacer eso el instinto, convertido en genio, del resentimiento tuvo que
inventarse aquí otro mundo, desde el cuál aquella afirmación de la vida
aparecía como el mal, como lo reprobable.» .

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Acerca de ricardodeperea

Nacido en Sevilla, en el segundo piso de la casa nº 8 (después 18) de calle Redes de Sevilla, el 21 de Septiembre de 1957. Primogénito de D. Ricardo, tenor dramático de ópera (que estuvo a punto de hacer la carrera en Milán), y pintor artístico; y de Dñª. Josefina, modista y sastre ( para hombre y mujer), mas principalmente pintora artística de entusiata vocación. Desafortunadamente dedicóse tan abnegadamente a su familia y hogar, que poco pudo pintar, pero el Arte, el retrato, dibujo y pintura fueron su pasión hasta la muerte, que la sorprendió delante de un óleo de San Antonio de Escuela barroca sevillana, y al lado de una copia, hecha por mi padre, de la Piedad de Crespi, en tiempo litúrgico de San José. Seminarista en Roma, de la Archidiócesis de Sevilla desde 1977-1982, por credenciales canónicas de Su Eminencia Revmª. Mons. Dr. Don José María Bueno y Monreal. Alumno de la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino en Roma, 1977-1982, 1984, por encomienda del mismo Cardenal Arzobispo de Sevilla. Bachiller en Sagrada Teología por dicha Universidad (Magna cum Laude), donde hizo todos los cursos de Licenciatura y Doctorado en Filosofía (S.cum Laude), y parte del ciclo de licenciatura en Derecho Canónico (incluido Derecho Penal Eclesiástico). Ordenado de Menores por el Obispo de Siena, con dimisorias del Obispo Diocesano Conquense, Su Exciª.Rvmª. Mons. Dr. en Sagrada Teología, D. José Guerra y Campos. Incardinado en la Diócesis de Cuenca (España) en cuanto ordenado "in sacris", Diácono, por Su Exciª.Rvmª. Mons. Dr. en Sagrada Teología, D. José Guerra y Campos, el 20 de Marzo de 1982. Delegado de S.E.R. Mons. Pavol Hnilica,S.J., en España. Ordenado Presbítero, por dimisorias del mismo sapientísimo, piadoso e insigne católico Doctor y Obispo Diocesano conquense, el 8 de Enero de 1984 en la Catedral de Jerez de la Frontera (Cádiz), por Su Exciª. Rvmª. Mons. D. Rafael Bellido y Caro. Capellán Castrense del Ejército del Aire, asimilado a Teniente, y nº 1 de su promoción, en 1985. Fue alumno militarizado en todo, en la Academia General del Aire de San Javier (Murcia), destinado al Ala nº 35 de Getafe, y después a la 37 de Villanubla (Valladolid); luego de causar baja, como también el nº 2 de la promoción, a causa de encubiertas intrigas políticas pesoistas [ocupó pués, así, la primera plaza el nº 3, primo del entonces presidente de la Junta de Andalucía, un Rodríguez de la Borbolla] en connivencia con el pesoista Vicario Gral. Castrense, Mons. Estepa. Fue luego adscrito al Mando Aéreo de Combate de Torrejón de Ardoz. Párroco personal de la Misión Católica Española en Suiza, de Frauenfeld, Pfin, Weinfelden, Schafhausen, ... , y substituto permanente en Stein am Rhein (Alemania) . Provisor Parroquial de Flims y Trin (cantón Grisones), en 1989-90; Provisor Parroquial (substituto temporal del titular) en Dachau Mittendorf y Günding (Baviera), etc.. Diplomado en alemán por el Goethe Institut de Madrid y el de Bonn (mientras se hospedaba en la Volkshochschule Kreuzberg de esa ciudad renana) . Escolástico e investigador privado en Humanidades, defensor del Magisterio Solemne Tradicional de la Iglesia Católica y fundamentalmente tomista, escribe con libertad de pensamiento e indagación, aficionado a la dialéctica, mayéutica de la Ciencia. Su lema literario es el de San Agustín: "In fide unitas, in dubiis libertas et in omnibus Charitas". Ora en Ontología, ora en Filosofía del Derecho y en Derecho Político admira principalmente a los siguientes Grandes: Alejandro Magno (más que un libro: un modelo para Tratados) discípulo de "El Filósofo", Aristóteles, Platón, San Isidoro de Sevilla, Santo Tomás de Aquino, los RRPP Santiago Ramírez, Cornelio Fabro, Juán de Santo Tomás, Domingo Báñez, el Cardenal Cayetano, el Ferrariense, Domingo de Soto, Goudin, los Cardenales Zigliara y González, Norberto del Prado; Friedrich Nietsche, Martin Heidegger ; Fray Magín Ferrer, Ramón Nocedal y Romea, Juán Vázquez de Mella, Enrique Gil Robles, Donoso Cortés, Los Condes De Maistre y De Gobineau, el R.P. Taparelli D'Azeglio; S.E. el General León Degrelle, Coronel de las SS Wallonien, Fundador del Movimiento católico "Rex", el Almirante y Excmº. Sr. Don Luis Carrero Blanco (notable pensador antimasónico, "mártir" de la conspiración de clérigos modernistas, y afines, suvbersivos, y de la judeleninista ETA), S.E. el Sr. Secretario Político de S.M. Don Sixto (Don Rafael Grambra Ciudad), los Catedráticos Don Elías de Tejada y Spínola y Don Miguel Ayuso, entre otros grandes pensadores del "Clasicismo Natural" y "Tradicionalismo Católico"; Paracelso, el Barón de Evola, etc. . En Derecho Canónico admira especialmente a Manuel González Téllez y Fray Juán Escobar del Corro; Por supuesto que no se trata de ser pedisecuo de todos y cada uno de ellos, no unánimes en un solo pensamiento ("...in dubiis libertas"). Se distancia intelectual, voluntaria, sentimental y anímicamente de todo aquel demagogo, se presente hipócriamente como "antipopulista" siendo "polulista", o lo haga como antifascista, "centrista", moderado, equilibrado, progresista, moderno, creador y garante de prosperidad, o como lo que quiera, el cuál, sometiéndose a la mentira sectaria, propagandística y tiránica, inspirada en cualquiera de las "Revoluciones" de espíritu judío (: la puritana cronwelliana (1648,) la judeomasónica washingtoniana (1775), la judeomasónica perpetrada en y contra Francia en 1789, y las enjudiadas leninista y anarquista), ataque sectariamente o vilipendie a Tradicionalistas, franquistas, Falangistas, Fascistas, Nacionalsocialistas, Rexistas, etc., o se posicione nuclearmente, a menudo con la mayor vileza inmisericorde, y a veces sacrílega, contra mis Camaradas clasicistas ora supervivientes a la Gran Guerra Mundial (1914-1945), ora Caídos en combate o a resultas; se considera y siente parte de la camaradería histórica y básica común con los tradicionalismos europeistas vanguardistas de inspiración cristiana (al menos parcial), y con sus sujetos, aliados de armas contra la Revolución (jacobina, socialista, comunista, anarquista).
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